viernes, 30 de abril de 2010

Aceptar la estupidez o profundizar en el sencillo acto de vivir para observar y preguntar (Parte II - Final)

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

(Texto de la conferencia ¿Por qué quieren matar a Gutenberg? que el autor pronunció el 19 de abril en el Ateneo Jovellanos de Gijón. España).

Segundo acto: Una historia de secuestros comunicacionales

Desde siempre, al no saber exactamente de dónde viene y dónde se encuentra, el ser humano ha tenido necesidad de comunicarse. Sea por símbolos o señales, en el fondo nos mueve la imperiosa necesidad de ser escuchados. Todos deseamos ser mensajeros de nuestras preguntas; admitámoslo o no, en el fondo lo que tenemos son dudas sobre la existencia. Para cumplir este objetivo y sólo este objetivo, como intermediario entre el mensaje (la duda) y los receptores, es que va surgiendo una y otra estructura mediática. Bastaría revisar los inicios de la prensa escrita, la radio y la televisión para comprobar que el impacto que cualquiera de estos medios provocó en el público, más allá de la innovación, fue la esperanza que se le abría a una nueva representación de la comunicación. Sí, representación de la comunicación. Eso es lo que el receptor percibe cuando se detiene ante la prensa escrita, la radio, la televisión o cualquier otra estructura mediática. Para el receptor, la carta de un lector o el testimonio de un espectador representan una cuota de su propia necesidad de comunicación. De ahí el largo enamoramiento que los receptores mantienen ante cada nueva estructura mediática.

Sin embargo, en el tiempo, las estructuras mediáticas fueron creciendo hasta el punto que dejaron atrás el origen representativo de la comunicación. He ahí cuando ocurre el secuestro de la comunicación pública. La televisión desencadena en una estructura contraria a los intereses de los receptores; la radio, si bien cuenta con un poder participativo que le permite su inmediatez, en lugar de basar su crecimiento en esta fortaleza, se limita a diseñar una programación estática y por lo tanto completamente alejada de los receptores. Y la prensa escrita se subdivide en dos grandes campos de acción. Uno, el que imponen los grandes diarios con un perfil editorial cada vez más ajeno a las expectativas cotidianas de los lectores, y otro, el complejo rumbo de los diarios locales que se debate entre contar la realidad de su localidad o copiar los modelos mediáticos globales, que por acuerdos comerciales, ejecutan los grandes diarios. Y es justamente en la imposición de un formato mediático global cuando se desdibuja la misión originaria de los medios, que no es otra sino representar la realidad cercana, la local. Diría que los medios se volvieron una ficción demasiada subjetiva para ser asumida como verdad colectiva.

Para ficcionar está el arte; para contar la verdad colectiva, deberían estar los medios de comunicación. Aquella máxima que se enseña en las escuelas de periodismo y que asegura que “la noticia es que un hombre muerda a un perro y no que un perro muerda a un hombre”, llegó a extremos dantescos. Ahora la noticia es “destacar cuántos hombres muerden mejor y más rápido a mayor número de personas”. Hoy, y cada vez más, los medios convencionales, entiéndase prensa escrita, radio y televisión, nos cuentan malas ficciones disfrazadas de noticias. Yo me niego a creer que la población de cualquier pueblo o país sea como la definen hoy los medios. Pues, si esto fuera así, el planeta estaría al borde del Apocalipsis. Otra cosa es que las grandes estructuras mediáticas, bajo el formato de copia global, condicionen opiniones y estadísticas. Es ahí donde se inventa la famosa opinión pública. Pero es no es representación de la comunicación sino la invención de una realidad. Y ese, reitero, es un objetivo del arte, no de los medios de los medios de información. Y esta situación la describe muy bien el escritor francés Georges Perec en su libro Lo infraordinario, cuando dice: “Quien nos habla, me da la impresión, es siempre el acontecimiento, lo insólito, lo extraordinario: en portada, grandes titulares.

Los trenes sólo empiezan a existir cuando descarrilan y cuanto más muertos hay, más existen; los aviones solamente acceden a la existencia cuando los secuestran; el único destino de los coches es chocar contra los árboles: cincuenta y dos fines de semana al año, cincuenta y dos balances: ¡Tantos muertos y tanto mejor para las noticias si las cifras no cesan de aumentar! Es necesario que tras cada acontecimiento haya un escándalo, una fisura, un peligro, como si la vida no debiera revelarse nada más que a través de lo espectacular, como si lo elocuente, lo significativo fuese siempre anormal: cataclismos naturales o calamidades históricas, conflictos sociales, escándalos políticos…” Y ante esto, Georges Perec reflexiona: “La prensa diaria habla de todo menos del día a día. La prensa diaria me aburre, no me enseña nada; lo que cuenta no me concierne, no me interroga y ya no responde a las preguntas que formulo o que querría formular”.

En medio de este alejamiento que padecen las estructuras mediáticas convencionales con respecto a su objetivo de difusores del mensaje, surge Internet como fuerza anárquica de la comunicación. Sospecho que aún hoy, los dueños de los grandes medios convencionales (incluyendo la industria editorial del libro), que andan de cabeza buscando la fórmula de negociación que les permita sobrevivir al avasallante crecimiento de Internet, no han asumido que cada día con mayor fuerza los usuarios están partiendo a un medio, que como Internet, les está posibilitando convertirse en emisores de su propio mensaje de vida. Y es ahí donde nos encontramos hoy, en el mercado de las redes sociales, como un mecanismo más de los muchos que va ofreciendo al Red Virtual en su veloz camino hacia la interacción. No obstante, cada quien lanza su mensaje y otra cosa es que sea atendido; si todos pasamos a ser mensajeros, habría que ver cuántos de nosotros estamos dispuestos a ser receptores. Y esa realidad, la del mensaje sin receptor, es una realidad avasallante y brutal que crece en una dirección aparentemente insospechada.
A simple vista se pudiera pensar que el fenómeno participativo de Internet cumple, quizá como ninguna otra estructura mediática anterior, la máxima de la “libre” circulación del mensaje. Pero esta aparente anarquía tiene sus consecuencias. El escritor Jean- Claude Carrière define a loa usuarios de este medio como “Informadores benévolos, más o menos capacitados, más o menos facciosos, que al mimo tiempo son también inventores, creadores de información, imaginándose el mundo cada día. Quizá lleguemos a ello, descubriremos el mundo según nuestros deseos, tomándolos (los deseos) por la realidad…” Y como contrapeso, Carrière expone que “un solo testigo no es suficiente para establecer la verdad. Igual que sucede con un crimen. Se necesita una convergencia de puntos de vista, de testimonios”.
Si con los medios convencionales los testigos del crimen, es decir, los receptores, reciben la sentencia en el diseño del mensaje, en Internet el mensaje se anarquiza en la subjetividad de cada difusor. Nadie atiende el testimonio del otro, no hay intercambio de pruebas, sino sobre exposición de mensajes. En otro extremo, distinto al secuestro mediático convencional, igualmente se diluye el contenido del mensaje.

Ante todo este diagnóstico hay que dar un alto y preguntarse: ¿es casual este aparente caos informativo que nos ofrece Internet o es conducido? Si bien no creo en casualidades, mucho menos creo en ellas cada vez que un gurú de la informática presenta su nuevo programa, su nueva máquina o, mejor, dicho, su nuevo negocio. Sobre el tema Humberto eco y Jean-Claude Carrièrre sostienen un importante diálogo. Dice Eco: “La velocidad con la que la tecnología se renueva nos obliga, en efecto, a un ritmo insostenible de reorganización permanente de nuestras costumbres mentales. Cada dos años habría que cambiar de ordenador porque estas máquinas se han concebido exactamente para eso: para que se vuelvan obsoletas al cabo de un período determinando, cuando arreglarlas sale más caro que comprar una nueva. Cada año habría que cambiar de coche porque el nuevo modelo presenta ventajas en su seguridad, extras electrónicos, etc. Y cada nueva tecnología implica la adquisición de un nuevo sistema de reflejos, que requiere nuevos esfuerzos, y todo ello en términos de tiempo cada vez más breves”. Y se pregunta Carrière: “¿Podemos adaptarnos de verdad a un rimo que está acelerando de forma tan injustificada? Por ejemplo, el montaje cinematográfico. Con los video clips hemos llegado a un rimo tan rápido que ya no podemos correr más. Acabaremos no viendo nada. Pongo este ejemplo para mostrar de qué modo una técnica ha generado su lenguaje específico y cómo el lenguaje, a su vez, ha obligado a la técnica a desarrollarse, de forma cada vez más apresurada, más atropellada. En las películas de acción norteamericanas, o en las supuestas copias que vemos hoy en día, ningún plano debe durar más de tres segundos. Se ha convertido en una especia de regla. Un hombre vuelve a casa, abre la puerta, cuelga el abrigo, sube al primer piso. No sucede nada, no está amenazado por ningún peligro, y la secuencia se articula en dieciocho planos. Como si la técnica creara la acción, como si la acción estuviera en la misma cámara, y no en lo que no muestra”. Mientras tanto, en un foro virtual, un mensajero espera que la muerte de lo que el llama “dinosaurios del conocimiento antiguo”. Y resulta que aquí, en la pretendida uniformidad del conocimiento, es donde radica uno de los principales vacíos de Internet.

El conocimiento, como la misma condición humana, ni es instantáneo ni es lineal. Pretender una y otra cosa es cuanto menos un chantaje. Y lo más sospechoso es que los grandes empresarios de la informática no niegan la pretensión de uniformidad, como si esto fuera una virtud; virtud esta, la de la uniformidad, donde capitalismo y comunismo parecieran ser los dos brazos de un mismo cuerpo: el cuerpo del Gran Hermano que muy bien definió George Orwell en su novela 1984. Una sociedad mundial administrada por un sistema invisible, sofisticadamente totalitario. Por otra parte, los grandes empresarios de las llamadas nuevas tecnologías, ante nuestra pasividad, están constituyendo un circuito que pueda engullir la independencia de todas las otras estructuras mediáticas. Nunca antes, como ahora ocurre con Internet, un invento pretendió aglutinarlo todo; nunca la televisión representó una amenaza real para la existencia de los libros o de la prensa escrita; los siempre minoritarios lectores han seguido leyendo independientemente de los éxitos televisivos o cinematográficos. La industria de la televisión nunca le propuso a la de la radio que cerrara sus puertas para que operara en su frecuencia. Técnicamente, la radio era un circuito de funcionamiento independiente; la televisión era otro circuito de funcionamiento independiente; al igual que el cine y que la industria editora de impresos o de música. Y no es justamente esa independencia lo que nos están proponiendo los grandes empresarios de las llamadas nuevas tecnologías, ellos, lo que nos proponer, es la sistematización de todos los circuitos en un solo gran circuito global: Internet.

Tercer y último acto: El circuito necesita la muerte de la imprenta

Voy a llamar las cosas por su nombre. Un gran monopolio alojado en los Estados Unidos se está engullendo a los otros monopolios locales del mundo. Para ello están instaurando, a paso veloz, un circuito global de contenidos administrado por ellos. Quien quiera sobrevivir a la destrucción de las estructuras mediáticas convencionales, deberá negociar con nosotros: los constructores del nuevo orden mediático mundial. Si esto no es el arrase de todas las culturas, ¿cómo podría denominarse? Si esto no es el control absoluto de toda la independencia informativa de los países, de las localidades y de los individuos, ¿qué otra cosa es? Y dice Umberto Eco: “… no hemos sido capaces, desde la llegada de los primeros ordenadores en 1983, de reciclar constantemente nuestra memoria informática pasando del floppy disk a un disco con formato más pequeño, luego a otro disco y ahora a un pen driver, hemos perdido nuestros datos mil veces, parcial integralmente. Está claro que ningún ordenador puede leer ya posprimeros disquetes que pertenecen a la era prehistórica de la informática”. No hay caso, señoras y señores. Más allá de lo que advierta Eco o quien fuera, los distintos empresarios nacionales así como los receptores de sus mensajes, hemos caído en la avasallante carrera hacia la instauración de un circuito absoluto y global de contenidos. El objetivo de esa colonización planetaria es el adormecimiento de la memoria, pues, como dijera George Orwell, “quien controla el pasado, controla las opciones futuras”.

Un gran monopolio global ha administrado los errores de los monopolios mediáticos nacionales y ahora pretende administrar la salida. No obstante, para la instauración de un circuito global de contenidos, la imprenta es el principal estorbo. A esta estructura que pretende dirigir todos los monopolios mediáticos del mundo, le es muy fácil conectar todos los mecanismos eléctricos al gran circuito de su propiedad. Entiéndase: radio, televisión y cine, la ser circuitos independientes que se conectan a través de la energía, pueden se más fácilmente obligados, por las mismas leyes destructivas del mercado, a la conformación de un exclusivo circuito de contenidos, eso, si desean sobrevivir al Apocalipsis que supone no adecuarse a las llamadas nuevas tecnologías.

El papel, por el contrario, representa el medio más personal, independiente y sensorial de todos. Por su característica imposible de verter en un circuito, el papel se excluye de la hoja de ruta del futuro. Hay que sustituirlo por un soporte que nos posibilite su incorporación al gran circuito. Por ello, en esta inminente batalla que se avecina y que en el fondo, más allá de los maquillajes, lo que está en juego es la imposición de una cultura sobre todas las culturas del mundo, asumo Internet sólo como un instrumento útil para la diversidad del pensamiento y de la acción de vida. Internet me es útil si me permite adquirir un libro de papel, bajo sistema de compra por envío directo; Internet me es útil si me permite comprar los boletos para luego ir, en movimiento, al cine o de viaje; Internet me es útil si me permite invitar a un amigo a tomar un café, en persona, en directo. La observación y la movilidad no las voy a entregar a ningún circuito. El mundo necesita de empresarios creativos que apuesten por una nueva relación entre medios y usuarios; el mundo, por la necesaria interdependencia de las culturas, necesita creativos de las formas y de los fondos. Entre el receptor pasivo y el emisor de mensajes al vacío, habría que convocar al usuario interpretativo. Lo contrario sería ceder, como autómatas inducidos por el llamado de lo “nuevo”, a un chantaje que dice interdependencia cuando en realidad quiere decir secuestro.
Es posible que Umberto Eco haya exagerado cuando aseguró que «internet es uno se los grandes peligros del futuro». Sin embargo, son muchas las interrogantes que debemos plantearnos sobre este cambio de paradigma que nos propone (o impone) «ese algo invisible» que maneja las leyes del mercado. ¿Hacia dónde avanza internet? ¿Estaremos los individuos y los colectivos tendiéndole la alfombra a las grandes corporaciones? ¿Terminará la llamada superautopista de la información convertida en el callejón uniforme del mundo? ¿Qué pasaría si, efectivamente, cediéramos todos los espacios de funcionamiento exterior al sistema virtual? ¿Qué sucederá el día en que a un gurú se le ocurra apagar la luz? ¿En manos de qué gran poder omnipresente estamos dejando la observación, la crítica y el movimiento?

Internet, como otros muchos inventos, puede ser una vía hacia la comprensión de lo humano y sus múltiples realidades o una bifurcación que conduzca al cementerio de las ideas. Ante cada invento se invierte mucho en hacernos creer que tal cosa nos llevará más lejos en el complejo camino del desarrollo humano. No obstante, resulta paradójico que en este instante de veloces medios tecnológicos, mayor sea el nivel de estupidización (y vulgarización) de las masas del mundo. Me parece sospechoso el adormecimiento de las distintas sociedades del planeta; todo parece indicar que avanzamos hacia la forma más peligrosa de dominio que haya conocido la humanidad: la sofisticación de la ignorancia
Ante la pretensión de instaurar un circuito global de contenidos, celebro que entre el papel y mi persona, exista un juego privado, íntimo, donde sólo participan mis sentidos. Y en ese contacto intimista, crítico y único, se germina mi relación con el mundo.

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