sábado, 13 de marzo de 2010

“Zona de miedo” y un Óscar (in)esperado


Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Pittsburgh, Estados Unidos. Especial para
ARGENPRESS CULTURAL)

La ceremonia número 82 de entrega de los premios de la Academia, el pasado domingo 7 de marzo, estaba marcada, sin duda, por la competencia entre dos películas radicalmente distintas entre sí: “Avatar” y “Zona de miedo”. Por eso se habló de la lucha de David contra Goliat y de las posibilidades de la costosa producción de James Cameron frente al trabajo independiente de su ex esposa Kathryn Bigelo
w.

Al final, el filme de Bigelow se llevó seis estatuillas y dejó en el ridículo a “Avatar”, tan mencionada, requerida e “inflada” por la crítica debido a sus logros tecnológicos, muy a pesar de su historia morosa y redundante. Lo cierto es que ambos filmes reproducían una competencia entre cierta formalidad y cierto afán por la aventura.

De “Zona de miedo” se puede decir que es un producto no digamos “riesgoso” pero que acude a una experiencia de veras traumática: la vida de un soldado norteamericano en Irak cuyo trabajo es desactivar bombas, una actividad que lo sitúa en un constante borde y que, como vemos en algún momento de la película, está ligada a la propia disfuncionalidad de su familia. Con justicia, habría que preguntarse por qué, en esta muestra de un hecho tan duro, sin embargo quienes han sido víctimas de una invasión -es decir los pobladores de Irak- aparecen desde el silencio y la clandestinidad o son mostrados sólo como enemigos o seres peligrosos. Bigelow, la direc
tora de este filme, enfoca su trabajo en la crisis personal de un soldado y en lo riesgoso de su trabajo, pero desgraciadamente no cubre el espectro más amplio e igualmente importante de una guerra que Irak no inició y que sigue soportando, a pesar de que se hable, hasta hoy, de democracia, elecciones, y demás eufemismos.

Con todo, “Zona de miedo” constituye un trabajo que se acerca constantemente al sufrimiento y desesperación de las tropas norteamericanas que son destinadas a Irak y del verdadero temor que los soldados sufren y sienten al constatar el despropósito de la misión a la que han sido destinados. El actor Jeremy Renner, en su frialdad, y en los gestos de un rostro que parecen no deberle nada a la vida y al mundo, nos está diciendo que desactivar bombas o incluso tratar de enfrentarse a “hombres bomba” puede ser incluso un oficio lamentablemente “necesario” en una guerra que no tiene cuando terminar.

La entrega de los Óscar sirvió para destacar también a Sandra Bullock y su rol en “The blind
side”, con el que constatamos que una actriz que ha dedicado casi toda su carrera a participar en comedias, finalmente recibe un premio por un drama de “integración” social. Aunque, dicho sea de paso, se trata este, otra vez, del viejo cuento de la siempre “unida” y sólida familia norteamericana. Candidatas como “Precious”, “Bastardos sin gloria”, “An education”, “Amor sin escalas” y “A serious man” apenas fueron consideradas y una película que recomendamos, “The young Victoria”, obviamente se llevó los premios por mejor vestuario.

La conclusión es que los Óscar en su edición 82 han mantenido el conservadurismo de una Academia que no mira más allá, que se mira el ombligo, que hace de sus presentadores Alec
Baldwin y Steve Martin francotiradores que, nada ingenuamente, se muestran racistas e intolerantes, disfrazados de cómicos libertarios y bonachones. Pero ese es el esquema, y no otro, que lamentablemente el poderoso Hollywood entrega al mundo y con el que lo bombardea todo el año. El glamour y encanto que exhiben actrices como Demi Moore, Charlize Theron, Jennifer Lopez, Michele Pfeiffer o Julianne Moore apenas es un pretexto, que de todos modos se
agradece, a pesar de la idea reaccionaria y, también ella, del “pensamiento único” que guía a la meca del cine y la vuelve incólume y autosuficiente.

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