viernes, 25 de junio de 2010

Cine: Revolutionary road (2008)

Jesús María Dapena Botero

NACIONALIDAD: Anglo-estadounidense
GÉNERO: Drama
DIRECCIÓN: Sam Mendes
DIRECCIÓN ARTÍSTICA: Kristi Zea, Debra Schut
PRODUCCIÓN: Bobby Cohen, Sam Mendes, Scott Rudin
PROTAGONISTAS:
Leonardo DiCaprio como Frank Wheeler
Kate Winslet como April Wheeler
Kathy Bates como Mrs. Helen Givings
Michael Shannon como John Givings
Kathryn Hahn como Milly Campbell
David Harbour como Shep Campbell
Dylan Baker como Jack Ordway
Richard Easton como Mr. Howard Givings
Zoe Kazan como Maureen Grube
Jay O. Sanders como Bart Pollack
GUIÓN: CharlesLeavitt sobre la novela de Richard Yates
FOTOGRAFÍA: Roger Deakins
MÚSICA Thomas Newman
VESTUARIO: Albert Wolsky
MONTAJE: Tariq Anwar
DISTRIBUCIÓN: Paramount Vantage

Tras Belleza Americana, el británico Sam Mendes vuelve a atacar el american way of life, impulsado por la lectura que Kate Winslet, su esposa, ha hecho de la novela de una novela de Richard Yates, el genial cronista del estilo de vida estadounidense de mediados del siglo XX, a quien se lo ha comparado con John Updike y quien además fuera aclamado por escritores de la talla de Tennesse Williams, ya que su obra, como la del gran dramaturgo, refleja la frustración de hombres y mujeres, de una manera intensa y brillante, para quienes cumplir con sus ideales se constituye en un verdadero imposible, en relatos profundamente conmovedores, en los que un autor con una trágica honradez, semejante a la de April, la protagonista de esta cinta, representada por la misma Kate Winslet, una lectora comprometida, quien hizo todo lo posible para llevar la narración de la literatura al cine y lograr una cinta tan demoledora como el relato literario, que nos llena de piedad y de terror, como sería el ideal de la tragedia para Aristóteles, al hacer una magistral descripción de la soledad en medio de un país próspero.

La historia se ubica en 1955 y nos acerca a la vida de una familia que vive en un suburbio de Connecticut, donde habitan en una casita blanca, en lo alto de un montículo, en la que viven un verdadero infierno conyugal, a pesar de que para todo el vecindario podrían ser un matrimonio perfecto, como si fueran los personajes de Sartre de A puerta cerrada, en donde el infierno es el otro, a pesar de que se haga todo un intento de redimirse fuera de América.

April, quien la manera de la famosa canción de Matt Monroe, en el tiempo feliz del idilio, soñaba que grandes cosas iban a hacer cada uno de los miembros de la pareja, enfrenta el fracaso de una obra teatral, en la que fuera protagonista, lo cual llena de ira a su marido, Frank, quien la reprocha sin misericordia, lo cual es el comienzo de todo el deterioro de una pareja que intenta salvar la relación con el sueño de vivir en París, hasta que el hombre, trabajador de la Knox, se deja seducir por el arribismo, cuando su patrón le ofrece entrar como vendedor de un departamento especial de ventas, identificado con un padre, quien consagrara la vida a ser un modesto empleado de dicha empresa.

April es un ser deseante; ella quiere que su marido supere esa vida mustia, en la que madruga todos los días, como un cordero de los que se meten al metro en los Tiempos Modernos de Chaplin, y fusionarse como uno más de esa serie masiva de hombres que van a su trabajo en el tren, todos vestidos de una manera casi uniforme, como los hombres grises al servicio del Capital, de Momo, la novela de Michael Ende, llevada al cine por el director alemán Johannes Schaff, todos con su sombrero de fieltro y sus tweed, esos sacos sport, para llegar al cubículo de una oficina, donde laboran otros hombres, envidiosos de todo aquel que puede lanzarse a pensar una vida distinta, como también sucede con esos vecinos condenados para siempre a vivir en un suburbio y hacerse cargo de sus numerosas familias.

April sabe que quien no se arriesga ni gana nada ni pierde nada, pero ella, a la manera de la Nora de Casa de muñecas de Henrik Ibsen, está dispuesta a irse a trabajar a París, para que su marido pueda plantearse qué desea en la vida y ser fiel a su deseo. Ella sabe que se necesita valor para aventurarse en la existencia.

Pero un embarazo no deseado, más el sometimiento de su esposo a la seducción de sus patrones, acaba con ese sueño legítimo de redención, para ellos como pareja, como para su familia, lo cual hace que la mujer se plantee la posibilidad del aborto como alternativa, ya que siente, que ya han cumplido con el destino de dar dos hijos al mundo, cosa a la que se opone radicalmente su marido.

Pero hay un loco, de esos que dicen siempre la verdad, que termina por reñir a Frank por su deserción y su traición a un deseo legítimo, para mantenerse en un país, del que el propio Frank ha dicho que lo que se vive allí es una vida irremediablemente vacía.

Ese loco de atar cuestiona a ambos miembros de la pareja, ante lo cual, Frank se defiende con violencia mientras a ella la lleva a preguntarse qué sentido tiene su existencia, que la condena a mantenerse al lado de un hombre, que en el deterioro de la relación, ha llegado a odiar, hasta el punto que decide a inducir un aborto, que culmina con su muerte, la cual hace que ese pobre diablo que es Frank termine melancolizándose, yéndose del barrio, mientras se convierte la pareja en la comidilla de los chismosos vecinos.

De esa manera, termina un vínculo de dos seres, quienes a la manera de El toque bergmaniano, estaban dolorosamente unidos, en unas escenas de la vida conyugal que no tienen el hilarante sabor de las secretos de alcoba de Doris Day y Rock Hudson.

Y es que en la novelas de Richard Yates, los sueños corren el riesgo de convertirse en tragedia, una idea que sedujo a Sam Mendes, dispuesto a darle gusto a su mujer, quien estaba fascinada con la honestidad de April, dispuesta a luchar contra la represión, que llenaba sus vidas de tensión hasta hacerlos reventar, sin dar lugar al mutuo compromiso y a esos acuerdos que quienes estamos emparejados hemos de hacer día a día, ya que el argumento de Yates, le daba pie para hacer una tragedia moderna y contemporánea, pues hacía parte de una obra honesta e intensa, cargada de hermosos diálogos.

Era obvio que el entusiasmo de Kate por el relato haría de ella la protagonista pero la Winslet deseaba volver a actuar con ese compañero inolvidable de Titanic, Leonardo DiCaprio, con quien siempre se había entendido tan bien durante el rodaje de la película de James Cameron, a quien tuvo que convencer, con una gran sutileza, de volver a rodar juntos este argumento.

Así, la película tenía en su nómina a dos personajones del cine actual, a los cuales, algunos críticos han considerado los mejores actores de nuestro tiempo, para rodar en una casita pequeña, donde filmar sin pausas entre exteriores e interiores, en medio de un calor infernal, donde a la manera de A puerta cerrada, el uno se convertiría en infierno para el otro, en medio de una sociedad conformista, que no permitía otra salida que la estandarización y el sometimiento a sus cánones, sin tener en cuenta la realización de un proyecto propio, tanto subjetivo como existencial, a través de un cine realista sobre la irremediable desolación de la existencia, en un rodaje al que los actores fueron sin maquillaje, para desenvolverse en un ambiente claustrofobígeno, en escenarios auténticos, que convertía en imágenes audiovisuales una obra literaria cargada de precisión y de una sutil amargura, que despedazaba el sueño americano, para mostrarnos, en cambio, la tristeza estadounidense, de una manera que ni siquiera Scott Fitzgerald había logrado retratar y enfrentarnos con una tragedia cotidiana, donde dos seres están condenados a la soledad más absoluta, mientras la vida pasa de largo.

Se estaba frente a la obra de un escritor que ha llegado a considerarse uno de los grandes de la literatura estadounidense, a pesar de ser casi un escritor anónimo, oculto en librerías de poca monta, con la interpretación magistral de esos dos actores, fogueados antes en uno de los grandes espectáculos del Hollywood finisecular y enfrentarnos con una realidad social y psicológica demasiado dura, para acceder así a una amarga verdad.

A la manera de Belleza Americana, Sam Mendes nos enfrenta con la hipocresía social, el fracaso y una lánguida cadencia de lo trivial, que termina por destruir a sus protagonistas, de tal forma que al caer el telón, con el corazón en la mano, cantemos con Selena:

http://www.youtube.com/watch?v=_YhyqFLGVIs

Todos solos,
sin nada qué hacer,
estoy solo aquí,
sin ti.

La luz de la vela arde bajo
una canción de amor en la radio
y los recuerdos son todo lo que puedo mostrar.

Fotografías
Tiquetes para dos
Promesas
Todo lo que sentimos

Ahora todo es blanco y negro;
los colores se apagaron con la noche;
las estrellas las usamos para desear
aquello cuya luz hemos perdido

¿Donde está el sentimiento que conocíamos?
¿Dónde la música que tocábamos?
¡Oh! ¿Qué ocurrió al amor
que mostrábamos?
¿A dónde fue el sentimiento?

Un cigarrillo,
un vaso de vino
un libro en rústica
pasar el tiempo

Como te mentí al despertar
Dejaré, a la entrada, la luz encendida;
extraño tus brazos amantes
que usaste para abrazarme fuerte.

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