sábado, 27 de marzo de 2010

Evita en el Club de los Ingleses

Eduardo Pérsico (Desde Lanús, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

-Señora, si usted viene de España a estudiar nuestra historia se supone que algo de nosotros ya conoce y yo no puedo agregarle demasiado. Recuerdo la llegada de Perón en el ‘45, cuando Evita visitó mi barrio, que mucho de cuanto ocurrió me confunde y para empezar le recito ‘Evita murió el 26 de julio de 1952 a las veinte y veinticinco’, y ese sábado no hubo baile ni en las reuniones familiares. Toda la gente respetó aquella muerte ‘aunque esta noche a los Bomberos vendría D’Arienzo y la entrada valía diez pesos’, protestamos en el café y el dueño nos gritó ‘menos broma, pendejos, que esto es algo serio’. Así que nos fuimos a tomar mate y pasar la noche en grupo y aburrirnos de escuchar que había muerto la Jefa Espiritual de la Nación. ‘Se sabía, estaba muy enferma’ dijimos y sin notarlo fuimos hablando del asunto. ¿Usted sabe que al morirse Evita, las obreras de las textiles que se llenaban los pulmones de pelusa, o las explotadas fosforeras de Avellaneda que trabajaban once horas por día lloraron a Evita con lágrimas verdaderas? Esa mujer las hizo respetar, ella, tan joven, treinta y tres años, a quien muchos la nombraban Esa Puta Mujer del Látigo y escribieran en una pared ‘viva el cáncer’. Un deseo que al fin, usted sabe, es un buen dato sobre los argentinos…

Ya le digo, esa noche pasó y luego ya cansados de música sacra las cosas derivaron en ser un casino gigante. Meta póker, truco y dados sin diferencias entre peronistas y Contreras, y en tanto al velatorio acudieran millones de personas otros apostaban guita a lo que fuera. Nosotros monedas pero en el Club Social reapareció la ruleta de colorados, negros y docena de jugar fuerte y de verdad. Y aún nadie se preguntaba si Evita era más peronista que Perón. ¿Usted se enteró que debatir ‘lo revolucionario’ aquí fue una idea que instaló el Poder, y así nos fue?

En fin, le cuento. Antes, por el año ’48, yo iba al primario y pude ver de cerca a la señora María Eva Duarte de Perón en el Club de los Ingleses de la estación Escalada. Ese lugar nos era ajeno y algún sábado había señoras de pollerita blanca porfiando en embocar una bocha en unos arcos de alambre, También a veces entrenaban unos grandotes del rugby que no entendíamos cómo los tipos no terminaban a las piñas, y allí fuimos de guardapolvo blanco almidonado a escuchar a María Eva Duarte de Perón al decirnos que los ferrocarriles eran nuestros, que el Club no sería más de los ingleses y se llamaría Club Ferroviario General Perón, y también que en ese campito tan bien cuidado jugaríamos al fútbol y así fue. Todavía hacía frío en noviembre y no era numeroso el sexto grado de la escuela dieciséis, de pie frente a la Señora Evita; y no le abundo porque ahora creo imaginarla como luego supe que era ella. Delgada, de piel transparente y cuando crecí me gustaron mucho sus piernas. Sin duda Evita era muy linda mujer y bastante inteligente, dos condiciones que no perdona la clase alta en ninguna parte.

Después de bautizar al Club Ferroviario comimos un sánguche y al cruzar la avenida que estaban reconstruyendo, la Ñata, una modista amiga de mi vieja me pidió ‘decile a tu mamá que Evita tenía unas medias de vidrio que valen un dineral’. Y es raro porque yo a mi vieja ni media palabra pero en esa memoria hay personas subiendo a un camión no muy grande, para irse detrás de Evita a otro festejo por ahí cerca. Entonces no había bombos ni cornetas que llegaron más tarde, pero aquella gente disfrutaría nacionalizar la flota, los ferrocarriles y los aviones sin imaginar que más tarde algunos festejarían en Plaza de Mayo la venta de los teléfonos, el petróleo y los adoquines. Sí señora, esos misterios de la política son universales, aunque Evita al cambiarle el nombre al Club de los Ingleses pronunciando ‘independencia y soberanía’, lograba llenar de gente cualquier plaza del país. ‘Una actitud, no una idea’ se dijo, pero juntarse a gritar sintiéndose mayoría es la mayor dicha de la multitud. Donde sea es inigualable gritar la vida por esto o por aquello, y luego llegar a derrumbarse en la cama cansado pero feliz. Le repito señora, cualquier gentío se siente imprescindible y más si viene de los barrios y ‘del subsuelo de la patria’, - como dijo un escritor nuestro- y hombro con hombro es sentirse iguales para gritar Viva Viva sin pedirle permiso a nadie. Y le ruego recordar cuando reescriba sus papeles, que esos encuentros fueron asunto muy serios para descalificar. Gritar a pulmón lleno Perón Evita produjo ahí mismo la liberación psicológica del obrero ante el patrón, que no es poco. Y claro, lo demás, aquello de ‘embestir contra el enemigo vendepatria que nunca se rinde’, es más difícil.

-Sí, no lo dudo. Pero, ¿qué hicieron ustedes, los dirigentes, al heredar aquella euforia por la justicia social y todo eso?

Bueno señora, explicar eso nos llevaría mucho tiempo.

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