viernes, 7 de mayo de 2010

Los maestros del cine

Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Pittsburgh, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace unos días estaba viendo, angustiado y exaltado, “Gritos y susurros”, de Ingmar Bergman, una película de 1972 protagonizada, entre otros, por quien fuera su esposa, la dulce Liv Ullman. El maestro Bergman sí que llegaba a límites intensos y en esta obra, que es la historia de tres hermanas y el ama de llaves que las acompaña todo el tiempo, sabe registrar el dolor, la tragedia, la muerte. Y aún así, Bergman rescata un final feliz después de tanto sufrimiento. Como sabemos, Bergman, antes de dedicarse al cine, fue director de teatro y es por ello que se advierte la influencia de un arte en el otro, permanentemente, en sus filmes. Obras suyas como “El silencio” son llamados de conciencia desde lo más profundo del ser. “Un verano con Mónica” parece inaugurar una de las constantes del cineasta, como ese erotismo libre y perturbador y, otra vez, la presencia seria y sufriente de la mujer, o a veces distendida y en plan de no tomarse las cosas tan en serio, como ocurre en “Secretos de mujeres”. Hablar de “El séptimo sello” es recordar a ese guerrero que vuelve de las Cruzadas y juega al ajedrez con la Muerte, en uno de los momentos cumbres de la historia del cine. Bergman siempre será difícil y siempre nos llevará al borde y la expresión de urgentes crisis.

Como siguiendo sus pasos, Rainer Werner Fassbinder, el gran y prolífico cineasta alemán que no llegó a los 40 años, trató en su filmografía también los temas del desencanto y la miseria. Ver una obra como “La angustia corroe el alma”, nos anuncia, ya desde su título, cuán perturbador podía ser Fassbinder. En “Las amargas lágrimas de Petra Von Kant” el diseño teatral y claustrofóbico permite confesar sus penas a una madura actriz. En “Lili Marlene”, con quien fuera su musa, Hannah Schygulla, Fassbinder practica un cine espectáculo y de enorme potencia sobre los años oscuros del nazismo y sobre aquella canción símbolo durante la guerra. En “El matrimonio de María Braun”, Fassbinder opta por una vena más erótica aunque no olvida la crítica social.


Maestros como Bergman y Fassbinder, que hoy ya no están más en este mundo, demuestran la capacidad del cine en cuanto arte para representar y registrar actitudes, sentimientos, fugaces alegrías, estados de tristeza y desasosiego.

En esta línea, el italiano Michelangelo Antonioni, conocido por sus largas y enigmáticas secuencias, esos “tiempos muertos” de la narración, es también un autor preocupado por la soledad. En “La aventura” nos ofrece una historia que no ata cabos y que sugiere permanentemente. En “Blow Up” el esplendor de los 60 en Londres se vive a través de la existencia de un fotógrafo de modelos y de lo que este, curiosamente, encuentra al revelar una de sus tomas. En “El pasajero” nuevamente los temas de la angustia existencial, la identidad equivocada y un constante misterio sostienen una trama que acude ya a un “no poder más” con este mundo. “Desierto rojo” y “Zabriskie Point” son muestras de un Antonioni que se adelanta a su tiempo. En la primera, famosa por su experimentación con el color y sus granulaciones, el director italiano cuestiona la salvaje industrialización del mundo occidental. En la segunda, con música de Pink Floyd, acude al desenfreno erótico y sexual y al espíritu aventurero de unos jóvenes que piensan van a vivir permanentemente en ese estado.


Maestros del cine son unos cuantos. Yazujiro Ozu y su bellísima y triste “Tokio Story”, por ejemplo. Akira Kurosawa, quien desde “Rashomon” inició una carrera personalísima en el cine, destacada por títulos como “Los siete samuráis”, “Dodeskaden”, “Dersu Uzala” o “Ran”.

Quienes amamos el cine, con pasión y convicción, sabemos que siempre tenemos que retornar a las fuentes, a los maestros que no sólo surten una “fábrica de ilusiones” (Hollywood) sino que son capaces de definir un arte sensible, que conmueva. Jean Renoir, Jean Vigo, René Clair y Marcel Carné, de los primeros años del cine francés, pertenecen a este grupo de artistas.

Más adelante en el tiempo, los grandes de la “Nueva Ola”, esos maestros llamados Godard, Truffaut, Chabrol, Vardá, Rivette, Rohmer, nos entregarán nuevas formas de vislumbrar nuevos tiempos. De la inolvidable “Sin aliento” al poderoso romance de “Las dos inglesas y el continente”, Godard y Truffaut demuestran y evocan su poder de sugestión y narración.


Los nombres son muchos. En los albores del cine, David Warth Griffith nos dejó dos testamentos indiscutibles: “El nacimiento de una nación” e “Intolerancia”. Y a pesar de la perfección asombrosa de estos frescos, nosotros preferimos su casi angelical y triste “Pimpollos rotos”, con Lilian Gish. Como Griffith, Serguei M. Einseinstein tenía un conocimiento técnico y teórico del cine muy vasto. Su teoría del montaje es aún hoy objeto de discusión y estudio. Si no bastan “Alexander Nevski” e “Iván el Terrible” habría que señalar tan sólo la escena de las escaleras de Odessa, en “El acorazado Potemkin”, homenajeada muchos años después por Brian de Palma, un sesudo seguidor y admirador de Hitchcock, en su filme “Los intocables”.

En el “nuevo cine alemán” que germinó en los 70s debemos añadir al nombre de Fassbinder las apuestas controversiales de Werner Herzog y Wim Wenders. Herzog es un cineasta asediado, que busca lo imposible, como los personajes de sus historias, los de “Aguirre, la ira de Dios” y “Fitzcarraldo”. Wenders es un artista de la ensoñación, preocupado ansiosamente por las emociones y las reacciones. En su obra maestra, “París, Texas” nos ofrece uno de los finales más cautivantes del cine contemporáneo.

Bien podemos mencionar a todos los europeos que recalaron en Hollywood en la posguerra y que eran verdaderos genios, William Wyler, Fred Zinnemann, Billy Wilder, Fritz Lang o incluso antes de ellos Ernst Lubitsch, conocido por el mágico toque de encanto que le daba a sus comedias. El cine norteamericano, ahora a la luz del Hollywood tecnologizado, globalizado y ya pronto saturado por el 3D, tuvo su época de oro, su star system y sus propios realizadores: Minelli, Ford, Hawks, Walsh, Fuller, Cukor, Hathaway… hasta llegar a la violencia hiperbólica de Sam Peckinpah, a los psicodramas urbanos de Woody Allen o las obras independientes del gran John Cassavetes.

El tiempo y el espacio se hacen escasos y sólo nos queda referirnos a los maestros del neorrealismo italiano: Rossellini, Visconti, de Sica, que de veras “reinventaron” el cine. Y junto a ellos, Fellini, Lattuada, Bertolucci, Passolini. La función nunca termina. Exige pasión y compromiso, y una deuda con todos estos grandes -Orson Welles, por supuesto- que le dieron al cine su marca de identidad y aseguraron su permanencia. No faltará oportunidad, estamos seguros, para hablar de los aportes de cine latinoamericano, que hoy, nuevamente, está hallando una ruta, y de las cinematografías del Medio Oriente y de Asia. El cine, por último, global, clásico y de excelencia. Aquel que merece verse, una y otra vez, con auténtica delectación.

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