viernes, 21 de mayo de 2010

Isla interior e insurrecta

Octavio Borges (Desde Cuba, Servicio Especial de la AIN, para ARGENPRESS CULTURAL)

Kamyl Bullaudy sorprende constantemente con su búsqueda artística en torno a la imagen y trascendencia de José Martí.

La Isla insurrecta, su más reciente exposición, abierta desde este miércoles 19 en homenaje al aniversario 115 de la caída en combate de El Maestro, en el Memorial José Martí, asciende en la aprehensión del universo martiano desde su médula conceptual.
Más que un viaje a la inatrapable belleza, a la contundencia de la imagen formal, Kamyl ahonda en las esencias, en el espacio interior de cada observador para incitarlo a construir su personal universo martiano y creativamente aportar otra arista al común legado.
Apela a lo elemental, a esos materiales desechados, que el uso y el tiempo marcan pero no pueden destruir, y con ellos sugiere una metáfora de múltiples lecturas, que cada quien puede completar según el sedimento individual de conocimientos y sensibilidad.
Primero fueron la pintura y los textiles para brindarnos unas imágenes de Martí como si salieran de un sencillo trazo, luego inspirado en la propia vida del Héroe, pasó a la fase de plasmar su legado en estructuras metálicas.
Tal propuesta nos hace recordar cuando Doña Leonor le entregó a su hijo un anillo hecho con un eslabón del grillete que le laceraba el tobillo mientras sufría el presidio político en las canteras de San Lázaro, apenas en el umbral de la adolescencia.
Entonces el joven exclamó “a partir de ahora tengo que hacer obras férreas por la independencia de Cuba”, afirmación que tomó el artista al pie de la letra para legarnos piezas sorprendentes por la fortaleza conceptual y formal, así como una etérea apariencia en simbiosis total con el ideal martiano.
Chatarra, trozos de metal desechado, arandelas, tuercas y tornillos oxidados, materias primarias y casi eternas, fueron tomadas y modeladas por las manos y el pensamiento de este creador, para con la magia de un consumado artífice o diestro tejedor, ofrecernos sugerentes imágenes.
Ahora recurre a la lámina de acero sometida a proceso de oxidación, para hacerla brotar machetes mambises, que se negaron a tiritar bajo el polvo del tiempo y el olvido y mantienen sin mella un filo apto para el trabajo cotidiano o para tornarse en formidable arma de combate, si fuera necesario.
Con ellos conforma una isla de Cuba de 11 metros de extensión, espartana y austera, y una bandera, máximo imaginario de la identidad de una nación consolidada a golpe de machete mambí desde la manigua redentora.
Completa la muestra una gran tela con un Martí mestizo, símbolo de la unidad y hermandad de los cubanos, fruto de la herencia de diversas corrientes humanas fundidas en el crisol del Caribe, en un tránsito histórico singular que creó un pueblo insular con mentalidad de abiertos horizontes y vocación de mundos.
Hallazgo formal y conceptual se funden en estas obras, en momentos en los cuales la nación cubana apela a sus más sólidas bases, cuando el imperio y la Unión Europea se confabulan en una guerra mediática, que no por virtual resulta menos malvada.
Si en más de medio siglo, por la fuerza bruta o acciones encubiertas nada pudieron, siguen ahora en el resbaladizo campo de las mentiras y medias verdades, con la pretensión de doblegar a una isla eternamente insurrecta.
Como buen martiano, Kamyl Bullaudy volvió a acertar en el blanco e incita con su exposición a retornar siempre a José Martí para vestir de realidad esta isla soñada y forjada por hombres y mujeres con estirpe de ley.
Nos lo acerca aún más con esta muestra, matizada con la madurez, inteligencia y pertinencia de un artista.

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