viernes, 21 de mayo de 2010

Cine que ayuda a vivir

Martha Ligia Parra (Desde Colombia. Colaboración especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hay muchas historias y personajes que el cine colombiano de ficción no ha sabido abordar por desinterés o miedo.

Se cree que grandes temas dan como resultado grandes películas. Es como pensar que el tamaño de los presupuestos hace automáticamente mejores producciones. Cuando en realidad, mientras mayor es el presupuesto menor es la libertad creativa. Tener estrellas, la gran historia o el tema impactante, no es sinónimo de mejor cine.

Si así fuera, no habrían tenido cabida en la pantalla los personajes anónimos del cine independiente, ni los diferentes movimientos de renovación, como el Neorrealismo, la Nueva Ola, el Dogma y el nuevo cine argentino y coreano.

La pequeña anécdota, la tragedia íntima, el héroe de la vida cotidiana que intenta sobrevivir, ha sido el centro de grandes obras maestras que van desde Chaplin y su personaje del Vagabundo hasta los hombres del común de De Sica, Rossellini, Fellini y Kiarostami, los desempleados del británico Ken Loach y, en general, todos los invisibles que el cine hace visibles, a través de la sensibilidad, de por ejemplo, los Dardenne en Bélgica, los Kaurismaki en Finlandia o de un director como Kusturica; empeñado en dar a los gitanos la dignidad que se les niega. Es la persistencia de miradas como éstas, lo que ha hecho del cine algo más que un producto solo apto para el entretenimiento.

Hoy, cuando hay más películas y menos cine, más ruido y menos ideas, más efectos especiales y menos historias, más robots y menos personajes, valdría tanto para el cine en general como el para el colombiano en particular, tener la capacidad de transformar la realidad de cada día en hechos cinematográficos. Potenciar las posibilidades dramáticas y narrativas de tantas historias. El resultado será probablemente un cine vital, auténtico, enriquecedor, que nos permita entendernos, pensarnos en relación con los demás y con el mundo que nos rodea.

Podría decirse que, en términos generales, entre más pequeño es el director más grande es el tema que elige y viceversa. Pero, incluso, también faltaría decir que en el cine no existen realmente los temas grandes o pequeños, que grandes o pequeños son más bien los realizadores. Un buen cineasta hará que el tema elegido sea tan grande como quiera y pueda. Y sabrá darle vuelo a su historia en términos artísticos y de perdurabilidad. Hoy, el cine más visto se auto-alimenta con historias gastadas que se agotan muy pronto. Hoy, desafortunadamente, el llamado séptimo arte se ha convertido en producto costosísimo y, cada vez, más perecedero. Entonces, su viabilidad está dada solo en términos de rentabilidad económica inmediata.

El gran director senegalés, desaparecido el año pasado, Ousmane Sembene, y quien realizara la primera película del continente africano, concebía el cine como político, polémico y popular. Él afirmaba: Todo un pueblo vive en mi interior y siento que debo dejar un testimonio de la época en la que vivo. Muchos de esos pequeños mundos interiores, en tantos países, son aún territorios desconocidos para la pantalla grande. Hay muchas historias y personajes que el cine colombiano de ficción no ha sabido o no ha querido abordar por incapacidad, por desinterés o por miedo. Y nuestra realidad desborda con creces la ficción.

El director bogotano Rubén Mendoza pertenece a la nueva generación de directores colombianos. Tiene un talento y una potencia visual que hace mucho no se veía en nuestro cine. Se interesa por los olvidados de los olvidados, los que viven en la calle, los invisibles de nuestra sociedad. Piensa que los cines y autores emergentes no deben ser medidos con la vara de la viabilidad y la rentabilidad. Asegura que las películas de fácil digestión y grandes nombres, las viables ya las hacen los gringos. Y, precisamente, ese cine calificado de "no viable" es el único viable en términos artísticos, sociales y éticos, el que puede ayudarnos a vivir y a existir.

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