jueves, 4 de marzo de 2010

La Topadora en el Sur

Gustavo E. Etkin (Desde Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Se levantó, pero seguía viendo la montaña de muertos despatarrados.
Y las montañas de pelo que irían a Alemania a rellenar almohadas y colchones, los hornos crematorios donde cabían de diez a quince cadáveres por vez, las duchas de gas para los que esperaban un baño de agua tibia. Había un momento de la película que bordeaba despacito, dando un rodeo, y cuando lo enfrentaba era un fogonazo. Como en sus fantasías de pajero púber, cuando poco a poco llegaba el momento de meter en su hembra ideal, y coincidían sus últimos temblores con la imagen de ella, la boca entreabierta en un gesto perfecto. Con la diferencia que en lugar de sumergirse despacio en una calentura solitaria, lo hacía en el miedo.
Se arrimaba al horror mirándolo de reojo.
Ese día no pudo salir antes que los demás, como siempre. La estúpida fila de imbéciles que tenía delante lo obligaba a arrastrar los pies.
Veía el montón, los miles y miles de muertos empujados por la topadora. Y en el medio esa mujer, boca abajo, con los brazos abiertos, abrazándolos. Y su pelo largo. ¿Por qué a ella no se lo cortaron? Y la topadora, manejada por un SS atento, los empujaba como a un montón de tierra que se aparta para hacer un camino. Y todos llegaban al gran pozo retorciéndose, dando vueltas, subiéndose unos a otros, haciendo piruetas. Pero la mujer siempre en el medio. El movimiento de su cuerpo era lento y sensual. Sobre todo sus hombros. Y siempre en el medio, Única. Sola. Rodeada de muertos absurdos.
Llegó a la salida transpirando. El aire de la noche era tibio y se sintió mejor cuando lo pudo respirar solo.
A veces empujando, veces esquivando, caminó entre las parejas plácidas. Entre calmos matrimonios del brazo o de la mano. Entre adolescentes que manoseando máquinas luminosas, dando carcajadas y rozando mujeres creían vivir intensamente el sábado a la noche. Hubiera querido arrancarle la carne al SS que manejaba la topadora. Triturarle los huesos Despacito. Poco a poco. El odio lo recorría mientras recordaba la indiferencia con que los empujaba. Todos esos muertos revueltos y esa mujer en el medio.
Caminó más rápido, salió de Lavalle y cruzó la Nueve de Julio.
Lo vio lejos, entre los demás. Ahí estaba su coche. Negro y brillante.
Cayó adentro y sintió su olor a lujo y nuevo, su meticulosa perfección metálica. Apretó botones, dobló manijas y se deslizó por el asfalto, inexorable y lento a la luz de la luna.
El aire cálido le resbalaba por el brazo fuera de la ventanilla. Lamentó que una simple película le haya hecho perder una noche en el Club de Cine. Ir ahí era también siempre llegar un poco antes y quedarse en el hall de cabeza erguida, sin mirar a nadie. Pararse siempre en el mismo rincón, imperturbable, abarcándolo todo con mirada ausente, gesto preciso, sin tener ni siquiera necesidad de mirarse las manos cuando sacaba el cigarrillo y lo encendía. A la salida, quedarse a un lado y dejar que todos pasen, con la serenidad de un dios griego.
En el Círculo Empresarial ya se sabía que para cualquier reunión el sábado a la noche, él, solo después de la una. Y ahí, acariciado por el humo de largos cigarros cubanos, ante la mirada atenta y respetuosa de sus colegas, daba certeros comentarios de entendido sobre la película que venía de ver. Pero esa vez no fue al Círculo. El auto lo llevaba en silencio sobre el asfalto hasta que paró frente a su negocio: “El Palacio del Repuesto al Automóvil”, que brillaba iluminando la noche con luces de colores reflejadas en cientos de metales relucientes. Tuvo entonces ganas de ir al Círculo, pero ya era tarde.
El lunes a la mañana, como todos los lunes, enfiló para Barracas.
Aunque la fábrica era chica y su capataz de confianza, se sentía más seguro controlando él, personalmente, el trabajo de sus obreros.
No le gustaba ir por la autovía. Llegaba demasiado rápido. Tenía que ser por la Boca, cruzar el Puente, Avellaneda, Barracas. Ir mirando las casitas, el gris de la resignación, el olor a olvido, el Sur de Borges, Rivero, el paredón y después. Iba mirando la tristeza de esas paredes sucias, que hasta las más pintadas y floridas hacían pensar en lo feo que era adentro. Entonces subía la ventanilla y seguía viendo de adentro del auto hombres en camiseta o pijama asomados a las puertas o en las mesas de los cafés, cortando risotadas o conversaciones para verlo pasar, cafés con el fondo oscuro como el final de una cueva donde algunos, bajo una luz rara, jugaban al billar.
Veía también a patotas esquineras, jóvenes con aros y tatuajes, callados, mirándolo pasar. A los que hacían cola en las paradas, callados, siempre con las manos en algo: un cigarrillo, un diario, un paquete o los bolsillos. A mujeres con el pelo muy corto, que sudadas y en chancletas barrían con furia la vereda. O a otras, que con cara de nada llevaban bolsas desbordantes de verduras.
Cada tanto atravesaba las bocanadas de humo y ruido de los camiones y a veces, al frenar en alguna esquina, sentía el olor de las pizzerías.
Y siempre caras. Caras que giraban, que daban vuelta, que se levantaban, que interrumpían algo, que dejaban de hacer cualquier cosa para verlo pasar. A él y a su coche brillante y negro. Y todos con ese asombro rencoroso, donde a veces adivinaba el insulto entre una sonrisa despectiva. Como si lo odiaran porque él pasaba y ellas quedaban. Juntas. Amontonadas.
Hasta ese día el odio entre él y lo que se deslizaba del otro lado de la ventanilla cerrada era solo una sensación, mezcla de miedo y pequeña rabia que le hacía apretar el acelerador y, casi sin darse cuenta, probar si las ventanillas estaban bien cerradas
Pero ese día fue distinto.
Los galpones grises de los campos de concentración, las tristes chimeneas de esa fábrica de muertos, ahora estaban también afuera, en el Sur. Y los muertos, que parecía que estaban muertos desde siempre, que nunca estuvieron vivos, que nacieron para ser muertos, grotescos, sucios, pasivos, eran como las caras que miraban desde el otro lado, desde un mundo pringoso, burdo, estúpidamente agresivo.
Dobló unas cuantas veces, agarró una calle de tierra que se perdía en una villa miseria, y paró.
Como siempre vio a sus obreros golpeando o en los tornos entre torrentes de chispas coloridas atravesadas con medias palabras que solo ellos entendían, que provocaban carcajadas, sonrisas o puteadas.
Constató, controló, verificó. Habló con el capataz con la sonrisa de todos los días. Pero esa vez no tuvo ganas de hacer las bromitas fáciles que eran recibidas con sonrisas forzadas.
La fábrica era suya, como su coche. Sin embargo, a él lo sentía suyo en su olor, en sus blanduras, en su potencia. Obediente a una mínima vuelta de volante. Cuando lo dejaba, el motor paraba. Cuando dejaba la fábrica, en cambio, sus máquinas seguían moviéndose, sus hombres las seguían manejando. Sin él.
Ese día la sintió más lejana que nunca. Como si hubiera estado cubierta por una capa de plástico. Como si cuando estuvo dentro también hubiera estado con las ventanillas cerradas.
Salió antes que otras veces, y entonces vio su auto con el vidrio de un farol roto a pedradas por aquellos dos mocosos que, riendo, le apuntaban al otro. Y los siguió mirando, hasta que desaparecieron por la esquina sin dejar de reír.
Mudo, paso a paso, sin levantar tierra, los brazos caídos y las manos abiertas, pisando los pedazos de vidrio del farol, entró al auto, se sentó, accionó los mecanismos y lentamente se fue yendo.
Dobló una esquina y los vio de nuevo.
Lo miraron acercarse como una gota de mercurio negro. Veloz, sigiloso, recto hacia ellos. Los vio correr.
Cuando el más chico tropezó le bastó girar levemente el volante para sentir un fino alarido y su lado derecho levantarse fugazmente en dos momentos blandos: primera rueda, segunda rueda.
Después, al llegar al empedrado, tranquilo, se fue acercando al Puente.

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