viernes, 7 de mayo de 2010

Pateando por la calle

Beatriz Paganini

Patricia frenó bruscamente.
Gritos y llantos, mezclados, aumentaban la confusión
_ ¿Que vas a hacer?- pregunté.
_¡Estoy buscando donde estacionar mamá- me dijo nerviosa-pero no puedo parar en doble fila!
Tadeo, desde su asiento trasero gritó:
_¡ Lo pisaron!
_¡No! ¡No lo pisaron! Todavía no!- contestó llorando Anais.
_ Sí, lo pisaron y es por tu culpa!- le retrucó .
Mientras lloraban los dos, el auto quedó detenido a tres metros de distancia del caído.
Miré hacia atrás. Justo una moto pasó rozándolo.
_¡Hay, hay, casi!- gritó llorando Anais.
_Basta! Yo bajo sola y nadie sale del auto- dije resuelta.
_ ¿Escucharon a la abuela?- preguntó Patricia.
Nadie contestó pero nadie, salvo yo, bajó; con lo cual, quedó en afirmativo que habían escuchado a su mamá.
Abrí la puerta y descendí del auto.
Mi hija había estacionado justo frente a una casa cuyo dueño estaba sentado en la vereda.
Tenía una gorra tricolor, calzaba ojotas y miraba distraído el pasar del tránsito.
Cuando cerré la puerta del auto me miró y saludó:
-Bon jour madame!- haciendo, a la vez, el ademán de sacarse la gorra pero sin sacársela.
-Bonjur, Monsieur- le contesté y caminé por la vereda hasta divisar al caído.
En los barrios de Francia, toda la gente, aunque no se conozca, saluda a toda la gente.
Fue lo primero que observé cuando llegué a Compiègne, el barrio donde habita mi hija con su familia., lo cual no me extrañó porque todavía en algunos barrios de mi país ARGENTINA, suele suceder lo mismo, se diría que aún conservamos costumbres de urbanidad que la pantalla boba extranjerizante no ha llegado a destruir.

En ese momento pasó un auto pero no llegó a rozarlo.

Bajé a la calle.

_ Mamá- me gritó Patricia- no te agachés.
¡Por supuesto que no me iba a agachar!
Llegué hasta él.
Lo tenía ante mi, caído, al rayo del sol.
Parecía intacto.
No lo pensé dos veces: Tomé impulso y lo pateé.
¡Que poca puntería!
Miré si venía algún vehículo por el asfalto.
Divisé un camión a una cuadra y media.
Calculé mis posibilidades y…
¡Lo pateé de nuevo!
¡Otra vez la herré!
Opté por subirme a la vereda ante la inminente llegada del camión.
Pasado el peligro, volví hasta la yacente figura.
Hicieron falta dos pateaduras más y quedó justo tocando el cordón.
De nuevo volví sobre mis pasos, subí a la vereda y, recién, desde allí, me agaché, lo alcé y volví al auto.
Mientras tanto, el hombre de la gorra y las ojotas, me miraba intrigado.
Saludé con un gesto, abrí la puerta y subí al auto.

_ Dámelo mamá – me pide Patricia.
_ ¡No a mi!- piden los tres a la vez.
_ ¡A ninguno de ustedes! En casa veremos en que estado quedó.
_Yo no soy “ninguno de ustedes mamá”- dijo Nahuel que es el mayor y hasta ese momento no había hecho reclamo alguno- tampoco lo tiré ni me peleé.
_ ¡Y yo tampoco!- contestó Patricia.
_ ¡Y yo tampoco!-dije.
Nos miramos y empezamos a reír.
En medio de nuestras risas, se escuchó un llanto.
_ ¡Guillaume tiene hambre!- gritó contenta Anais - es el llanto del hambre!
-¡Entonces está vivo!- festejó jubiloso Tadeo.
-¡¡Bravó, bravó!!- gritaban los tres a coro.
El Tamagotchi de mis nietos se llama Guillaume.

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