sábado, 13 de marzo de 2010

El hilo

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En su libro Ella era Hemingway y No soy Auster, Enrique Vila-Matas explica lo que significa la gracia literaria. De Auster, Vila-Matas opina que "Tiene la gracia como aliada, pertenece a esa clase de autores (como Stevenson, por ejemplo) de los que Fernando Savater dice que tienen encanto". Y, respecto al encanto que pueda producir la escritura de un autor, Savater aclara: "Ya sé que ésta no es una categoría de crítica literaria (...) Y sin embargo, cualquier verdadero lector sabe a qué me refiero..."
Lo de la gracia y el encanto viene a propósito de la literatura de Juan Manuel Álvarez Romero (Sevilla 1965). Su novela El hijo de las costureras (Editorial ArtGerust 2010) le ofrece al lector la posibilidad de disfrutar del hilo comunicativo de la literatura. Juan Manuel Álvarez Romero, como si fuese un costurero más dentro de la fábrica de las emociones, le entrega al obrero de al lado (el lector) un hilo que, como vena cargada de ficción, sirve para llevarle sangre a las palabras. Y es ahí, justamente en la laboriosa construcción de un universo íntimo, familiar y energético, donde radica buena parte del talento de éste escritor.

El hijo de las costureras cuenta el viaje de un hombre a su pasado. Viaje que tiene como objetivo el descubrimiento y la aceptación de su historia personal. Mauricio, el protagonista, como un artesano que no teme a las complicaciones del desarrollismo, comprende que para arribar a la luz antes debe transitar el valle de sombras. Y lo transita a paso de hijo, a paso de nieto. Mauricio es el resultado de todas las madres costureras. Él, como buen descubridor de pistas, sabe que tanto la luna como el sol son necesarios para alcanzar el objetivo. Mucho se dice que el principal recurso de un escritor es la palabra, eso es cierto sólo si esa palabra está cargada de vida, pues, no encuentro otro modo de entender la literatura si no es a través de la palabra en movimiento. Y eso, la diferencia, la marca la palabra cargada de energía, de existencia, de técnica, pero también de calle vagabunda, calle sentida. Una literatura que sólo cuide el buen uso de la palabra y se olvide del sentido que esa palabra le debe dar a la vida, sería una literatura fría, débil, poco confiable. Optaría entonces por destacar la necesidad de que, en literatura, la palabra debe ser sinónimo de vida y muerte, que viene a ser parte del mismo vuelo. Juan Manuel Álvarez Romero, como autor, sabe que la literatura es algo más que un formalismo académico. Si la literatura inventa mundos salpicados de vidas, es obvio que las venas (el hilo) de su estructura deben estar cargadas de sangre (técnica literaria que sea capaz de construir mundos vivos). El hijo de las costureras es una historia tejida con sangre.

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