miércoles, 12 de mayo de 2010

La contemplación: identidad y dualidad

Javier Farto Graña (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La identidad es uno de los grandes temas clásicos de la literatura, esos que siempre son (re)explorados. Muchos de los grandes autores han trabajado con este tema y nos han proporcionado enfoques nuevos. El problema de la identidad es recurrente en la obra de Edgar Borges. Aparecía claramente en su obra ¿Quién mató a mi madre? así como en ¿Quién mató al doble de Edgar Allan Poe? En La contemplación hay un salto: más allá del argumento aparente se plantea una lucha de contrarios y, de vez en cuando, se nos inmiscuye la pregunta de si esos contrarios lo serán verdaderamente.

Ya Aristóteles abordó el problema de la identidad. La entidad es aquello que es siempre sujeto, nunca predicado. A la entidad se le puede adjudicar como predicado, bien una sustancia segunda, bien un accidente, algo que sea accesorio hasta cierto punto. Así, Don Quijote (entidad o sustancia) es un hombre (sustancia segunda) flaco (accidente). Al final de lo que trata la identidad es de la determinación de la esencia, de aquello que está más próximo al ser. Por eso hay la separación entre hombre, sustancia segunda, y flaco, mero accidente y más alejado de la esencia (aunque quizá, dado el humor cervantino, dudemos sobre si esa extrema delgadez es algo esencial en Don Quijote). Cuando decimos de dos objetos que son iguales, estamos buscando esa esencia común a ambos.

San Agustín, en gran medida, se enfrentó a la lucha de contrarios en el problema del mal. En su época, luchó contra el maniqueísmo, contra la creencia de dos principios opuestos e irreductibles: el bien (La Luz) y el Mal (Las Tinieblas). El cuerpo y la materia forman parte del mal, del demonio. El hombre no tiene ninguna responsabilidad por ello. En el maniqueísmo, al no ser el mal cosa del hombre, este está eximido. Como mucho aspirará a separar Luz y Tinieblas, regresar a un idealista estado original. Pero el obispo de Hipona nos dice que el hombre sí tiene responsabilidad, ya que (y he aquí su concepto básico) es libre para decidir. Y, a diferencia de lo que creían los griegos, la libertad no es algo del raciocinio, sino de la voluntad. De este forma, se puede conocer perfectamente cual es el bien y, sin embargo, hacer el mal.

En La contemplación, aparecen muchos de estos dualismos aparentes: hombre vs. mujer, Lennon vs. McCartney, individuo vs. masa, nacional vs. extranjero, acción vs. Contemplación. En el argumento primero aparecen hombres, mujeres y transexuales. La protagonista principal, con sus problemas de pareja, introduce primeramente un conflicto hombre-mujer, pero esto se extiende a un conflicto masculino-femenino en su propia persona. La música no deja de aparecer, tanto la pareja de la protagonista como uno de sus alumnos aventajados, usan la música como un instrumento de tortura para dicha protagonista, escritora y crítica.

En la novela hay una lucha entre el individuo y la masa. La masa es vista en un sentido orteguiano: es vulgar y se siente orgullosa de serlo, denostando la diferencia. Absorbe y anula al individuo, trata de volverlo como ella, lograr la homogeneidad completa, lo que en cierto sentido desemboca irremediablemente en su deshumanización. La masa no tolera a los seres diferentes, por eso en la novela, esta masa no quiere extranjeros, no quiere transexuales. No quiere lo diferente que es absorbido o eliminado (de ahí los asesinatos descritos en ella).

La masa no quiere la contemplación. La masa está lanzada en una carrera hacia ninguna parte. Se opone a la contemplación, al detenimiento, a saborear detenidamente lo que nuestros sentidos nos ofrecen, En su lugar ofrece una prisa, un recorrerlo todo de forma rápida y repetitiva, cansina. Subyace el conflicto arte (contemplación) vs. acción que tan bien manifestara Thomas Mann en La muerte en venecia o La montaña mágica. En la novela percibo que se presenta el sólo contemplar como una sublevación, más que incluso como disfrute estético. Lo cierto es que en Las puertas de la percepción o Cielo e infierno, Aldous Huxley presentaba ciertas intuiciones biológicas: sin algunos de nuestros filtros químicos veríamos cada objeto como único e independiente, como un objeto maravilloso. Esos filtros químicos nos capacitan para la vida corriente, para la vida no artística. Huxley habla de su experiencia con la mescalina, que puede anular dicho filtrado. El hombre se convierte así en un ser destinado al arte e incapacitado para la vida corriente (Huxley introduce la sospecha de que algunos artistas tenían deficiencias naturales en dicho filtrado, lo que posibilitaba ciertas visiones suyas). La novela de Edgar Borges me sugiere que esa incapacidad no es bien vista por la masa. Ya no entramos en la acción de contemplar como objeto artístico, sino simplemente como un elemento que, obligando al detenimiento, es contrario a la prisa que la masa reivindica. La prisa que evita el extrañamiento, noción que los formalistas rusos consideraban fundamental para que el objeto se convirtiese en arte.

Edgar Borges es un autor que parece nos arrastra a recorrer el camino hacia lo simbólico. En las obras suyas que he citado hay siempre un argumento aparente. En él hay un crimen, varios sospechosos, así como escasez de referencias espaciales y temporales. El espacio y el tiempo son introducidos con morosa frecuencia. El resultado, como en Kafka, es una sensación de desasosiego, de unos personajes que parecen vivir y actuar en escenarios casi vacíos, tal que flotasen. El nudo gordiano de las obras suele estar, no en la acción, ni en la resolución del misterio, ni mucho menos en la descripción de tipos humanos; el nudo suele referirse a nuevos problemas a los que la investigación del crimen inicial nos remite, problemas en los que la masa, manipulada, suele detentar un rol crucial.

Anoto lo que creo un avance en este trabajo de Edgar Borges. En sus obras anteriores, sobre todo al comparar con ésta, creo haber percibido que, cuando el libro va avanzando, el argumento aparente va perdiendo algo de protagonismo en favor de sus sugerencias simbólicas, que nos remiten a otros mundos. En La contemplación el argumento aparente, el que se ve a primera vista es más rico y complejo. Hay más personajes, la introducción de elementos espaciales y temporales, siendo morosa, lo es menos que en obras anteriores, lo que contribuye a darle más densidad. En esta obra el número de espacios es mayor (se pierde ese espacio reducido, casi teatral, que maneja este autor) pero este aumento de espacios, en los que las referencias siguen siendo escasas nos llevan a un cierto vértigo, bien acompañado por algunos diálogos que contribuyen a esa impresión de infinitud, de vastedad.

Creo, en definitiva, que ello contribuye a que el elemento dominante del desasosiego, se quede aquí, en mayor medida que en otras obras, en la narración del primer plano, en el argumento aparente. Es cierto que contribuye a que el libro sea “más difícil de interpretar”, debido a los movimientos entre los diversos espacios. Se ha tachado como libro “difícil” pero, siguiendo a Susan Sontag, la interpretación es, en ocasiones, más una traba que una ventaja. Habrá muchos lectores que creeran haber aprehendido una; otros, percibirán el texto de una forma más inconexa. Pero ¿acaso esto impide percibir el peligro de la masa, la indefensión de los no-homogéneos, el conflicto de la sexualidad y de la dualidad? La recreación de todo esto es mucho más importante que la persecución obsesiva de esa abstracción que denominamos contenido (visto aquí como la obtención de un “resumen”, un “argumento”).

Como se dijo de Faulkner “En ocasiones no sabes muy bien qué está pasando, sólo que está pasando algo terrible”.

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