viernes, 21 de mayo de 2010

Onetti: Escritor rioplatense

Alejandro Michelena (Desde Uruguay. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El centenario del escritor Juan Carlos Onetti ha generado ya, promediado el 2009, incontables ríos de tinta. Colegas y críticos vienen abordando en estos meses su figura y su obra incesantemente, desde todas las perspectivas posibles. A la luz de esto, y procurando entonces no llover sobre mojado, intentaremos acercarnos al gran narrador desde un ángulo distinto.

Nos interesa recalcar su condición de escritor rioplatense... No faltará el lector que nos salga al paso afirmando que nuestra pretensión tiene mucho de perogrullesco, pero le pedimos un poco de paciencia y que siga con atención el planteo de esta hipótesis.

Es bien conocido que el lugar de nacimiento de Onetti fue la ciudad de Montevideo, y que por lo tanto a todos los efectos documentales es uruguayo. Y que siempre reafirmó –en entrevistas a través de los años- esa condición. Por otra parte, también es cierto que vivió muchísimos años en Buenos Aires, donde iba a escribir y a publicar novelas fundamentales, mojones de su obra, como Tierra de nadie, Para esta noche y La vida breve (que ubican su acción en la gran urbe platense). Además escribió y publicó en la Argentina una nouvelle como Los adioses, y muchos de sus cuentos más significativos. Pasados los años, a partir del año 1974 se exiliaría en Madrid, hostigado por la dictadura uruguaya, y aunque retornó el país a la vida democrática diez años más tarde, el escritor nunca quiso volver y residió en España hasta su muerte.

Pero más allá de las peripecias vitales, vamos a considerar ahora qué rasgos nos permiten calificarlo como escritor rioplatense y no meramente uruguayo. Veamos sus temas, por ejemplo: Los adioses transcurren en un lugar de serranías del interior argentino, en Córdoba. Sus notables y decisivas novelas ya nombradas: en medio del entramado urbano de Buenos Aires. Y en La vida breve el personaje, Brausen, imagina una ciudad, Santa María. Esta localidad de provincia, ribereña de un gran río, está inspirada por las que en la realidad bordean efectivamente el río Paraná. Pero más todavía: el propio escritor aclaró en un reportaje que el modelo para Santa María se lo dio la ciudad de Paraná, en la provincia de Entre Ríos. Toda la saga de Santa María, que abarca novelas imprescindibles como Juntacadáveres y El Astillero, y unos cuantos relatos antológicos, tienen el marco –el clima, el aire, el color peculiar- de los parajes ribereños del Paraná. Por cierto: su primera novela –la mítica El Pozo- transcurre en Montevideo, y también una de las últimas: Dejemos hablar al viento. De alguna forma su obra arranca y en cierto modo se cierra en su ciudad de origen, que sin embargo no ocupó en absoluto un rol relevante en su vasta obra narrativa.

Naturalmente: un narrador de la dimensión de Onetti no se puede calibrar desde la ubicación geográfica de sus ficciones. Por eso, y profundizando un poco más, reparemos en algunos de sus referentes y en sus inquietudes literarias. Como buen uruguayo de clase media de su tiempo comenzó a escribir teniendo un sedimento educativo universalista, pero fiel a su camino personal –no intelectualizado, y lejos de lo académico- Onetti creó su propio canon de lecturas. A William Faulkner lo ubicó en el primer lugar en sus preferencias porque fue quien le inspiró –con su saga novelística de Yoknapatawpha- la creación de su propio mundo creativo en torno a Santa María. Y el norteamericano marcaría también los rasgos, barrocos, de su estilo. ¿Pero, qué de sus contemporáneos, los cercanos?

Al todavía joven y casi desconocido Onetti le impactó la lectura de los cuentos de Jorge Luis Borges, a quien siempre tuvo entre sus referentes literarios; tal admiración no fue empañada siquiera por el mal resultado del único encuentro personal que tuvieron, en una confitería de la calle Corrientes, presentados por el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal. Trataba asiduamente en sus años porteños a Ernesto Sábato, y tenían buen diálogo más allá de las diferencias en sus obras, marcadas sin embargo –ambas- filosóficamente por el existencialismo. Y mantenía un vivo interés en los aconteceres literarios de la gran ciudad.

En Montevideo, cuyo ambiente cultural y literario había fustigado con lucidez desde el semanario Marcha en 1939, amparado en el seudónimo Periquito el Aguador, mantuvo en los cuarenta y comienzos de los cincuenta un magisterio lejano sobre un puñado de jóvenes –que luego conformarían, junto a otros, la Generación del 45- alimentado por viajes fugaces. Pero en su ciudad de origen no tenía pares, ni siquiera para la controversia. Y siguió sin tenerlos. Cuando retornó al Uruguay ya bordeando los años sesenta era un escritor consagrado, un maestro para muchos y motivo de rechazo para otros (los más volcados hacia una literatura social o política), pero no participó de polémicas y agitaciones que entendía provincianas, parroquiales, y que no sentía que le incumbieran. Ahí surge justamente el mito onettiano del escritor solitario, algo misógino, escuchando tangos y bebiendo vino, entregado a su obra y al diálogo con jóvenes narradores talentosos pero alejados de las férreas capillas culturales que establecieron los del 45. Con Mario Benedetti por ejemplo –el máximo exponente y paradigma de esa generación- lo único que lo unía en lo profundo era la terminación italiana de sus apellidos (más allá de la cordial relación personal que establecieron luego en Madrid, donde ambos pasaron a residir). Algún lector informado podrá alegar: ¿y su vinculación con Idea Vilariño? Más allá de la grandeza de Idea, la mayor poeta uruguaya de la segunda mitad del siglo pasado sin duda, ese romance –de acuerdo al propio testimonio de la poeta- fue uno más para un hombre como Onetti, amador de muchísimas mujeres.

En definitiva: sin negar su condición de uruguayo, Juan Carlos Onetti estuvo más vinculado en lo cultural a Buenos Aires, y ubicó en escenarios y climas argentinos la parte nuclear de su narrativa. Por eso es que afirmamos que fue un escritor rioplatense; porque lo sustancial de su obra interactúa con el corpus literario de la otra orilla, y no se explica en lo profundo sino vinculada a ese universo cultural.

Lo que planteamos es algo evidente, y sólo podría ofender a algún compatriota del escritor aquejado del síndrome de trasnochado nacionalismo, o a tantos ingenuos aferrados todavía al relato que sobre Onetti realizaron varios exponentes de la Generación del 45 –no por cierto Emir Rodríguez Monegal, ni tampoco Ángel Rama, demasiado lúcidos y universalistas como para eso- mediante el cual se intentó disimular la vinculación profunda del gran narrador y su obra con Buenos Aires y con la Argentina, y se procuró constreñirlo -a fórceps sofísticos- a las estrechas fronteras nacionales.

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