jueves, 3 de junio de 2010

Crónica de una muerte esperada...

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Lomas de Zamora, Buenos Aires. Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Era lunes negro. Después de la fiesta sabatina y "bombonera", parecía lógico, lo bueno dura poco. Entraba en el tercer día del túnel sin sueño.

Yon sonó lúgubre en el teléfono, lúgubre y casi imperativo.

-Preparate que es un thriller. Vamos urgente a verlo a "Baruch, el yacaré cibernético"-, anunció y cortó la comunicación. Si hubiera sido por el tono, habría optado por la puteada o la carcajada, sin miedo a la rima.

Exprimí dos naranjas, dos, para cumplir con la cuota vitamínica que me supe recetar. La cosa era frugal. Más tarde, tal vez, antes que nos cobre la noche, podríamos explotar los misteriosos "passwords" del vasco para comer bien, beber mejor y, sobre todo, no pagar.

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En la esquina de Grigera, depositados sobre la plaza verde y florida, con mucha gente dispersa pero ninguna del mejor humor, "Baruch", el correntino, le contaba al vasco un policial de otro correntino; como siempre se columpiaba, no se llevaba bien con el equilibrio.

Es un conjeturólogo fenomenal, pero ahora veraz, certero como un estilete y estaba enojado. Sabe que está en las "diez de últimas", me refiero al tiempo que le queda, antes de abrocharse, a una esperanza "murciana", en España, por supuesto.

Yo llegué bastante confundido, como siempre, porque el silencio de "garganta profunda", el confidente lanusense de Yon, a quien habían degradado, me tenía perturbado.

Los golpes, para los soldados de fortuna, son probables porque el exilio lo decidió "el viejo" cacique local, quien estaba siendo díscolo, cuando en realidad se limitaba a ser astuto, como siempre.

Caminamos los tres, dando "la vuelta del perro". Yon con las manos atrás del cuerpo y atento, escondía el reflejo solar, entornando sus ojos celestes.

"Baruch", torrencial cada vez que se larga a hablar, en esta, fue somero.

-Sábado 10 de noviembre, a las cinco y media de la mañana y con lluvia torrencial, llegaba el presagio-, comenzó a contar.

-En Banfield, (¡otra vez Banfield!), Alsina y Medrano, un rato antes se enroscaron dos chicos con un auto. El alcoholímetro, de haber existido, seguro que reventaba, pero esa es una suposición-, se disculpó.

-La ambulancia pediátrica regresaba de una emergencia. La gente socorrista es empecinada. Lucha contra la muerte, como queriendo olvidarla. Son muy cabezas duras. Podría decirse otra cosa, pero...-, rezongó para si mismo.

-La doctora Analía es una ex voluntaria en la guardia del hospital, donde "jugó" como socorrista hace más de diez años, ahora es pediatra- abundó.

- Progresó, pero no renegó del todo en eso de la batalla-, deslizó.

-El que la acompaña, Ariel, ostenta diez de enfermero-, para ser algo más explícito.

-Dan el parte a la base, tenemos un "vía pública"-, (que manera tiene esta gente de caratular una "piña"); pasan los datos-, sigue Baruch.

-¡Rápido!-, piden apoyo, la lluvia torrencial y justo de noviembre, se llora todo.
Tal vez es la bronca de Dios.

-¡Rápido!, mandame otra ambulancia- le reclama a Viviana.

-"Dos masculinos" (sigue la jerga) de más de 20 años, uno grave, otro moderado-, suena la voz monocorde por la radio.

-Viviana recibe el pedido de auxilio de Ariel y Analía y "despacha"-

-Salen dos ambulancias, una de Llavallol, apostada para cualquier eventualidad que suspenden, gracias a otro Dios y por la gente; la de Lomas, pero fuera de servicio, tripulada por el correntino, ex voluntario de guardias hospitalarias, socorrista e instructor, parte con Luis, otro socorrista veterano- enumera el correntino para seguir.

-Viviana llama al hospital para avisar. Nadie atiende los teléfonos-

-Ah... Luis estaba durmiendo cuando lo llamaron. A las siete le tocaban las siguientes veinticuatro horas de guardia-

El correntino reclama: -vamos "ET", Ariel precisa ayuda, está en un "vía pública"- Afuera es noche y llueve tanto, esto ya era un tango. Llega la ambulancia a la guardia del hospital. Los recibe un enjambre de "ambos"-, así le llaman a los uniformes: bordó, azules, blancos. Nadie sabe por donde empezar- progresa Baruch en el relato.

-¿Quien es el médico?-, pregunta Analía.

-Ya viene- es la respuesta. Se va un "ambo".

-El correntino lidera la atención, como hace doce años, cuando era el instructor y Analía la alumna-

-Las miradas que se cruzan, entre los dos, son de aprobación: ambos la "tienen clara"-

-Ariel y Luis no se quedan atrás, se anticipan a los pedidos de material-

-Se van yendo los "ambos", pero de a uno-

-¿Quien es el médico?-, vuelve a preguntar Analía.

-Ya viene, lo fueron a buscar-

-Se va otro "ambo".

-El único que queda es un "ambo" blanco (enfermero) con poca experiencia en emergencias-, sigue Baruch.

-Si alguien quiere criticar, no estaba ahí para criticar- dice que dijo el correntino, para agregar -si alguien tenía algo preparado, ahí no se vió-

-Llega la muerte, siempre artera y sigilosa-

-Luego de veinte minutos, más o menos, de haber llegado, aparece la médica. Ve el cuerpo inerte-

-Analía le explica todo, de donde lo traen, lo que pasó-

-La guardia no recibe muertos... lo tenés que llevar de donde lo trajeron-, frió la médica.

-El correntino se brota de furia: "usted no estaba acá hace veinte minutos"- escupió.

-Para enfriar la calentura sale a la lluvia-

-Llega la ambulancia de los bomberos (con dos pacientes más) y nadie los ayudó, salvo los voluntarios, amigos de haber entrenado alguna vez juntos, de haber compartido un mate, juntos-

-Analía le dice al correntino: "lo recibieron", se refiere al cuerpo del accidentado-

-Saludan a "los bombas" y salen, antes de soltar la puerta alguien lo empuja a un costado y evita que la cierre-

-"Soy la madre del muchacho accidentado"-

-Alguien se apura a cerrarle la puerta-

-"No señora... por aquí no, vaya por al lado-

-Sabiendo que al lado no había nadie para contestar las preguntas de la madre-

-Sigue lloviendo torrencialmente y Analía repitiendo_ "lo recibieron"-

-Fue un logro. ¿De quien? ¿De la imprudencia? ¿Del amor? ¿De la negligencia? ¿De la humanidad? o ¿de la solidaridad?-

-Afuera sigue lloviendo-

El chico se había "ido" agarrado a un crucifijo que lo ahorcaba. Había sido su único asidero en la escalera temblorosa de la conversión.

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La barrera por alta o baja que estuviera, sobre todo la de Loria, por muy tenazmente que se intentara saltarla, seguía enturbiando la corriente de mis pensamientos.

Aunque fuera del tamaño de un guijarro el obstáculo persistía, empañando la pureza de esos pensamientos.

Cada uno tiene que seguir su camino, pensé, por supuesto no por Yon.

-Quizás ya no tenemos nada en común-, flagelé.

-Quizás nunca lo hemos tenido-

-Pero aunque me trates como a un "hijo de puta" despiadado, se que tenés algo que decir, no para mí-

-Tenés cosas más importantes que hacer-

-¿Me entendiste Baruch?-

-Quise ser amable con tanta reflexión nunca dicha, pero te regalo "la yapa", por tu prurito evangélico, que leí por ahí: “los ingleses siempre han reverenciado a los santos, pero odiado que sean perspicaces”-.

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Después de la lluvia de noviembre Yon me tomó del hombro y se frotó "la panza", me di cuenta que hoy no haríamos la digestión. Lloriquié para mis adentros, al pensar en los ajíes morrones a la parrilla, que prometiera "Ani". Me consuelo: el "thriller", para "el Vago de Jorge", está listo.

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