jueves, 8 de abril de 2010

Miguel Hernández, poeta y pueblo

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Lleva en su muerte el número mil nueve y sigue vivo en las palabras. Poeta español, voz de pueblo, Miguel Hernández (Orihuela, 30 de octubre de 1910 – Alicante, 28 de marzo de 1942) es hombre de versos imprescindibles.

Tiene casi una centuria diciendo su tierra, diciéndonos las necesarias libertades de las gentes. Cabalga a lomo de la historia para soñar y soñarnos fundidos en la siembra, en las banderas y en los buenos amores, para vivir, vivir amando lo más libre y lo más hondo, lo más alto, lo más tierno. Quisieron encerrarlo, pero cayeron los barrotes y los altos muros. Quisieron acallarlo, pero su voz sonó más fuerte y hoy es eco, es presente.

“Aquí estoy para vivir / mientras el alma me suene, / y aquí estoy para morir, / cuando la hora me llegue, / en los veneros del pueblo / desde ahora y desde siempre. / Varios tragos es la vida / y un solo trago es la muerte”.
(Sentado sobre los muertos, fragmento)

Poeta de la República, de la España libre, Miguel Hernández le canta a lo humano en medio del incendio del miedo. Ni el tiempo pudo con él, ni el tiempo ni la muerte, porque no es posible asesinar lo imprescindible. Vuelan en su voz las miradas y los fusiles, caminan sus pasos los tiempos que vienen, los días que serán sin pausa y sin verdugos.

“No soy de un pueblo de bueyes, / que soy de un pueblo que embargan / yacimientos de leones, / desfiladeros de águilas / y cordilleras de toros / con el orgullo en el asta. / Nunca medraron los bueyes / en los páramos de España. / ¿Quién habló de echar un yugo / sobre el cuello de esta raza? / ¿Quién ha puesto al huracán / jamás ni yugos ni trabas, / ni quién al rayo detuvo / prisionero en una jaula?”
(Vientos del pueblo me llevan, fragmento)

Otros amores habitan también los versos del hombre, del poeta. La mujer se desnuda en la blancura del papel, se transforma en lienzo donde pintar las sombras de sus concavidades. La piel deja de ser metáfora y se convierte en turgente tibieza. Abandonado del fragor de las batallas el poeta respira la humedad sedienta de roces y se alza sobre la inmensidad que lo nombra.

“Menos tu vientre, / todo es confuso. / Menos tu vientre, / todo es futuro, / fugaz, pasado, / baldío, turbio. / Menos tu vientre, / todo es oculto. / Menos tu vientre, / todo inseguro, / todo postrero, / polvo sin mundo. / Menos tu vientre / todo es oscuro. / Menos tu vientre / claro y profundo”.
(Poema 39 de Cancionero y de ausencias)

Fecunda la palabra y la vida, Miguel Hernández sigue palpitando en el poema. Susurra los amores que hacen de la vida, la vida. Las batallas que libró, las muertes que vivió, el sudor que lo hizo hombre en la más humana dimensión del abrazo existe en el poema capaz de trascender el tiempo, capaz de resucitar sus ganas y sus sueños.

Aquí vive el poeta y no en el número que visitan los turistas, el mil nueve es para la congelada postal de una España que se olvida de sus guerras y sus cadenas, en cambio la vida es esta que se siente en cada herida y en cada certeza con que amanece el día.

“Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío: / claridad absoluta, transparencia redonda. / Limpidez cuya extraña, como el fondo del río, / con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda. / ¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho, / corazón de alborada, carnación matutina? / Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho. / Tu sangre es la mañana que jamás se termina”.
(Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío, fragmento)

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