sábado, 13 de marzo de 2010

Sigue dependiendo de nosotros

Víctor Ramírez (Desde Canarias. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

(Para los compatriotas Ricardo Soto y Tasirga)

Dijo El Cobra: La mayor gravedad del candente asunto de la urbanización o el respeto naturalista de Venegueras, amigos, no radica en que pueda convertirse en otro más de los muchísimos e irreversibles atentados ecológicos contra nuestra indefensa Patria -lo que de por sí ya sería demasiado grave. Para mí continúa siendo mucho más preocupante que el canario medio –desconscienciado al máximo, acobardado hasta la repugnancia- admita con normalidad rayana en la estulticia que nuestra tierra, y nuestro destino colectivo, no nos pertenezcan ni nos tengan por qué pertenecer.
El aceptar la pertinaz e insaciable rapiña a que hemos sido y continuamos siendo sometidos siglo tras siglo, rapiña impuesta y fomentada por el poderío metropolitano -impuesta y fomentada directamente o a través de los esbirros coloniales-, con resignación en casi todos, sin la mínima rebeldía de los llamados intelectuales y de los políticos más o menos profesionales y de los tantos compatriotas con estudios más o menos universitarios, es lo verdaderamente grave, es lo que en verdad me preocupa.
Parecemos irremisiblemente castrados de alma, y el castrado no odia al que lo castró sino al semejante que no se deja castrar, y la aspiración de todo castrado es convertirse en castrador.... Y guardó silencio El Cobra, cediendo con su mirada la palabra al viejo Armiche -quien sonreía con cierta complacencia cómplice.

Eso de “la rapiña pertinaz e insaciable” es lo que me anima a leerles este fragmento del libro Cuadro Histórico de estas Islas Canarias de 1808 a 1812, del mentado portocrucero José Agustín Álvarez Rixo. Se encuentra en las páginas 151 y 152, y lo extrajo Álvarez Rixo de un escrito del portugués Miguel Cabral.

“... era Comandante General de las Canarias el Mariscal de Campo Marqués de Casa-Cagigal... Este General se había granjeado pocos amigos; estaba aborrecido de la mayor parte de los Isleños por la insaciable codicia y por las violencias que practicaba con el fin de hacer dinero. El Real servicio era para él una especulación mercantil".

(No pudo aguantarse el apodado Pancho: ¡como si no fuera eso de hacer el máximo de dinero lo habitual de todo invasor, de todo colonizador!).

"Dar empleo y ascensos militares al que más le gratificaba: licenciar tropas y oficiales por una contribución pecuniaria que les exigía: Pedir reemplazos continuamente a los Pueblos, a fin de repetir siempre el mismo círculo de licencias y pedir dinero: Consentir la importación de los géneros y efectos prohibidos mediante el interés con que se le contribuía defraudando los del Real Erario"

(¿Se imaginan, amigos, si por milagro divino se pudiera hacer una relación de los ininterrumpidos fraudes a lo público y privado que hayan sido cometidos por quienes esbirrilmente han detentado y detentan el poder colonial? Se necesitarían varias vidas para leer esa relación. Pero aquí, como todo parece funcionar mediante el chantaje y el soborno, será imposible enterarse uno de esos cuantiosos fraudes tan legalizados. Perdone la interrupción, señor Armiche -el apodado Pancho, según supe anteayer en mi paseo por la playa de Las Canteras, anda algo alborotado de espíritu por un enamoramiento imprevisto).

"Prostituir su autoridad a todo lo que podía proporcionarle oro, y tratar a los Isleños, Jefes y Tribunales con una arbitrariedad, orgullo y despotismo: Tales eran los efectos con que amancillaba el Comandante General, según la opinión y voz pública y por lo que se había hecho odioso a estos Pueblos"

(¿Odioso un hombre que cumple escrupulosamente con el papel del colonizador omnipotente al servicio de sus divinas majestades y de sus propias lógicas ansias pecuniarias? ¿Y qué? ¡Si lo esencialmente odioso es el sometimiento aceptado resignadamente por nuestro pueblo y por sus autoridades, si lo esencialmente odiosa es la mansa aceptación aún hoy de que se nos dirija y explote desde tan lejos y sin la mínima consideración a nuestra dignidad!).

En la página 181 del mismo libro se lee:

"Que el Diputado Avalle, natural de una Aldea de Galicia, aportó a Tenerife casi desnudo y en la miseria, y que dentro de poco se le vio perfectamente equipado y en la opulencia...".

Sí, somos víctimas. Pero las víctimas acaban siendo activos cómplices culpables de su situación cuando legitiman el victimismo con la sumisión encanalladora. La dignificación sigue dependiendo exclusivamente de nosotros los canarios, y no es imposible luchar por recuperarla.

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