sábado, 13 de marzo de 2010

El Tiempo como Producción Social

Ricardo San Esteban (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La incógnita del tiempo siempre rondó las seseras de la gente, preocupadas como lo estaban por lograr -como Fausto o Ayesha- la juventud eterna, avanzar, retroceder en el tiempo o ser inmortales. La Ilíada de Homero gira en torno del tiempo, pues Aquiles parte en busca de algo permanente, eterno, sin tiempo. En cambio Odiseo puede optar entre la inmortalidad que le ofrece Calipso o el regreso a su tierra donde envejecerá junto a su esposa Penélope. Si bien lo ideal para muchos sería contar con una Penélope para esposa y una Calipso para la cama y por lo tanto ser mortales de día e inmortales de noche, debemos recordar que la poligamia fue prohibida hace rato y no quisiera saber cómo resultaría al revés, de qué modo se desempeñaría la ninfa Calipso tejiendo y destejiendo o atendiendo a las tareas de la casa.

A su vez, el Apocalipsis habla de un tiempo de silencio en el Cielo, y el buenudo de Bossuet se tomó el trabajo de calcular que dicho lapso sería de media hora. La perentoriedad de la vida, los castigos después de la muerte y todo lo trágico que incorporó la religión moderna, contrariamente al panteón de los dioses temerarios, negaban la alegría del hombre en la Tierra e hicieron más angustiosa la búsqueda de elixires, aguas de la eterna juventud o pactos con el Diablo (que al parecer era el cronometrista universal).

Pero toda esa vocinglería se hallaba reducida a lo literario, pues desde el lado científico, nada pasaba. Así pues, durante un largo período, desde el punto de vista de la física el concepto de tiempo principalmente se tomaba en consideración en mecánica, con la particularidad de que se lo concebía como condición puramente externa del movimiento. Tan sólo cuando, gracias a la hipótesis cosmogónica de Kant, entró en las cabezotas la idea de que la Tierra y todo el sistema solar no eran algo dado de una vez y para siempre, comenzó a abrirse camino el factor tiempo. Newton hizo lo suyo y la economía política, sobre todo con Marx, creó el concepto central de tiempo de trabajo, un tiempo creado socialmente. Poco a poco fuimos tomando conciencia de un redescubrimiento del tiempo, o del diverso y a la vez único tiempo, y se abrió así un nuevo diálogo del ser humano con la naturaleza.
¿Desaparece el tiempo?
Algunos han dicho que el tiempo no existe, otros -como el imbancable Proust- lo continúan buscando. Los relojes biológicos, el carbono 14 y otros procedimientos más modernos indican que las formas de la materia poseen una edad relativa, que si bien no es sinónimo de tiempo, se emparienta con él.

En nuestros días, la categoría de tiempo entra inevitablemente en la investigación de las leyes básicas de todo proceso. Ocurre, por ejemplo, en la perentoriedad de la transmisión de la producción espiritual a través de los medios, pero en astronomía, determinar la edad de las formaciones estelares cuesta casi tanto trabajo como en la vida diaria determinar la edad de Mirtha Legrand. Las ciencias geológicas son inconcebibles si no tienen en cuenta los plazos de formación de las distintas capas y sus partes componentes. La geología penetra en los cambios que generan los procesos telúricos en el tiempo, la química investiga la duración de sus procesos, la biología estudia el comportamiento de los relojes biológicos, la economía debería estudiar el tiempo de trabajo desde un ángulo distinto del que lo hace actualmente.

Se supone que el orden del tiempo es asimétrico y que puede deducirse del causal. Se supone que el orden causal del mundo es la clave para comprender la naturaleza y las propiedades de dicho tiempo. Pero la ley de aumento de la entropía, tal como la formuló Clausius en 1865, debe interpretarse como una distinción entre procesos reversibles e irreversibles.

Los reversibles no tienen en cuenta direcciones del tiempo, en tanto que los procesos irreversibles necesitan una flecha del tiempo. La segunda ley de la termodinámica, que postula la existencia de una función, la entropía (en griego: evolución) en un sistema sólo puede aumentar debido a procesos irreversibles y en el otro se mantiene constante. El primero alcanza al final un valor máximo (cuando el sistema llega al equilibrio, la muerte) y cesa entonces dicho proceso irreversible, cesa el tiempo.

¿Cómo puede lo estocástico ser irreversible? Pero entonces hay una contradicción ¿Cómo entra el tiempo en la casualidad? Es evidente que entre probabilidad e irreversibilidad hay una ligazón íntima.
Puente entre lo dinámico y lo estático
Es posible establecer un puente entre la concepción estática de la naturaleza y la concepción dinámica, entre universo gravitacional y universo termodinámico. Ello implica una drástica revisión del concepto de tiempo que en la ciencia actual ya no es solamente un parámetro del movimiento, sino que mide niveles, contradicciones, evoluciones y revoluciones internas de un universo en desequilibrio, no solamente desde el punto de vista físico, sino también químico, biológico, social. Un universo que en desorden posee una flecha del tiempo en una ordenada dirección irreversible. Karl Popper decía que el tiempo no puede ser una ilusión porque sería como negar Hiroshima, pero esta afirmación es más o menos como aquella de quien intentaba refutar a Berkeley pateando una piedra.

Los desarrollos de la termodinámica nos proponen un mundo en el que el tiempo no es ni ilusión ni disipación, sino evolución. Los movimientos coherentes de gran alcance aparecen como casuales en el corto plazo pero quizá el azar objetivo sólo constituya un nivel temporal de la materia, u obedezca a una visión parcial. Es evidente que en condiciones de no equilibrio hay comunicaciones necesarias enmarcadas en lo témporo-espacial, que recorren todo el sistema, en tanto que otras funcionan sin tiempo o en otro tiempo.

En una situación de desequilibrio se producen las correlaciones de largo alcance que permiten la construcción de los estados coherentes y que hoy hallamos en todos los campos de la física, la química, la biología, la sociedad.

Ciertas interpretaciones encierran un error lógico muy importante, al sustancializar el tiempo. Y muchas de las situaciones paradójicas se hallan relacionadas con la naturaleza de la luz, pues ella ha sido elegida como una constante matemática. Lo mismo acontece con la curvatura, de la cual se dice que cada propiedad de la simetría del espacio y el tiempo se puede comparar con una ley de conservación (Emmi Noether). Pero las propiedades de la simetría representan un aspecto más profundo de la realidad que las leyes de conservación y requieren otra fundamentación. Y además, siendo el tiempo un abstracto y el espacio un concreto, cualquier simetría que se le pueda hallar es puramente externa, como la de que ambos sean medibles.

Algunos investigadores han propuesto una interpretación -que formaliza la antigua intuición de que el tiempo no es más que el paso del devenir- a partir de un concepto cuantitativo de duración: el tiempo sistémico, el tiempo entre hechos, el no-tiempo. Mario Bunge señalaba que esta teoría (no relativista) del tiempo puede ser refinada aún más añadiendo a los conceptos de acontecimiento y duración, un tercer concepto físico indefinido, concretamente el marco de referencia. Habría una función del tiempo local (T) en términos de tres conceptos indefinidos: Los de evento (E), marco de referencia (K) y escala cronométrica (S). Indudablemente Bunge sigue a Martín Fierro: el tiempo sólo es tardanza de lo que está por venir.
El tiempo del hombre y el tiempo de las cosas
El tiempo del hombre no solamente se distinguía del tiempo de las cosas, sino que, dentro del sistema capitalista, el tiempo humano se dividía en tiempo de trabajo y tiempo de descanso o de vida. El tiempo de trabajo constituía el fundamento del sistema (en tanto que podía ser vendible) mientras que el tiempo de vida formaba parte del entorno.

Y la aparente contracción del tiempo y del espacio es un hecho espiritual ligado a la tercera revolución industrial. Suele decirse que a medida que la humanidad se ha ido desarrollando en el tiempo, podrían considerarse algunas referencias cronológicas acerca de la aparente contracción del tiempo en la historia, en occidente, a partir del año 1600, cuando se comenzó a hablar de la décima de segundo; hacia el 1800 en que se comentaba sobre la centésima de segundo, en 1850 ya se contemplaba la milésima de segundo, en 1950 se habló de microsegundo (millonésima de segundo) de nanosegundo (mil millonésima de segundo) en 1965, de picosegundo (billonésima de segundo) en 1970, de femtosegundo (mil billonésima de segundo) en 1990; y ya se comienza a hablar de atosegundo, o sea de trillonésima de segundo. Pero ahí existe una confusión entre el tiempo-tiempo y su medición. El tiempo como elemento de su medición en física tiene ahora una dimensión mínima (quantum de tiempo, chronon), dimensión ligada a los hechos de la naturaleza. Como se sabe, si a la dimensión del electrón la dividimos por la velocidad de la luz, tendremos una cantidad mínima medible de tiempo. Pero la circunstancia de que podamos medir al tiempo en fracciones cada vez más pequeñas no significa que el tiempo se contraiga y vuelvo a insistir, la medida del tiempo no es el tiempo.

Los hechos físicos, vitales y económicos, están vinculados con la existencia del tiempo y porque existe ese tiempo es necesario el movimiento, pues el tiempo no es la medida del movimiento sino que el proceso o el movimiento son necesarios porque se hallan en el tiempo. La vida del hombre necesita del tiempo para existir. Por lo tanto, la variable de ajuste no puede ser la vida ni la persona sino el tiempo, y los tiempos económicos al servicio de las personas no deben calcularse de acuerdo al tiempo de las cosas sino de acuerdo al tiempo de trabajo del hombre.

Alguna ciencia no distingue entre las direcciones del tiempo hacia adelante o hacia atrás. Sin embargo, Stephen Hawking señalaba que hay por lo menos tres vectores que distinguen el pasado del futuro. Serían: el vector termodinámico, la dirección del tiempo en la cual el desorden aumenta; el vector psicológico, la dirección del tiempo según la cual recordamos el pasado y no el futuro; y el vector cosmológico, la dirección del tiempo en la cual el tiempo se expande en lugar de contraerse.
El cuarto vector
Pero nosotros opinamos que hay un cuarto vector, que es sostén del sistema social, el de la dirección en la que el tiempo de trabajo se mueve. Si tomamos la fórmula del capital veremos que existe el capital variable, es decir, la inversión en salarios que además de reproducirse y producir un plus, tiene la virtud de trasladar parte de sí mismo hacia la inversión en máquinas y equipos. Y a medida que se produce tal traslado, el tiempo de trabajo tiende a reducirse y eso se traduce en la reducción de la cuota de plusvalía, proceso que se da siempre hacia el futuro. Y por lo tanto se reduce la masa del tiempo de trabajo universal, lo cual indica que el elemento constitutivo del sistema capitalista también se reduce.

Veamos por qué. En la época clásica del capitalismo, el tiempo de trabajo que los obreros brindaban al sistema constituía el único elemento legítimo, rodeado aquél por un entorno de ilegitimidad constituido por los atributos de la sociedad y de la naturaleza. De ahí el sistema capitalista enajenaba una parte del ser humano, de una clase social, convirtiendo esa parte en principio de legitimidad, a partir del tiempo de trabajo, logrando así reducir la complejidad, atomizándola temporalmente en ese tiempo de trabajo. Pero a medida que ese tiempo de trabajo se reducía, se daba un fenómeno de creciente ilegitimidad respecto del principio fundamental del capitalismo.

Así como la química se basa en procesos irreversibles, también lo hace el tiempo de trabajo y la consiguiente producción y reproducción del ser humano. Como hemos dicho, este tiempo de trabajo no tiene mucho que ver con el tiempo medido cronológicamente, como transcurriendo independientemente de la existencia humana. No. Tiempo de trabajo y existencia humana están estrechamente enlazados en toda su complejidad.

La imaginación, la creatividad, están en toda la naturaleza, sólo que en el hombre, a partir de su personalidad crecientemente independiente, esa creatividad tiene su base en la praxis, que es el criterio de la verdad humana. La praxis se transforma, se materializa con la mediación del tiempo de trabajo necesario y es parte de la lucha entre la necesidad y la libertad. Actualmente esa lucha por la libertad se intensifica y se intensificará mucho más, ya que no es otra cosa que la lucha por la legitimación de un nuevo elemento sistémico que ya no estará constituido por el trabajador en la comercialización de su tiempo de trabajo, sino por la vinculación entre el nuevo sistema -que surgirá en reemplazo del capitalismo- y el ser humano cognoscente, ser que reemplazará al de las relaciones de producción perimidas. El elemento futuro pugna por ocupar el lugar del elemento que será aniquilado, pero éste, por supuesto, resiste.
El hombre plural y sucesivo
Como antes decíamos, el hombre es un hombre plural y sucesivo que solamente puede vivir en sociedad, en una sociedad organizada sistémicamente, siendo un ser social cuyo sistema organizativo constituye una ingeniería, un singular puente entre el medio y el sistema, a través del tiempo. El sistema socioeconómico es quien organiza el tiempo de trabajo, y la transformación de la naturaleza se temporiza a través de las relaciones de producción, en tiempo de trabajo necesario y plustrabajo, en un proceso en el que el hombre es en sí el elemento sistémico y a su vez, su entorno.

Los elementos componentes del sistema social capitalista no se hallan constituidos por los seres humanos o por el hombre, porque esta formulación daría lugar a un análisis meramente fenomenológico. Se debería plantear, en cambio, que los elementos se hallan constituidos por los principios de legitimidad, entendiéndose que tales principios son postulados por la teoría como formando parte de la realidad y no del concepto correspondiente, concepto destinado a conocer esa realidad. Estos principios de legitimidad se corporizan en el tiempo de trabajo del obrero y no en el obrero mismo, tal como ocurre en el sistema social capitalista, en el que no se vende el obrero mismo sino que vende su fuerza de trabajo temporizada, el hombre utiliza su praxis y vende su fuerza de trabajo, negocia su fuerza temporizada en el trabajo, fuerza a la que las relaciones de producción socializan e ingresan al sistema.
El trabajo vivo, humano, es el único creador de valor
El trabajo humano es el único creador de valor y por lo tanto, los principios de legitimidad se asientan en ese trabajo y se corporizan en los frutos y en las relaciones que surgen de ese trabajo. El elemento del sistema, como ya hemos visto anteriormente, es sólo aquella parte esencial del ser humano, su trabajo, en tanto que las partes biológica, psicológica y física integran el entorno o medio interno, pugnando por ingresar al sistema.

Engels escribía que los proletarios excluidos de toda posesión, sólo tienen una mercancía para vender, su fuerza de trabajo, mercancía que, por tanto, no tienen más remedio que enajenar para entrar en posesión de los medios de sustento más indispensables.

Pero el valor de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo socialmente necesario invertido en su producción y también, por tanto, en su reproducción. Ese tiempo de trabajo que se divide en necesario y plustrabajo, produce y reproduce la vida misma del sistema, la vida de la sociedad, no sólo en sus aspectos materiales sino también en sus aspectos espirituales. Toda la sociedad vive del plustrabajo que produce el obrero, y ese plustrabajo o plusvalía forma el fondo básico del que emanan la renta del suelo, la ganancia, la acumulación, en fin, todas las riquezas consumidas o acumuladas por las clases que no trabajan, concluye Engels.

El sistema capitalista puede ser definido utilizando dos claves: la primera consiste en que los elementos del sistema no son los seres humanos sino un aspecto, una faceta de ellos, el tiempo de trabajo o principio de legitimidad. Esta categoría es presentada como inteligible y racional, características éstas que habitualmente (por lo menos en el nivel de análisis de la teoría) no posee el comportamiento del conjunto de personas que conforma lo que se llama estructura socioeconómica. Estos principios de legitimidad –o tiempo de trabajo- que aparecen, se aniquilan y vuelven a aparecer levemente modificados, en una suerte de rotación, así como el completo funcionamiento del sistema, ya hemos dicho que son postulados por la teoría como formando parte de la realidad y no del puro concepto destinado a conocer esa realidad.

La segunda clave es que el sistema involucra al tiempo, es decir, que en cuanto sistema no se limita a organizar la vida socioeconómica; organiza principalmente, al tiempo mismo. Los límites de tiempo están presentes a todo lo largo del sistema.

El lazo entre estas dos claves es el concepto de temporización de la complejidad (Nicklas Luhmann); el sistema, convirtiendo sus elementos en principios de legitimidad, logra reducir la complejidad de la legitimidad total atomizándola temporalmente en sus elementos. De esta forma la fuente total de legitimidad subsiste (no comprendida intelectualmente por los miembros del sistema pero sí comprendida prácticamente por el sistema mismo), descansando el exceso de complejidad en la distensión que permite el tiempo.
Las categorías del tiempo social
Como decíamos más arriba, el tiempo social puede dividirse en cuatro categorías: tiempo de trabajo, tiempo psicobiológico, tiempo sociocultural y tiempo del ocio. De estos cuatro tiempos, para la búsqueda del fundamento social, el tiempo de trabajo resulta decisivo.

La reposición de la fuerza de trabajo que ello implica se realiza, sólo en apariencia, en forma individual o singular, medida en días y horas. En realidad, la fuerza de trabajo como categoría no se expresa en el esfuerzo individual de cada trabajador, ni es la sumatoria de muchas fuercitas individuales. Debe considerarse una sola fuerza social compleja, que el sistema temporiza en cada elemento, temporiza en la energía creativa de cada obrero a través de las generaciones y de los cambios sistémicos, y que una vez concretizada constituye un nexo entre cada uno de los elementos y de estos con el sistema y el entorno o naturaleza, y por lo cual las relaciones de producción no son divisibles individualmente. El tiempo de trabajo es una categoría importantísima, pues por ella el tiempo penetra el sistema social, y por ella el sistema reduce -o trata de hacerlo- su creciente complejidad.

El elemento es sólo un punto de intersección o de referencia, y la masa del trabajo social sólo se materializa en forma macroeconómica, en el proceso de creación de valor social a nivel planetario. Es decir, que el capital no es otra cosa que tiempo de trabajo y el sistema capitalista tiene su principio en la acumulación de ese tiempo de trabajo fetichizado, disfrazado.

Es evidente que la crisis general del sistema capitalista tiene múltiples expresiones y una de ellas se expresa en el tiempo, más propiamente en la contradicción entre el tiempo de trabajo y la temporalidad social, con un nexo que abarca tanto al elemento cuanto al entorno.
El tiempo según Max Weber
La historia del trabajo en el sentido capitalista, como hemos visto, es propia de los tiempos modernos, pues en la antigüedad el tiempo se medía por las cosechas, por las estaciones, por las pariciones o por las lunas. Algunos autores señalan que el tiempo de trabajo constituyó una copia del tiempo religioso medieval. En ambos casos, según Max Weber, desempeñaba un rol central y aseguraba algunas grandes funciones: la producción de la ligazón social y la identidad (el tiempo de trabajo estructuraba el tiempo de los individuos, establecía referencias); la relación entre actividad y salvación –siempre según Max Weber- consistía en que el tiempo de trabajo representaba la salvación de la economía en tanto que el tiempo religioso organizaba la economía de la salvación.

¿Qué pensar ahora, señor Max Weber, cuando el tiempo de trabajo se esfuma y aumenta –pese a todo- el tiempo del ocio? La contracción del tiempo de trabajo en la producción física y la ampliación del tiempo de trabajo en la producción espiritual –pese a la estupidización colectiva- constituye un fenómeno que pareciera abrirse paso en medio del caos. Entendámonos: la producción espiritual aún es patrimonio de unos pocos, pero ello mismo marca una contradicción entre un creciente tiempo libre y su falta de aplicación constructiva. Existe una explosión de conocimientos como nunca antes, pero también se produce una degradación de conocimientos adquiridos por la gente, en virtud de la velocidad de desarrollo de los nuevos y de la precariedad del empleo que empuja a la rápida caducidad de los saberes y a la disgregación de las especialidades inducida por el desplazamiento constante de las personas. Las víctimas principales de esta contradicción son las clases medias, los obreros, los desocupados y los excluidos, profundizándose así su contraste con la elite. Es cierto que por ahora prevalece la estética del mercenario, mas el gran error de quienes piensan que el tiempo se contrae, está basado en que confunden el tiempo del sistema capitalista con el tiempo del entorno, que mide el futuro, cuando en realidad uno y otro van en sentido contrario, pues el principio legitimador del futuro elemento acecha cada vez más y es el dueño del tiempo. Ese principio legitimador del futuro elemento se muestra cada vez menos dispuesto a que el viejo elemento se arrogue derechos sobre el mañana, dejándole una herencia envenenada. Pese a todas las engañifas del capitalismo y de sus lenguaraces, su radiografía despótica es cada vez más ostensible, como lo demuestran los hechos que, alguien dijo, valen más que mil palabras. Escribía Walter Benjamín que la esencia de una cosa aparece en su verdad cuando se encuentra amenazada de desaparecer.
La medida del tiempo no es el tiempo
El otro gran error está en confundir la medida del tiempo con el tiempo mismo.

Aumenta la esperanza de vida individual y colectiva de los seres humanos en un todo contradictorio con la estrategia del sistema capitalista que no admite trabajadores de más de cuarenta años de edad, de manera que se prolonga la vida humana total pero se acorta su tiempo de trabajo. Hay una aceleración en los tiempos del cambio tecnológico y una desaceleración en los tiempos espirituales, aunque se vislumbra que la información en tiempo real será, en el futuro, patrimonio de una mayoría de seres humanos. Pero la información en manos de los patrones no significa sino la formación de individuos sin razón. Sin duda, el período de vida individual y colectivo de las generaciones futuras será inmensamente mayor al período de vida de las generaciones anteriores, porque se habrá ensanchado y profundizado el conocimiento y achicado el mundo, es decir, que la esperanza de vida se prolonga dentro del mismo espacio y del mismo lapso de tiempo.

Es evidente que el tiempo de trabajo en la producción espiritual no se puede considerar de la misma manera que el tiempo de trabajo de la producción material, ya que se observa que a medida que la producción material resigna espacio y tiempo, aumenta el espacio y el tiempo de la producción espiritual, aún cuando ésta resulte todavía bastardeada por el actual sistema.

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