jueves, 3 de junio de 2010

La pintura metamórfica

Jesús Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¡El arte metamórfico! ¡Viva por él! ¡Realmente es una plástica genial!



Octavio Ocampo y Víctor Molev, esos ilusionistas y prestidigitadores de la imagen visual, creo que son unos grandes conocedores de la teoría de la Gestalt, con su famoso experimento de la copa y las dos caras, el cual figura en cualquier introducción a la psicología y permite ese juego sorprendente con la ambigüedad, que nos dice que todo depende del ojo con que lo miremos, con el vértice desde donde avistemos el objeto, desde el punto de vista desde donde miremos, del cristal con que se vea, lo cual nos introduce en dimensiones desconocidas y da cuenta de que cada uno puede percibir de maneras distintas la realidad del mundo.

El origen gestáltico de este estilo pictórico está bien claro en la siguiente obra de Octavio Ocampo:



Donde además de los ancianos que se abrazan vemos la copa y una serenata mexicana.

O el que nos hace tener la ilusión de que la segunda línea es más larga.



¡Viva también por eso!

Ello es lo que nos permite el diálogo con gente que ve las cosas distintas de cómo, uno mismo, las percibe.

¡Bonito ese estilo metamórfico!

Ahí se juega tanto la flexibilidad de la mente del artista como la del espectador, quienes entran en un interjuego, para encontrar el objeto y recrearlo en su mente.

Murray lo utilizaría en la siguiente lámina de su famoso test de apercepción temática:



Si miramos dos veces, uno no sabe si el muchacho entra o sale por la ventana, dada la ambigüedad de la figura.

El mexicano se define como metamórfico, en tanto se detiene en ese frágil paso de una imagen a otra en un momento mágico, Ocampo mismo nos plantea su anhelo de llegar a un nivel de comunicación con el espectador de un inconsciente al otro, de un espíritu a otro, aunque yo creo que más que una interacción entre inconscientes, la que se logra es entre las conciencias de ambos, ya que el registro y la percepción son fenómenos del yo y casi operan en el campo de la conciencia, con excepción de los estímulos subliminales.

Así asistimos a la transformación de una imagen en otra, en un mismo espacio, antes los ojos mismos del mismo espectador, gracias a un ensamblaje de partes que conforman las distintas formas, que son captadas de acuerdos a distintas posiciones del sujeto.

Lo que podría pensarse como contacto con el inconsciente podría ser el parentesco y la filiación que el pintor busca en un surrealismo, para mi gusto, resulta un tanto mañé, un tanto menos que kitsch, estilo que, como bien lo señalara mi amiga Marta Santander, tiene su ternurita; sin lugar a dudas, resulta enigmático y no deja de resultar muy prodigioso eso de poder descubrir figuras dentro de una misma imagen.

No sé cuál se haya aventurado primero en ese estilo aunque Ocampo es unos años mayor que el ruso Víctor Molev, quien asimismo, me resulta maravilloso, y se percibe que tampoco su pintura apareció por obra de magia, así nos resulte igualmente fantástica, pues ha sido el producto de todo un conocimiento que se ha ido acumulando a lo largo de la vida, gracias a una sana y constante disciplina, en un hombre cargado con la misma versatilidad del mexicano, en obras que escapan a toda interpretación convencional, dada la gran flexibilidad de sus formas, saturadas de simbolismos, por ejemplo cuando, si logramos deshacernos un poco de la imagen de Freud, nos vemos inmersos en el espacio donde se inicia una enmascarada escena primaria, donde se derrama un líquido distinto del seminal aunque alude precisamente a él. Haz el ejercicio.



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