jueves, 8 de abril de 2010

Cuentos cortos

Selva (Desde Paraguay. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El silencio

¡Ah! El silencio…

No hay nada más sepulcral cuando callas, ni tan lleno de misterios cuando tu mirada se pierde en lontananza, detrás de quién sabe qué quimera, o tal vez de qué esperanza.

La esperanza ilumina los ojos y, con ansiedad oculta, la busco en tus pupilas ¡tan profundas! Encuentro ausencias. Tengo celos, celos de tu silencio y del mundo que él encierra.

Hoy, su silencio me abraza y siento que el mundo está dentro tuyo. Mi silencio ya no está solo y, a la vera del camino, caminamos con nuestros silencios convertidos en torrentes de proyectos y de ideas, juntos, compartidos.


Mi sombra

Mi madre siempre me contaba una anécdota que me hacía reír. Estaba ella en una cálida siesta de verano, trajinando en sus quehaceres diarios del campo, cuando, de pronto, rompieron su rutina los gritos de mi hermano mayor, Pepe, que exclamaba despavorido ¡mamá!, ¡mamá!, ¡la sombra!, ¡la sombra me persigue!

Mi madre le dio un abrazo protector y tranquilizador. ¿Ves?, todos tenemos una sombra que nos persigue, pero es la nuestra.

Desde ese entonces, la consideré como una cosa natural, más aún cuando las leyes de la física y de la ciencia, me explicaron cómo se produce.

Así anduve, durante mucho tiempo y con mi conciencia adormecida, hasta que un día de esos, en los que los humanos nos hundimos en el silencio poblado de voces, me puse a pensar en mi sombra.

Me coloqué contra el sol y ella era una perfecta imitadora. Alegre a veces, burlona otras, se desplazaba en tamaños y formas, sin perder lo esencial y era inaccesible. Una y otra vez intenté aprisionarla. ¡Imposible!

El viento me la quiso robar; no pudo. La llenó de polvo y ella lo cubrió; se aferró a mis pies y el viento vencido rugió y se alejó. Ella quedó.

Otra vez, la lluvia la quiso llevar. Intentó mil formas hasta que un día creyó, junto a un cielo gris, que al fin lo logró. Las nubes se fueron y el sol se asomó y ¡otra vez, junto a mí, la sombra volvió!

¿Dónde te habías ido?, le dije sin voz. Dentro tuyo estaba, me dijo callada, lo mismo que yo.

¿Sabes mis secretos, los que guardo yo, bajo siete llaves, de angustia y dolor, de rencor y amor?

Usé sólo una y la puerta abrí!, me respondió.

Juntas seguimos, luchando las dos, contra viento y lluvia, a la luz del sol.

Juntas crecimos y hemos ido subiendo cerros, recorriendo mares y desiertos y ahora, cuando yo tropiezo, ella se agranda y me lleva por mil senderos. Sabe cuándo llegaremos al fin del recorrido.
¿En qué ser renacerá? ¿Una planta, un pececito o, inquieta y curiosa, volará al infinito, libre de mí?


Desaliento

Como un árbol talado, el ánimo se me derrumbó.
No sé por qué o, tal vez lo sé muy bien!
Fue, es, como la sombra aprisionada,
de un cuerpo que se cae.
No es el filo de un hacha, sino la base socavada,
gota a gota, por los efluvios de éste aluvión
de hechos pestilentes que azotan a la tierra.
Es impotencia, dolor callado, que escapa a pedacitos,
en rebeldía estéril, cual grito en el vacío.


Mar de estrellas

Y… ¿si las estrellas estuvieran abajo y no arriba?
¡Qué locura!
El poeta las pescaría, con su anzuelo de sueños.
¡Si pudiera!
Nadan en cardume, siguiendo las leyes celestiales.
¡Qué esquivas!
¡Cuántas de ellas ya no están, pero aún las vemos!
¿Será un espejismo?


Aurora

Eos, la de los dedos rosados, acaricia el ópalo celeste
cual maga, oculta las estrellas, damas de la noche,
para arrastrar consigo el sol naciente, que pinta de colores el paisaje.
Los pájaros, desde las copas de los árboles frondosos
como notas vivas desde los hilos de la luz,
desnudos pentagramas, tocan sus dianas anunciando el día que amanece.
Un aire fresco inunda mis pulmones,
piso la hierba cuyo rocío cálido me estremece.
Es la inmensidad de lo insondable.
No estoy sola, mi sombra me acompaña.
Nunca me dice nada. ¡Qué misterio!

Sequía

El Río de la Plata gime la sed del estío impío.

La tierra herida de muerte, muestra sus llagas profundas, bajo un sol de brasa.

Un manto de oro viejo, ha eclipsado los campos esmeraldas.

Los arroyos se han transformado en tajos en los campos, mostrando los secretos de sus lechos encerrados en los mudos secretos de sus cantos rodados, que esperan el milagro de la lluvia, para liberar su canto aprisionado, en loco torbellino, jugueteando con el agua, como amantes que se reencuentran tras larga ausencia, poblada de anhelos y esperanzas.

Miro el jardín en el que estoy, con verde césped, los árboles que se mecen con el viento, en un murmullo que parece una cascada, como un espejismo en medio del desierto.

Los pájaros me embriagan con su canto, que me hace olvidar, por un momento, el holocausto de vida que se paga a la suicida conducta de los hombres, que destruyen lo hermoso de la vida.

Una calandria relanza su requinto y una paloma repite su cucu-cucu; la vieja glicina de la casa, me regala sus flores y su aroma.

Se mira el cielo esperanzado. Un cielo gris amenaza con la lluvia. ¡Bendita sea! Es la vida que se espera y que renacerá en cada brizna de la tierra.

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