viernes, 21 de mayo de 2010

El laberinto del trabajador

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En el mundo capitalista el trabajador ha sido reducido a una parcela, a una casilla, a un núcleo invisible donde él se encuentra sólo, desarmado; ha sido despojado hasta de su conciencia para asumir el camino (y el derecho) de rebelión. “No he nacido para ser una máquina de escribir ni una calculadora…Le agradezco que tenga la energía necesaria para despedirme y le ruego que piense de mí lo que le plazca…En sus oficinas, de las que tanto bombo se hace, en las que tantos quisieran trabajar, no se habla nunca de cómo evoluciona un hombre joven. Me importa un rábano gozar de la ventaja que supone un sueldo mensual fijo. Sería una forma de decaer, de embrutecerme, de acobardarme, de anquilosarme. Le sorprenderá oírme usar expresiones semejantes, pero tendrá que admitir que estoy diciendo la verdad pura y simple”. Tal verdad, dicha con la humildad de que quien ha decidido jugarse la sobrevivencia para obtener la vida o la nada, forma parte de uno de los diálogos de la novela Los hermanos Tanner (1907) de Robert Walser (Suiza, 1878-1956). Y, por muy paradójico que resulte (sobre todo si creemos que el capitalismo ofrece avances laborales), tal verdad sería muy difícil que un trabajador de los comienzos del siglo XXI se atreviera a decírsela a su jefe.

El trabajador real de hoy es un ser mucho más (progresivamente) pasivo que el trabajador ficticio de Walser. No obstante, más allá de la propuesta de ficción literaria (pues la política y la economía nos imponen ficciones), cierto es que a partir de la década del 80 del siglo XX se aceleró el proceso de desmontaje de la conciencia crítica del trabajador. Observando el panorama mundial, incluso, con mayor fuerza, hoy, en los llamados países del primer mundo, pareciera que vamos camino a entregar, en paz, los logros que en otros momentos históricos costaron sangre. El colectivo ha sido desmembrado; el individuo ha sido paralizado, en mente y acción. El letargo generalizado es tal que no se perciben muchas señales de vida.

El capitalismo, en su carrera veloz hacia el desastre (recuerden que al monstruo en algún momento le estallará el estómago), impuso la pregunta y la respuesta de la sobrevivencia: entre la dignidad y la familia siempre vence el miedo. Y todo parece indicar que muchos, por miedo, están dispuestos a formar parte del ejército idiotizado (y masivo) de las grandes corporaciones a cambio de captar un poco de vida (la vida que no era vida). Cualquier nuevo intento que se pretenda impulsar para liberar al trabajador del siglo XXI, deberá estudiar (a fondo) la estructura de la tragedia invisible que hoy padecemos. El individuo ya no deposita su fe ni en la religión ni en la política; ahora, por sobrevivencia, la única fe permitida es la de la economía (el fundamentalismo económico). Y ante esa ley difícil será que un trabajador se atreva a levantar la voz contra el laberinto donde le han encerrado su existencia. Habrá que contar con los trabajadores que, ante la miserable pregunta, puedan responder que defienden por igual la dignidad, la familia y el mundo.

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