miércoles, 12 de mayo de 2010

Creer en algo que no existe

Víctor Ramírez (Desde Canarias. Colaboración especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El viejo Armiche recordaría unas palabras que me oyó pronunciar en un programa de Onda Isleña al que se me había invitado para hablar un poquito sobre Juan Rulfo -el pasado día 12 al mediodía concretamente. Antes de mi participación, conmigo delante, tuvo que intervenir un joven economista canario: explicando él con bastante nitidez didáctica los tremendos problemas que se ciernen sobre nuestra colonizada Patria (a él mismo, nada sospechoso de nacionalista, se le escapó una vez lo de "metrópoli" refiriéndose al gobierno central) en las relaciones económicas -y por ende políticas- con la Unión Europea.
No sé cuántos muchos miles de millones anuales está penada ¿nuestra? economía nada más que con los costes de transporte hacia aquí de lo que consumimos y utilizamos -eso fue lo que al menos dijo el joven economista, llamado José y cuyo apellido no recuerdo. Yo asistía silencioso y muy atento oyéndole tanta denuncia sobre lo mal que se había negociado y se seguía negociando, allá en Bruselas, esos asuntos económicos que tan directamente nos conciernen.
De imprevisto el señor responsable del programa me dio opción a que -como escritor, como intelectual- opinara sobre cuanto opinaba el otro invitado radiofónico. Y dije que el amigo José -el joven y bastante diligente economista canario que tanto parece saber de estos espinosos temas- creía, como tantos compatriotas nuestros, en algo que no existe, en algo que nunca ha existido y que tampoco podrá existir: el respeto del poder metropolitano español hacia los canarios.

“Jamás se ha tenido desde España la mínima consideración con nuestra indefensa Patria; y no se va a tener porque simplemente los poderes españoles están incapacitados para tenerla. Si queremos en verdad negociar o arreglarnos con Europa desde una mínima dignidad colectiva, tendrá que ser por nuestra cuenta, tendrá que ser incluso contra los intereses españoles", aproveché para decir.
El joven economista canario, incomodado, dijo que respetaba mis opiniones aunque no las compartiera, pero que no quería entrar en este tipo de debates -y además tenía él prisa porque ya se le había pasado la hora de una cita. Yo le respondí que no se preocupara por si respetaba o no mis opiniones. Incluso ya casi prefiero que se me diga que no me las respetan. Así, al menos, no tienen por qué mentir innecesariamente.
Y casi lo prefiero -el que no se me respeten las opiniones por los colonialistas más o menos confesos- porque la realidad se encarga implacable de seguir poniendo a la evidencia la permanente maldad colonial española para con nosotros. La seguirá poniendo por mucho que a esa realidad se la embadurne de mentiras piadosas y se la disfrace de falsedades embaucadoras con todas las radios, prensas, televisiones e instituciones docentes de que disponga el casi omnímodo poder español acá.

Tras yo recordar esto, el viejo Armiche puso como patentísimo ejemplo (mucho más grave que esta ristra imparable de desprecios y oprobios que todos los días aparece diáfana en esas relaciones con Europa a través del gobierno borbónico) lo de la negativa de éste a firmar el Tratado de Pelindaba, en Egipto, el 11 de abril del año pasado -Tratado en que, más o menos, se declara al continente africano como zona libre de armas nucleares.
Si las noticias no me engañan, los de Coalición Canaria -pienso, amigos, que con la boca chica de los traidores que venden a su Patria por un envenenado plato de dinero y poder- querían que el gobierno metropolitano español firmara ese Tratado tan trascendente. Como se suele -añadió el viejo Armiche, sonriendo de amargura-, la portavocería española dice que su negativa a firmar responde a factores políticos (¡cómo si no fueran factores políticos los sustentadores de ese Tratado! -interrumpió El Cobra) y no a un desacuerdo de fondo con la desnuclearización de África (¿qué entenderá esa pérfida gente tan cínica por "desacuerdo o acuerdo de fondo"? -interrumpiría de nuevo).

Escrito con letras mayúsculas leí en el periódico que "España no firmará el Tratado de Pelindaba para no vincular a Canarias con África. Asuntos Exteriores considera que suscribirlo sería como aceptar una Africanidad Política de las Islas". Por mucho que lo hayan pretendido y lo continúen pretendiendo, por mucho que sigan mintiendo y embaucando, estamos irreversiblemente ligados a África porque simplemente somos africanos -blancos o mestizos, hablando éste o el otro idioma, con mayor o menor aculturación intoxicadora... pero africanos, por geografía y por génesis y por irreductible destino colectivo -mucho más próximos y ligados a Marruecos, Argelia, Senegal... que Sudáfrica y otros estados africanos (“El mismito Nicolás Estévanez, nacido en Las Palmas de Gran Canaria y criado desde chiquitito cerca de La Laguna hasta los catorce años -cuando fue a España para ser militar- se autoproclamaba africano porque nació aquí y pese a vivir más de sesenta años fuera; la propia escritora gallega Emilia Pardo Bazán llamaba “africanito” al mero Galdós, quien también vivió casi sesenta años fuera de su país nativo” -interrumpió el joven Akli).
Que políticamente hoy seamos españoles, como los gibraltareños políticamente son hoy británicos, no obsta para que la realidad sea que formamos parte del continente africano como lo es que Gibraltar forme parte de la Península Ibérica -¿o se va a negar esto también? Y de igual manera que Gibraltar puede y acaso deba ser española más pronto que tarde, Canarias también será independiente porque nuestras fronteras son el océano y la pertenencia geográfica es al continente africano -diferente al europeo de España.
Y nuestra europeidad podrá ser también política e incluso cultural porque así nos lo propongamos y aunque sigamos siendo geográfica y fraternalmente, solidariamente, africanos. Seguiremos hablando de esto, muchachos, que ahí aparece mi nieta a buscarme.

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