sábado, 12 de junio de 2010

El ratoncito Pérez y Urdimalas, pobladores de mi infancia

Jesús Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¡Caperucita, Barba Azul, pequeños
Liliputienses; Gulliver gigante
Que flotáis en las brumas de los sueños,
Aquí tended las alas
Que yo con alegría
Llamaré para haceros compañía
A1 ratoncito Pérez y a Urdimalas!

José Asunción Silva

La literatura infantil ha sido una de las cosas que más me ha gustado y aún conservo las cartillas de mi madre y de mi abuela, junto a una inmensa colección de libros para niños y adolescentes.
El ratoncito Pérez ha sido legendario en Latinoamérica y España, un equivalente del hada de los dientes en los países anglosajones; ambos premian a los niños por la pérdida de sus piezas dentarias; en algunas de regiones, se condensan los dos personajes en el ratón de los dientes; en Colombia, Venezuela, Uruguay y Argentina se le quita la forma diminutiva, que aún conserva en Francia bajo la fórmula de la petit souris y en Italia, donde habitan en el imaginario popular el topolino o topino coexiste con Fatina, un personaje para los Fairie Tales.

En España también tendrá otros equivalentes, en Cataluña se llamará l’Angeet y en las provincias vascongadas se llama teilatukoa o Mari, la del tejado - no sé cómo se lo llame aquí en Galicia-; de ahí surgiría la costumbre de tirar los dientes a los techos, sin guardarlos debajo de la almohada, como hacemos en Colombia.

Dicho personaje, pasó a la literatura a finales del siglo XIX, gracias a la pluma del Padre Luis Coloma, el autor de Pequeñeces y de Jeromín, al escribir un cuento para Alfonso XIII, que reza más o menos así:
Entre la muerte del Rey que rabió -supongo que el de la zarzuela- y el advenimiento al trono de la Reina Mari-Castaña existe un largo y obscuro período en las crónicas, del que quedan pocas memorias.

Consta, sin embargo, que floreció en aquella época un rey Buby I, grande amigo de los niños pobres y protector decidido de los ratones...
Había un ratón muy pequeño, con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lienzo y una cartera roja, colocada a la espalda.


El ratón vivía con su familia dentro de una gran caja de galletas, en el almacén de la entonces famosa confitería Prast, en el número ocho de la calle del Arenal, en el corazón de Madrid, apenas a cien metros del Palacio Real.

El pequeño roedor se escapaba frecuentemente de su domicilio y, a través de las cañerías de la ciudad, desde donde llegaba a las habitaciones del pequeño rey Bubi I (Alfonso XIII) y las de otros niños más pobres que habían perdido algún diente, a la vez que despistaba a los gatos, que siempre estaban al acecho.

El ratoncito vivía ahí cerquita del Hotel Ruano, de la calle Mayor, 1, donde me hospedo en Madrid, hostal barato, desde cuya habitación diviso, la Puerta del Sol, las manifestaciones de revoltosos y falangistas, o veo el Edificio de la Telefónica, del que mi primo Vicente, me contara que en los tiempos de nuestra guerra, la llamaban las niña de los lunares, puesto su blancura se veía salpicada, de las oscuras troneras, hechas por la artillería o salgo a caminar por la calle del Arenal, para pasar al lado de la antigua pensión Peralta, en el 24, regentada por muchos años por prima Antoñita, para seguir con sus sobrinos Carmiña y Vicente, hasta el Palacio Real y de ahí sentirme en el Madrid de las Vistillas, como si fuera amigo de la Rosa de Madrid, desde donde vemos poner el sol en la ancha Castilla de don Quijote y Sancho, de Teresa de Ávila y don Antonio Machado.

Pero para volver al Ratoncito Pérez oigamos esta otra versión:

Había una vez una ostra que estaba muy triste porque había perdido su perla.
La ostra le contó su desgracia a un pulpo que se arrastraba por el fondo del mar.
- ¿Cómo era la perla? - Blanca, dura, pequeña, y brillante.
El pulpo le prometió que le ayudaría y se fue. Se lo contó a una tortuga que estaba jugando con las olas. Ésta le dijo al pulpo que ayudaría a la almeja y se marchó a contárselo a un ratón que estaba merodeando por la playa. El ratón se apellidaba Pérez.
- Tiene que ser algo blanco, pequeño, duro y brillante.
El ratón fue a buscar por ahí, pero no encontró nada que sirviera.

Encontró un botón que era blanco, brillante y pequeño, pero no era duro, pues lo podía roer con facilidad con sus dientecillos.

Encontró una piedrecita blanca, pequeña y dura, pero no era brillante.
Encontró una moneda de plata blanca, dura y brillante, pero no era pequeña...
El ratón se fue a su casa triste y decepcionado porque no había encontrado nada. La casa del ratón estaba en un hueco de la pared de la habitación de un niño. El niño había dejado el diente encima de su mesita de noche; el ratón lo vio, se acercó y comprobó que era blanco, pequeño, duro y brillante.

Así que cogió el diente de leche y a cambio le dejó al niño la moneda de plata. Luego volvió corriendo a la playa y le dio el diente a la tortuga. La tortuga al pulpo y el pulpo a la ostra, quien se puso contentísima, pues aquel diente de leche era del mismo tamaño que la perla que había perdido. Así que lo puso en el sitio de la perla, lo recubrió con un poco de nácar, y nadie podía notar la diferencia.

Por eso, desde entonces, cuando a un niño se le cae un diente de leche, lo pone debajo de la almohada y por la noche el ratoncito Pérez se lo lleva y le deja a cambio un regalo, aunque no siempre, es una moneda de plata.
Luego el ratón lleva el diente a la playa y se lo da a una tortuga que se lo da a un pulpo, para que se lo lleve a una ostra que ha perdido su perla.

Allí, en la calle del Arenal hay una placa que dice:

AQUÍ VIVÍA,
DENTRO DE UNA
CAJA DE GALLETAS,
EN LA CONFITERÍA DE PRAST,
RATÓN PÉREZ
SEGÚN EL CUENTO QUE
EL PADRE COLOMA ESCRIBIÓ
PARA EL REY NIÑO,
ALFONSO XIII
Y más adentro se puede encontrar, dentro de un centro comercial, una estatua del animalito con otra placa de bronce, para rendir homenaje al simpático personaje.

Pedro Urdimalas es un típico pillo, que lleva una vida de rebusque, de tal suerte que, para sobrevivir tiene que recurrir a todo tipo de patrañas, un poco a la manera, de nuestro tío Conejo, los embauca a todos, gracias a su ingenio, al tonto, al fortachón y al ambicioso, también, un poco, al modo del Gato con botas, comparte con ellos una vida picaresca.


El argentino Javier Villafañe, a principios del siglo XX, hizo una versión teatral del popular personaje, para llevarlo en su carreta y su teatrino, con la que daba funciones, como buen tiritero, de pueblo en pueblo, de donde surgió una colección de libros Los cuentos que me contaron.

Octavio Hernández Jiménez, autor de la Literatura Oral de Caldas, en el Manizales del 2004, nos cuenta que Pedro Rimales, Urdimalas o Urdimales, tiene un origen español, pero se va la región de la Antioquia Grande y altanera, para volverse allí un paisa de siete suelas, del que José Asunción Silva debió tener noticia a través de la tradición oral, que le transmitieran sus padres, montañeros del Oriente antioqueño pues era el protagonista de cuentos populares de carácter escatológico, de tono subido, tan típicos de la picaresca antioqueña, con Cosiaca incluido.

Por ejemplo, se contaba que Urdimalas quiso divisar el mundo desde la torre de una parroquia, a la que se subió para mirar el más bello de los mundo, pero allí querían obligarlo a matar a un caballero embelesado en la contemplación de nubes, montañas, valles y ríos, sin embargo como él no era tan malo, se lanzó al vacío para no cometer el horrendo asesinato y cuando se despertó se dio cuenta de que se había caído de la cama; como estaba al servicio del Rey y su mujer, la reina no lo quería porque el muy pillo se había enamorado de la princesa, por lo que trató de deshacerse de él, lo que hizo que el picarón hiciera un hueco entre su pieza y la cámara real p’a pillarse qué se proponía la maldita reina; cuando la oyó, pidiéndole al Rey que le diera la orden a Rimales de que le amansara unos potros cerriles y los dejara tan contentos que los animales se rieran por la tarde de haber sido amansados.

Enterado, el buen hombre le ofreció a Su Sacra Majestá sus servicios y, eso hizo, Rimales pero les cortó las jetas, a las que les puso sal para mostrárselos al Rey con los dientes pelados, muertos de la risa.

Y, entonces, como no había forma de sacarlo del palacio, otra noche, oyó a la Reina como planeaba con el Rey la forma de acabar con él.

Sus majestades pensaban llevárselo a unos acantilados sobre el mar para tirarlo de patas y manos al océano.

Y así fue que cuando sus realezas se lo llevaron a darle esa versión del paseo millonario, él se acostó al lado de los monarcas, como ellos le ordenaron pero cuando ellos estaban roncando, que era una dicha, el corrió a la Reina p’a un laíto y se acostó exato ahi, bien pegadito del cuerpo real de su señor y a eso de la medianoche, a la señal convenida por el señorón, el rey y Urdimales lanzaron a la Reina a las aguas del mar y su Alteza Real tuvo que convencerse que era imposible salir del pícaro de Urdimalas, que era primo de Mambrú, ese que se fue a la guerra y que se inmortalizaría en los cantos infantiles y en la marca de cigarrillos que fumamos los hombres Marlboro.

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