sábado, 13 de marzo de 2010

Historia del cerebro (Segunda y última Parte)

María Luisa Etchart (Desde Costa Rica. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El Sistema Límbico

Llegamos a la estructura de nuestros cerebros segunda en antigüedad. Tiene una historia de aproximadamente 180 millones de años.

Es de noche. Estamos en la playa Tortuguero en Costa Rica. Las palmeras proyectan sus sombras en el romántico paisaje. Escondidos, esperamos con ansiedad poder ser testigos de lo que hemos venido a ver. De pronto, se oye un fuerte sonido sibilante y agitado. Una tortuga de enorme tamaño de una longitud de más de 1,50 m. y un peso de alrededor de 500 kg. arrastra su cuerpo por la arena. Busca un lugar y se posiciona. Trabajosamente cava su nido en forma de campana y deposita en él alrededor de 100 huevos. Parecen pelotas de golf y tienen una piel como de cuero. Terminado su trabajo, regresa al mar y desaparece en las aguas. Hemos presenciado un ritual anterior a la formación actual de los continentes que sobrevivió a las edades de hielo y se remonta al período jurásico.

Ninguna de estas tortugas en estos millones de años ha visto a sus bebés o cuidado de ellos. Si se los cruzara, no los reconocería. Más allá de hacer el nido y poner sus huevos, ella está totalmente carente de cualquier capacidad de cuidar de sus crías. ¿Por qué? Porque simplemente no tiene los circuitos neurológicos para esa tarea. Los reptiles recién nacidos, excepto por el tamaño y la madurez sexual, son adultos en miniatura y desde el momento que nacen se encargan de sí mismos. Viven vidas sin madre, no experimentan emociones y nunca juegan con sus hermanos y hermanas. Llevan una vida solitaria guiados por nada más que los instintos del ganglio basal.

Hace alrededor de 180 millones de años, un animal de tipo enteramente nuevo apareció en la tierra. Los paleo mamíferos agregaron el sistema límbico a su cerebro anterior. Esta nueva formación agregó capacidades para el desarrollo de los siguientes patrones de conducta:

Amamantar, 2) Cuidado materno y paterno, 3) Juego y 4) Estados de ánimo y Emociones.

La Familia

Comparemos el comportamiento de la tortuga baula con un ratón de campo. De pocos centímetros de largo, su peso no llega a los 100 gramos. Aunque el reptil es 26.000 veces más pesado, el cerebro del ratón es más complejo. El pequeño ratón limpia a sus bebés luego del nacimiento y los atiende. Regresa al nido periódicamente, se acuesta de costado y presenta sus pezones a las crías que chillan. Se queda con sus crías hasta que sean auto-suficientes. Con la aparición de los mamíferos, comenzó la familia.

Una de los espectáculos más emocionantes es la de una población de focas. Miles de machos y hembras producen un fuertísimo sonido. Sin embargo, cada foca madre reconoce a su cría por el sonido único que emite. Este reconocimiento de la voz es un factor importantísimo para la base de la formación de la familia. Entre los humanos, la familia tiene unos pocos cientos de miles de años. Sin embargo, sus cimientos yacen en fibras neurales que datan de 180 millones de años.

Evitaré comparar los problemas asociados con la familia humana de nuestra era. En las especies mamíferas, el cuidado de las crías se produce instintivamente. Solo en los primates más evolucionados aparecen los problemas. No hay registro de abuso materno o paterno o delincuencia juvenil entre los ratones. ¿Hasta qué punto nuestra sociedad toma seriamente el nutrir a los niños y jóvenes? Aunque las madres instintivamente conocen la necesidad de nutrir y proteger a sus pequeños, los problemas del sistema que se centran en lo social, político, económico y religioso condena a millones de niños a un comienzo en la vida menos ventajoso.

Cuando el consumismo indiscriminado es lo que alimenta la economía de una sociedad, la familia está en problemas. Cuando el valor personal se basa en cosas materiales, la familia experimenta tensiones. Cuando los políticos hablan de “valores familiares” pero votan en contra de dar a los que trabajan suficiente “tiempo libre” para necesidades familiares importantes, es la familia la que sufre. Niños no deseados, mal alimentados y abandonados se convierten en parte de la tragedia humana de nuestra cultura. Cuando las oportunidades y la calidad de la educación dependen del poder adquisitivo de los padres, y el contenido de los programas apunta a nutrir rivalidades competitivas oportunistas, la familia sufre.

Las preocupaciones inmediatas deben incluir consideraciones para el futuro. Uno no fertiliza un jardín para el momento como no planta semillas para obtener una flor ese mismo día. En el corazón de cualquier cultura humana está el nutrir y desarrollar a los niños en un ambiente creativo.

Nuestra especie está intentando sobrepasar a la Naturaleza y el resultado será eventualmente el desastre. Si no aprendemos a manejar nuestro sistema límbico el Siglo 21 será una repetición acrecentada del sangriento Siglo XX.. Demasiados niños están cayendo por las hendijas y la complejidad de nuestra sociedad requiere algo más que un mero instinto de cuidar las crías.

Jugar y los Juegos

¿Desde cuándo los humanos desean jugar? Los reptiles no juegan. Llevan vidas solitarias. Los mamíferos viven interactuando. Los cachorritos se persiguen, los gatitos persiguen algo que se mueva. Lo que llamamos jugar es una forma de la naturaleza de enseñar a los menores el arte de llevarse entre sí dentro de su propia familia. Las actividades de juego sirven el propósito de socializar a los mamíferos. La gente necesita y disfruta de jugar. La industria de juguetes gana billones de dólares anualmente vendiendo juguetes y juegos. Esas actividades se necesitan y, bien conducidas, contribuyen al bienestar de cada niño. Pero si hay una manera de complicar algo que es bueno, nuestra especie lo hará.

Hasta hace no demasiados años los niños jugaban entre sí, ellos mismos organizaban sus juegos, surgían las inevitables discusiones, se gritaba, las emociones se calentaban pero las diferencias se arreglaban y el juego continuaba. Se aprendía a dar y recibir. Sabíamos que de no ponernos de acuerdo el juego terminaría y nadie se divertiría. Nunca había adultos alrededor dando órdenes o incitándonos a competir. Los niños jugaban solos y cuando terminaba, nos volvíamos felices a esperar el día siguiente para poder volver a jugar y estar juntos.

Actualmente los niños en su mayoría permanecen casi aislados entre sí en sus casas luego de largas jornadas escolares donde se incentiva la competencia, sentados frente al televisor o con algún video juego y ambos padres en su mayoría ausentes trabajando.
La calle es peligrosa, y ningún niño es dejado sin vigilancia adulta. Los juegos en grupo sólo se hacen con equipos que imitarán las patéticas competencias de los adultos, con árbitros adultos y ocasionalmente padres que alentarán al equipo de su hijo para que se convierta en “ganador”, avergonzándose si sale “perdedor”. El ejemplo que los niños tienen de lo que es “juego”, con su máximo exponente el fútbol o el baseball, con apuestas, violencia, negociados, toda una industria a su alrededor, y vacuos comentaristas que hablan durante horas en forma repetitiva convengamos en que no es motivador de espontaneidad ni creatividad.

Bruno Bettelheim, ex Profesor Emérito de Educación, Psicología y Psiquiatría de la Universidad de Chicago explicó muy claramente la diferencia entre jugar y los juegos.
Jugar es la manera que tiene un niño de elaborar problemas por medio de un proceso dirigido a su interior. En este jugar el niño aprende que su autocentrismo innato debe reconciliarse con necesidades sociales mayores. Es una acción dirigida a su interior que se origina en el sistema límbico. Le enseña cómo encarar dificultades, cómo crear, cómo arreglar disputas, cómo manejar el éxito o el fracaso. El juego enseña a los niños a adaptarse al mundo en que se encuentran. El propósito no es sólo ganar sino pasarla bien y eso sólo puede lograrse si ellos mismos resuelven las situaciones. Bettelheim sostiene que el juego enseña a los niños a controlar su agresividad en situaciones sociales para poder lograr satisfacción de sus necesidades.

Observemos ahora cuando se trata de juegos organizados en que autoridades externas imponen todas las reglas. Estos juegos privan al niño de creatividad y de encontrar soluciones entre ellos mismos. El énfasis está dado sobre la conformidad a comportamientos externamente impuestos. Figuras con poder de control le dicen al niño qué hacer y que no hacer. En el caso de juegos organizados los niños no desarrollan la habilidad de resolver sus propios problemas porque el propósito principal en las situaciones de juegos controlados por adulto no es pasarla bien, sino ganar. Termina por decir que una democracia no puede sobrevivir si sus ciudadanos no aprenden a jugar correctamente.

Lo que se ve en las campañas políticas que son un verdadero circo donde todo se hace sin sinceridad ni verdadero compromiso, mostrando quién reunió más dinero para hacer el show más espectacular y vemos al electorado condicionado por los juegos es porque no aprendieron de verdad a jugar. Hay una significativa correlación entre el fracaso de aprender a jugar y la falta de ética y moralidad personal. Todos los días vemos individuos que procedencia “excelente” con títulos de prestigiosas instituciones que no les importa hacer pactos secretos, defraudar accionistas y que consideran a los empleados como meros aumentos para su economía. Vemos importantes firmas de abogados llegar a arreglos para que no se juzgue públicamente a empresas que envenenan, que contaminan, que dañan el medio ambiente sin escrúpulo alguno y vemos a sus integrantes sonreír satisfechos como si la “justicia hubiera sido servida”.
A menudo, los alfas justifican sus acciones anti-sociales contribuyendo a la sinfonía o dando jugosas contribuciones para “paliar el hambre” en alguna zona del mundo que han contribuido a depredar. La prensa rápidamente reconoce sus “actos de generosidad” y les palmea la espalda. Olvidaba decir que estos regalos son deducibles de impuestos. Esto significa que el resto de la gente es la que en definitiva las paga. Los pequeños zorros tienen mejor posibilidad de supervivencia que millones de personas la tienen dentro de la “Familia de la Humanidad”.

La razón por la que tantos líderes religiosos san ton dogmáticos puede residir en el hecho que nunca aprendieron a jugar de niños. Siempre se les dijo lo que había que hacer. Ahora que se han abierto camino como gusanos a una posición de alfa se van a dedicar a decir a otros qué demonios deberían estar haciendo.

Si criamos una generación de niños que nunca recibieron los beneficios de jugar, podemos destruirnos en la batalla reptil por más y más dominación territorial.
La Naturaleza ha provisto una técnica que enseña a los menores el comportamiento social. Parece ser un método por el cual algunos de los instintos del complejo R son canalizados hacia un comportamiento más cooperativo. La esquizo - fisiología de nuestros cerebros ha desarrollado un comportamiento destinado a saltearnos el necesario desarrollo interior que se logra jugando.

Estados de Ánimo y Emociones

Los sentimientos dependen de los cambiantes sucesos en nuestras vidas. Así como el tiempo se refleja en cambios barométricos, así nuestros estados de ánimo y emociones son imágenes de nuestras respuestas internas a los sube y bajas de la vida. Nuestras emociones son profundas pero son cambiables. El amor puede convertirse en odio. Los sentimientos cálidos hacia amigos pueden convertirse en rechazo helado. La alegría que sentimos en la mañana puede convertirse en tristeza al caer la noche.

El hipotálamo es un orquestador de nuestro comportamiento emocional. La génesis de nuestras emociones está enterrada en lo profundo de nuestro sistema límbico y así lo ha estado por 180 millones de años. Lo que llamamos el comienzo del intelecto tuvo su origen no más de hace 3 millones de años. No es de sorprender entonces que nuestras emociones son mucho más poderosas que nuestro intelecto. Ya se sabe lo que ocurre cuando se trata de discutir racionalmente un problema con alguien que tiene sentimientos profundos sobre el tema. Es una pérdida de tiempo.

Sin emociones la vida resultaría gris. Nunca he visto una tortuga o una lagartija eufórica. También todos hemos visto perros que evidencian sentimientos de “amor” hacia sus amos pero también pueden mostrar “furia” ante un intruso. Las serpientes no tienen sistema límbico. Los perros sí. Las emociones nos llevan a las cumbres del amor y a las profundidades del odio. La vista de un niño sufriendo puede llenarnos los ojos de lágrimas. Sin embargo, ese mismo circuito nos provee de la emocionalidad para que odiemos ver campos de trabajo donde se esclaviza a las personas. El reino animal no tiene historia de grandes comedias y crucifixiones. Sólo entre los humanos el cableado del cerebro resulta en un comportamiento tan polar. No son ni los dioses ni los demonios que nos dan la capacidad de tener halos o cuernos. Necesitamos comprender que las emociones no son la resultante de actividad cerebral ubicada en los centros superiores del cerebro. Más bien, son respuestas primordiales a eventos externos.

Uno de los factores críticos para la supervivencia como gente libre depende de que comprendamos el origen de nuestros sentimientos. Tendemos a creer que nuestros comportamientos en cualquier momento tienen el mismo grado de autenticidad. No nos damos cuenta que mucho de nuestro comportamiento surge de la herencia evolucionada de animales menos sofisticados que nosotros. Cuando odiamos, tratamos de encontrar razones que nos justifiquen. Tenemos una constante necesidad de racionalizar todo lo que hacemos.

Cualquiera sea la razón, el admitir una mala acción es sumamente difícil para la mayoría de los miembros de nuestra especie. Los fantasmas de la auto-justificación son nuestros constantes compañeros. Ni aún las acciones más horribles quedan exentas de nuestra búsqueda de una explicación razonable para nuestro comportamiento. Como el complejo R, el silencioso sistema límbico también “fuerza” al neocortex a absolvernos de nuestras malas acciones y a verbalizar alguna razón en nuestra defensa. El neocortex a menudo sirve como fabricante de excusas por hechos cuyas raíces están en circuitos mucho más viejos de nuestros cerebros. En este nuevo siglo, no podemos seguir poniendo a las emociones en el mismo nivel que el raciocinio. Si no comprendemos el génesis de nuestras emociones, continuaremos infectados de un virus que nos destruye.
Si recordamos las atrocidades cometidas en campos de concentración veremos que los que los dirigían creían justificadas sus acciones. Actualmente, vemos al presidente de USA mostrarse convencido de que ha estado haciendo lo correcto respecto a las guerras de Afganistán e Irak y elaborando nuevos argumentos a medida que los horrores de sus acciones quedan al descubierto. Necesitamos algo más que viejas letanías justificando el fervor emocional de nuestras malas acciones.

Las emociones no son ni buenas ni malas. Surgen en una parte del cerebro sobre el que no tenemos control. Las emociones son una cualidad fundamental de nuestras vidas. La tradición bíblica impone culpa por simplemente experimentar emociones. Se nos enseña que el deseo sexual y la ira son emociones pecaminosos. Al revés, aunque esto no está expresado con el mismo vigor, el amor y la compasión son buenas emociones. También vemos la ira de Dios mucho más enfervorizada que su amor. Pastores evangélicos y curas no se excitan tanto cuando hablan de amor como cuando condenan a los feligreses por sus sentimientos sexuales.

Condenar a alguien por la presencia de sus emociones es como condenarlos por los latidos de su corazón. El pulso y las emociones se originan en antiguos circuitos. Juzgar a los demás por su existencia es como condenar a la vida misma. Sólo las acciones que se basan en las emociones pueden ser erróneas, sólo la manifestación activa, no su simple presencia, debe ser considerado. Si siento amor por alguien pero no lo expreso ni lo demuestro a través de hechos, el amor nunca ocurrió. Es decir, hay una distinción entre la presencia de la emoción y la forma en que manejamos o ponemos en acción dicha emoción. Las instituciones religiosas nos han pretendido hacer sentir culpables por la simple existencia de nuestras emociones primarias. Una vez que el dogma nos ha convencido de esto, no tenemos salida. Entonces ahí interviene la iglesia y nos ofrece perdón por estos “pecados”. Sólo nos resta seguir rituales y aceptar sus dogmas y, por supuesto, apoyar financieramente a la institución. La Doctrina del Pecado Original es el vehículo por el que la iglesia proclama la condena sobre nosotros. Los dogmáticos proclaman que la desobediencia de Adán pasa genéticamente a todos los seres humanos.

Pero el motivo de nuestra lujuria y nuestro enojo tiene un origen biológico. No es la desobediencia a la orden de no comer de la fruta lo que causa nuestras emociones. Es el circuito del sistema límbico. El problema no se resuelve con la religión. Tenemos que absolver a la gente del sentido de pecado y culpa por la existencia de pulsiones internas que se originan en nuestros cerebros y llegar al fondo del tema para luego poder manejarlo.

Las instituciones religiosas han hecho que los creyentes se sientan culpables por la mera existencia de sus emociones primarias. Una vez que el dogma nos convence de eso, no tenemos salido. Seguiremos teniendo sentimientos de ira y lujuria. Y por ellos somos condenados. Las iglesias entonces ofrecen el perdón por estos “pecados”. Sólo debemos seguir ciertos rituales, aceptar dogmas y apoyar financieramente a la institución. La Doctrina del Pecado Original es el vehículo por el cual la Iglesia proclama la condena sobre nosotros. Se nos dice que la desobediencia de Adán es pasada genéticamente a todo ser humano.

Sin embargo, la razón de nuestra lujuria y nuestra ira tiene un origen biológico. No es la desobediencia a la orden de no comer cierta fruta lo que provoca nuestras emociones. Es el circuito del sistema límbico. El manejo de nuestras emociones yace en la comprensión de la naturaleza de nuestra Naturaleza. Tenemos que absolver a la gente del sentido de pecado y culpa por la existencia de impulsos que se originan en oscuros rincones del desarrollo de nuestros cerebros.

Comprender las implicancias morales de nuestras emociones es probablemente una de las tareas más importantes que tenemos en el siglo 21. Resumiendo, nuestras emociones no son ni buenas ni malas, simplemente son parte nuestras pero sí somos responsables de cómo manejamos estas emociones y cómo actuamos respecto de ellas.

El Neocortex

Las lombrices de tierra individualmente no manifiestan muchas diferencias: no tienen personalidades. Una es muy parecida a la otra.

La similitud entre miembros de nuestra especie trasciende las diferencias religiosas, políticas, étnicas y de cualquier otro tipo. Todos respiramos el mismo aire y morimos a los pocos minutos de ser privados de oxígeno. Ninguno de nosotros puede existir sin agua. Ninguno se escapa a la realidad de nuestra herencia biológica común. Debajo de la superficie de nuestras diferencias, todos somos muy parecidos.

En “El Mercader de Venecia”, el personaje de Shylock nos recuerda que nuestra especie comparte igualdades cuando dice:

“Soy judío. ¿No tiene un judío ojos?, no tiene un judío manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? Alimentados con la misma comida, herido con las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado con los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo invierno y verano, ¿cómo lo es un Cristiano? Si nos pinchan, ¿no sangramos? Si nos hacen cosquillas, ¿no nos reímos? Si nos envenenan, ¿no morimos? Y si nos hacen daño, ¿no nos vengaremos?”

Los nombres de cualquier grupo antagónico entre sí pueden sustituir a las palabras “judío” y “cristiano” en esta cita de Shakespeare. Los iraquíes, los palestinos, los serbios, los croatas, los indígenas, los africanos, todos los seres de diferentes razas y lenguajes sangran si se los pinchan y ríen si se les hace cosquillas.

Pero son las diferencias insignificantes como color de piel, creencias religiosas y costumbres, fronteras dentro de las que vivimos, las que causan estragos entre nosotros. Por ellas odiamos, matamos, justificamos nuestro comportamiento rapaz. Para justificar nuestro comportamiento ordenamos al neocortex que elabore montañas de racionalizaciones justificando nuestros prejuicios. Nuestra misma inteligencia es nuestro peor enemigo en los esfuerzos para lograr un mundo de paz y justicia. Los instintos primitivos territoriales han sido elevados a la calidad de deber sacrosanto para destruir a los que percibimos como enemigos. El cerebro reptil domina nuestro comportamiento. Incluso nuestro país se divide en facciones hostiles y cada año que pasa surgen nuevas hostilidades.

Pero, ¿qué podemos hacer, qué debemos hacer para detener esta locura? Nuestra tarea para el Siglo XXI es dejar que la corteza pre-frontal domine nuestro comportamiento.

Los logros humanos resultantes de esta parte del cerebro son inconmensurables. ¿Dónde comenzar la lista de nuestros triunfos como especie? ¿Es el poder de escribir, de desarrollar las matemáticas, de dividir el átomo, de componer música?- No debemos maravillarnos menos al contemplar la grandiosidad de las Pirámides de Egipto que al escuchar una sinfonía de Beethoven. Seguramente el “Otelo” de Shakespeare es tan majestuoso como el descubrimiento de la estructura del ADN. Todos nuestros logros emanan de las capacidades neuronales del neocortex. Es un verdadero cofre de tesoro de pasados logros y futuras posibilidades.

Sin embargo, no hemos ganado la guerra sobre la naturaleza bestial. El factor principal que nos esclaviza es nuestra esclavitud a la realidad no resuelta de los tres conductores en competencia por el manejo de nuestro cerebro. Por supuesto, el viejo reptil gana la mayoría de las batallas.

Mientras pensábamos que nuestros cerebros eran una unidad integrada podía haber alguna justificación para atribuir nuestro comportamiento violento a alguna causa divina. Estos sentimientos encontraron voz en la racionalización desarrollada en el neocortex. Entonces se comenzó a atribuir nuestros errores a causas relacionadas con Dios. Qué Dios, eh? La codicia por territorio y poder no es la voz de Dios. Es sólo la expresión de nuestros instintos más primarios. Ningún Dios o dioses detendrán la matanza. Ninguna cantidad de plegarias fervientes harán que “el lobo viva con el cordero, el leopardo se acueste con la cabra, et.” (Isaías 11:6). El título del libro de nuestras vidas debe cambiarse de “Un Destino bajo Dios” por “El Destino Humano”.

El desafío que tenemos por delante es colocar al conductor más joven del chasis neural en el asiento del conductor de nuestras vidas.

Hace muchísimos años que nos vienen diciendo que “Dios ordenó que la tierra es el centro del universo. El que diga lo contrario es un hereje y debe ser silenciado”. La mayoría de nosotros sabemos que no es así. Los dogmatismos son la causa fundamental de los males del mundo. Los padres de las iglesias se sacuden en sus zapatos cuando se ven confrontados por Darwin y demás científicos. Sus resistencias no tienen nada que ver con Dios, con la verdad. Es otro verso de la antigua proclama que los reyes y papas reinan por derecho divino. El futuro probará que el dogmatismo es erróneo.

La era moderna se comprometió con la idea que el conocimiento irá despejando nuestro camino de supersticiones y mitos. “El conocimiento es nuestro destino” cita Carl Sagan al final de su libro Los Dragones del Edén.

Sin embargo, el conocimiento de la Era Dorada de los Griegos fue borrado con sangre humana. Las reflexiones desarrolladas en el mundo Árabe entre los siglos IX y XIII no detuvieron la brutalidad humana. Las enseñanzas de Buda no han eliminado la confrontación entre India y Pakistán. Es decir, que la moderna Revolución Científica ha coexistido con las prácticas más brutales y los campos de concentración. Se necesita mucho más que simple conocimiento. Se necesita la voluntad consciente de trascender los poderes bestiales que residen en nuestros cerebros con las percepciones de la corteza prefrontal.

La Corteza Prefrontal

El agregado de la corteza prefrontal al cerebro humano permite a nuestras especies dar el gran paso de convertirnos en verdaderamente humanos. Mac Lean describe este último agregado de apenas 100 cc. a nuestros cerebros que ocurrió hace unos 40.000 años en lenguaje poético, en su libro “Una Mente de Tres Mentes” (pág. 339-340).

Lenta pero progresivamente, la naturaleza agregó algo al neocortex que por primera vez produce una sensación de compasión en el mundo. Altruismo, empatía, identificación compasiva con otro individuo. La corteza prefrontal es el único neocortex que es capaz de introspección, de mirar hacia adentro, que es lo que le permite identificarse con el otro. Este nuevo desarrollo es lo que posibilita la capacidad de planear para las necesidades de otros al igual que para sí mismo – usar nuestros conocimientos para aliviar el sufrimiento en todas partes. Al diseñar por primera vez una criatura que muestra preocupación por el sufrimiento de otras cosas vivientes, la naturaleza parece haber intentado un giro de 180º de lo que había sido un mundo de “reptil come reptil” y “perro come perro”.

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