viernes, 21 de mayo de 2010

Cine: Las invasiones bárbaras (2003)

Jesús María Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A mi entrañable amiga Marta Santander,
quien tanto disfrutó esta película


NACIONALIDAD: Franco-canadiense
GÉNERO: Drama cómico
DIRECCIÓN: Denys Arcand
DIRECCIÓN ARTÍSTICA: François Séguin
PRODUCCIÓN: Denise Robert, Daniel Louis
PROTAGONISTAS:
Rémy: Rémy Girard
Sébastien: Stéphane Rousseau
Nathalie: Marie-Josée Croze
Gaëlle: Marina Hands
Louise: Dorothée Berryman
Constance: Johanne Marie Tremblay
Claude: Yves Jacques
Pierre: Pierre Curzi
Diane: Louise Portal
Ghislaine: Mitsou Gelinas
GUIÓN: Denys Arcand
FOTOGRAFÍA: Guy Dufaux
MONTAJE: Isabelle Dedieu
MÚSICA: Pierre Aviat
VESTUARIO: Denis Spedouklis
DISTRIBUCIÓN: Golem
DURACIÓN: 99 minutos

En esta película asistimos a un drama, con tintes de comedia, franco-canadiense, dirigida por el realizador Denys Arcand, un quebequés multifacético, quien ya había realizado La decadencia del imperio americano, dieciocho años antes.


Este director, ubicado en toda la trayectoria del cine de su ciudad, pasa del documental lacerante y crítico a un cine de ficción, en un recorrido semejante al de Kieślowski, pero su narrativa no se aleja de la realidad social y cultural del mismo Quebec.

Arcand conoce profundamente los movimientos de la dialéctica, sin que excuse a contrincante alguno, como lo vemos cuando nos muestra la corrupción en el ámbito hospitalario, tanto desde la Administración como del lado del sindicato, los cuales exigen dinero, para conceder una respetuosa solicitud y llegar, a través del choque antitético, a nuevas síntesis.

Luego haría un cine más influenciado por el modelo estadounidense, del conocido cine americano, de acuerdo con los cánones de la estética hollywoodense, para llegar luego a ser reconocido internacionalmente en 1986 con la presentación en La decadencia del imperio americano y Jesús de Montreal, un filme que sería nominado al Óscar a la mejor película de habla extranjera para llegar al culmen de su consagración con Las invasiones bárbaras, con la que sí obtendría la estatuilla de la Academia, mientras María-Josée Croze recogería el premio de la mejor intérprete femenina en Cannes, en el año 2004, a la par que recibiría el premio César de la Academia de Cine Francés, al mejor director, a la mejor película y al mejor guión.

La cinta trata de la historia de Rémy (Rémy Girard), un profesor de historia con un cáncer terminal, quien se ha divorciado, hace mucho tiempo, porque su esposa no tolerara sus continuas infidelidades, sus romances traviesos, lo cual deterioraría el vínculo con su hijo mayor, ya que, para la hija, su papá siempre sería ese primer objeto de amor, de acuerdo con el pasaje normal de una niña por el complejo de Edipo.

El hijo tenía un excelente trabajo, el cual le producía, en un solo mes, lo que su padre, como profesor universitario se ganaba en un año.

La madre lo llama para que acompañen al padre a organizar sus cosas ante una muerte inminente, cosa que el vástago acepta, más para acompañar a su mamá, que para hacerlo con el progenitor, aunque, poco a poco, el vínculo va restableciéndose, hasta el punto que en el momento de pasar a la eutanasia activa, que decidieron juntos, Rémy le desea a Sébastien, su vástago, que el suyo sea tan bueno como lo fue él con su papá.

El sistema hospitalario en Canadá pareciera ser más tercermundista que el mismo Inseguro Social en Locombia, con una gran multitud de camillas, dada la dificultad de dar los pacientes una habitación digna; por esa razón, Rémy, en algún momento dirá que su país no es como los Estados Unidos de América, un país desarrollado, en una de esas sutiles, aportaciones críticas que Arcand lanza, como quien no quiere la cosa.

Es por eso que Sébastien quiere llevar a su papá al vecino país norteamericano, donde, así no hagan milagros, tal vez sí puedan brindarle una enfermedad y una agonía menos dolorosas; sin embargo, el tozudo Rémy se niega, ante lo cual, el hijo, calificado de inculto aunque exitoso, decide, en un proceso de autogestión, solicitar una habitación grande en los bajos del edificio hospitalario, para que el padre pueda reunirse allí con sus viejos amigos mientras espera la muerte, pero para lograrlo tendrá que sobornar tanto a los poderes oficiales como a los sindicales, quienes no parecieran concederle ese beneficio de una forma gratuita.

Lo mismo ocurre en relación con la consecución de la heroína, indicada al padre como poderoso analgésico; Sébastien tendrá que buscarse a una jonki, una joven drogadicta, hija de una de las ex amantes de su padre, para que la consiga por medios ilegales, en escenas en las que Arcand, como buen intelectual comprometido, denuncia la corruptela de la policía canadiense, tan moralista de un lado pero, del otro, tan perversa.

Sébastian cita a los grandes amigos de su padre para que vengan a verlo y acompañarlo en sus últimos días, en los que en ese trance del cáncer, que avanza, como las invasiones bárbaras, las células cancerosas atacan el cuerpo paterno, como los secuaces de Osama Bin Laden lo hacían con un imperio que decae; de ahí que no sea casual la presentación de una noticia del 11 de septiembre en la televisión, en un siglo que, para Rémy, no fue particularmente violento, si se tiene en cuenta el genocidio cometido por los conquistadores europeos en América, crítica que el personaje realiza casi con un guiño.

Desde las reflexiones para su cátedra, el profesor sabe que la historia de la humanidad es una historia de horror. Por ello, le resulta tan sorprendente que de él, un socialista voluptuoso, haya brotado un hijo como el suyo, un capitalista ambicioso y puritano.

El reencuentro con los amigos trae una catarata de humor a la película, en un clima en el que reina un jubiloso mamagallismo, en la mejor onda de un Gabriel García Márquez, una constante tomadura de pelo, una alegre joda, para nada cansona, que culmina con los deliciosos días en la casa de Pierre, uno de los amigos, frente a un hermoso lago, donde se procederá a ejecutar la eutanasia, de manos de Nathalie, la joven adicta que le conseguía la heroína, ahora por los caminos de la rehabilitación, en un tratamiento con metadona. Ya que la película nos muestra como la capacidad vincular, entre los seres humanos, nos conduce por caminos de transformación.

Los amigos evocan un pasado, en el que fueron sustituyendo un ismo por otro, para ensayar todas las formas del pensamiento de la segunda mitad del siglo XX o escenas de películas que, en una sociedad represiva y pacata como el Canadá de su niñez y primera adolescencia, la sexualidad se filtraba a través de películas pías como la de Cielo sobre el pantano (1949) del neorrealista italiano Augusto Genina acerca de María Goretti con la actuación de Inés Orsini, cuyas piernas pudieran resultar tan seductoras como las de los cuerpos de Silvana Mangano o Sofía Loren, que el neorrealismo italiano descubriera por aquellos tiempos, para dar lugar luego a otros personajes femeninos como objetos de amor ideales para el joven Rémy, en divas como la cantautora y actriz francesa Françoise Hardy, entre otras.

Y al fin proceder a la eutanasia activa, ese tema que aún sigue siendo tabú en muchas sociedades y del que el cine empieza a ocuparse con filmes como Mar adentro, esa bella película de Alejandro Amenábar, en torno a la historia real del escritor Ramón Sampedro, quien tanto luchara por acceder a gozar del derecho a una muerte digna, por el derecho a que cada individuo haga con su vida lo que quiera y que, previamente, se había tratado en relación con la eutanasia pasiva, por allá, en 1981, en el filme Al fin y al cabo es mi vida del director inglés John Badham, con la actuación estelar de Richard Dreyfuss y John Cassavettes, en el papel respectivamente del cuadripléjico que solicita que se le deje morir de forma natural y el delirante doctor que se empeña en hacerlo vivir a como dé lugar.

Un tema de imperante actualidad.

¿Qué otro destino podría esperar un voluptuoso socialista como Rémy sino elegir con libertad la forma de morir? Bien saben los hedonistas, como él, que en el final del camino está la muerte y que es un paso tan natural como cualquier otro en el ciclo de la vida, si se la asume con esa llaneza con la que la toman el profesor, su familia y sus amigos, quienes habiendo atravesado por todos los ismos de la cultura occidental, bien han pensado los avatares de la existencia, de tal forma que la elección de la muerte resulta ser una asunción, un pasaje de un estado a otro de la existencia, un pasaje del ser a la nada, para aquellos que como Sartre saben que la existencia se da entre dos nadas.

De seguro, ellos lo sabían pues el existencialismo era uno de los ismos por los que habían pasado, como los señalan los personajes, en la alegre velada en la que evocan sus posiciones intelectuales.

Arcand no lo hace explícito pero, probablemente, las obras del filósofo francés debían estar en la biblioteca de la casa de Rémy, por las que nos da un paseo el director, antes de que el hijo parta de regreso a Inglaterra, ciertamente atravesado por una experiencia transformadora.

El director canadiense detiene la cámara en algunos libros de aquellos anaqueles del gabinete paterno, tal vez para mostrarnos las obras que más habían influido en la construcción de esa ética practicada por el querido profesor de historia, quien muere tan gozoso como había vivido. Tal vez, Rémy había leído al Michel Foucault que escribiera: La actitud histórico-crítica también debe ser experimental.

Y allí, están Los miserables de Víctor Hugo, una obra imprescindible para un francófono.

Pero también está ese libro de Primo Levi, Si ésto es un hombre, en la que el escritor italiano, cuenta su propia experiencia cotidiana durante el cautiverio en Auschwitz, donde habría de sufrir los oprobios que los nazis hacían padecer a los judíos, para lograr tal vez el texto más profundo y directo, que da cuenta del horror incomparable, que produjera el Holocausto, como si fuera una caída en el infierno del Dante, dada la deshumanización a la que los seres humanos fueron sometidos a ka violencia, al frío, al hambre, a la humillación y la muerte, en un universo que olvidaba toda posible solidaridad de los unos con los otros.

Pero también estaba allí, Historia y utopía del pensador rumano Emil Michel Ciorán, una obra en la que, allá, por 1960, el autor lanzara una mirada sin piedad a la civilización occidental y a la utopía moderna, a las que opondría un pensamiento apocalíptico, más pertinente, según él, con el desarrollo histórico que ha tenido la humanidad, de tal manera que allí, Ciorán contrapuntearía lo Absoluto con lo relativo, lo temporal con lo eterno, la historia con el paraíso, para destruir la idea de un sentido en los rumbos que ha tomado la sucesión de aconteceres que hacen a la Historia, tal vez un autor que influyera, tanto en Arcand como en su personaje Rémy, con su mirada desilusionada sobre la cultura. Ya que, desde su infancia, Ciorán sabía que los países del Este siempre fueron dominados e invadidos, a lo largo de una Historia, que opera como elemento demoníaco, que vuelve objetos a los seres humanos, cosa a la que se resiste Rémy, quien ni siquiera a la hora de su muerte dejaría de ser sujeto de su deseo, como marcador incesante de su posición ética y de su libertad.

Y también nos encontramos con El archipiélago Gulag de Aleksandr Solzhenitsyn, autor al que Rémy se refiere en algún momento, en uno de sus diálogos, obra en la que el escritor ruso denuncia la opresión del Estado estalinista, en una trabajo escrito en la clandestinidad, sin poder recurrir a los archivos históricos, a partir de su propia experiencia y de centenares de testimonios orales, para denunciar la existencia de los campos de concentración, de reeducación y de exterminio en la Unión Soviétic, cuya publicación en 1973, le valiera la condenación al exilio, ya que el hombre había tenido la osadía de denunciar las detenciones arbitrarias, las torturas, la iniquidades de los funcionarios para demoler moralmente al detenido y la lucha de los prisioneros por combatir el embrutecimiento, en un contexto penitenciario, en el que estaban privados de todos sus derechos.

Solzhenitsyn no podía ser para el Estado Socialista, otra cosa que un mentiroso suspicaz, al atreverse a poner el dedo en la llaga, al señalar los niveles de inhumanidad a la que se había llegado en el régimen comunista, que conducía a tantos seres humanos a la degradación, a la proscripción, a la humillación, lo que se convertía en una verdadera catástrofe social, que, sin lugar a dudas, había que denunciar, como parte de una postura ética para con aquellos que, aún vivos, seguían padeciendo los oprobios que, a otros muchos, habían conducido a la muerte.

En ese libro no podía anotarse que todo parecido con la realidad fuera mera coincidencia; había que hablar sin eufemismos, ya que ni los personajes ni los eventos que allí se narraban eran ficticios, a cada víctima podía llamársela por su nombre pues todo lo que se contaba allí había tenido lugar y tal cual se describía allí; aunque, tal vez, no pudiera contarse absolutamente todo, por las limitaciones, propias del escritor, para dar cuenta de una realidad tan vasta.

Y ahí estaba también el diario de Samuel Pepys, quien fuera el primer investigador que aplicara un método cuidadoso al estudio de los negocios del gobierno, en el que el escritor registraba las intrigas cortesanas y los pormenores de la guerra, a la vez que abundaba en coloreados y detallados retratos de lo que era la vida cotidiana y doméstica en el período histórico que le había tocado vivir, que es, si no vamos muy lejos, lo que nos refiere Arcand, al brindarnos la posibilidad de pasar unos días al lado de Rémy y su gente.

Pepys lo que haría en su diario sería denunciar los vicios de su época, a través de un autoexamen de conciencia – como el que hacen nuestros personajes - y una crítica descarnada a los politiqueros, un asunto que parecía impensable para su tiempo, en la segunda mitad del siglo XVII, al no tratarse de un diario convencional, sino uno que se convertiría en una fuente fecunda para los historiadores, dada su fidelidad y exactitud, sus meticulosas descripciones, graficadas con todo lujo de detalles.

Era un texto que, a Rémy, debía interesarle como historiador pero también es un discurso que cuenta con una gran calidad literaria, sin la rimbombancia de los autores de su tiempo, sino escrito con un estilo más bien telegráfico, descarnado y puntual, pero con una redacción hermosa, para nada descuidada, que daba cuenta de un individuo inmerso en un macrocontexto histórico.

Tal vez para despedirnos de este buen amigo que nos ha presentado Arcand, valdría la pena entonar la canción final de de L’amitie, cuyo texto traduzco al español.

Muchos de mis amigos han venido de las nubes,
con el sol y la lluvia; como simples equipajes
han hecho una estación de amistades sinceras
más bellas que las cuatro que se dan en la tierra.

Tienen la dulzura de los más bellos paisajes
y la fidelidad del pájaro que pasa;
en sus corazones gravita una infinita ternura
pero, a veces, en su ojos, se desliza la tristeza

Entonces, me traen su calor
Y tú, también vendrás;
podrás repartir, al fin, el fondo de las nubes
Y, de nuevo, sonreír a las otras caras.
derramar alrededor de ti, un poco de tu ternura
cuando otro quiera ocultarte su tristeza.

Como no se sabe lo que la vida nos da
puede ser que a mi vuelta, yo no sea más persona.
Si me queda un amigo que, en verdad, me comprenda
olvidaré a la vez mis lágrimas y mis penas.

Entonces, puede ser que yo venga a ti
a calentar mi corazón en tu leña.



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