jueves, 17 de junio de 2010

La política de los premios literarios: La escritora Isabel Allende entre las hamburguesas y el estalinismo

Juan Francisco Coloane (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Las premiaciones literarias, desde hace mucho tiempo, quizás desde que autores como Tolstoi, Proust y Joyce no obtuvieron el premio Nobel, se han transformado en parte del tráfico político y el juego de los lobbies de grupos de interés.

Borges, Nabokov, Greene, Rulfo, Cortázar, Auden, por nombrar algunos próceres, no obtuvieron el premio Nobel por esas razones de tráfico político y presión de lobbies y no por inferioridad literaria frente a otros que lo obtuvieron con una obra de menor dimensión.

Sea por razones políticas, sea por razones de rentabilidad que es casi lo mismo, el ejercicio de premiar en literatura o el arte, está sustentado por una perversa lógica de la conveniencia y la evaluación de intereses. Más y más, el acto de premiar la literatura o las obras de arte, se ha convertido en una prolongación de las compañías que comercian con las obras en búsqueda de rentabilidad económica o posicionamiento de ciertas ideas. Se ha formado como una “asociación que premia” entre los mismos navegantes que ejercen diversos oficios en el rubro, y que responde a los mecanismos propios de sociedades con profundas desigualdades entre las clases sociales. Es un sistema que premia la producción artística para hacerla funcionar como un “igualador social o de clases”, que está velado. Es la prueba evidente de otro espejismo de la sociedad capitalista.

La premiación parte de los conceptos monárquicos del deber y la cualidad de los ciudadanos. Ha sido así desde la época romana, pasando por el Medioevo y llegando hasta la pos-pos modernidad del capitalismo, con todos sus avatares y contradicciones. Es otro segmento de los sistemas precarios que predominan, y en la base está el posicionamiento en el mercado y en el acceso a más recursos. La literatura propiamente tal es secundaria.

En el remoto Chile, ocurre exactamente eso. Se premia para igualar, no se premia por los estrictos méritos de la obra, y ahora la polémica está centrada en el tema de si la escritora Isabel Allende, traducida a decenas de idiomas y popular en casi todo el mundo, es merecedora o no del Premio Nacional de Literatura. Como los libros de Isabel Allende tienen tanto éxito comercial, al entregársele este premio, no se estaría cumpliendo con esa función igualadora que los premios tienen. Para qué premiarla si ya es tan popular y rica.

A la pasada leemos un artículo (Álvaro Matus, en La Tercera de Chile) que con un ingenio particular, nos trata de convencer de que ciertos escritores deben ser premiados este año con argumentos transportados desde una perspectiva literaria muy personal, como si la literatura fuera arte. Proust, Kundera y otros han manifestado dudas si la narrativa que se encasilla como literatura es arte. Kundera sin ir más lejos en un artículo en The New Yorker de algunos años atrás en una nota sobre lo “que es un novelista”, nos dice que el arte superior es la música y que después viene el resto- jerarquizando- y que la novela estaría en una posición inferior, como arte. El explica por qué e invito a que en Internet lo lean.

El fondo del artículo en el diario chileno, es que Isabel Allende no debe ser premiada, con un argumento desvirtuado porque la homologación de la hamburguesa Mc Donald por la literatura de Allende no le funciona por lo grotesco y excesivo. En las observaciones de Matus descubro que Isabel Allende es promovida para obtener ese premio por los presuntos nuevos estalinistas de la literatura.

Los que promueven a la autora de La Casa de los Espíritus, la novela más representativa de Chile y sus sistemas precarios de vida, -bien escrita además, porque revela, su lenguaje es conciso y comunica- , en algún momento de sus vidas tuvieron contacto con la “cultura estalinista”, si se le pude llamar así al autoritarismo descabellado e implacable de cualquier estructura organizativa.

Dicho al pasar, el estalinismo no es un patrimonio exclusivo de los soviets. Las corporaciones multinacionales se igualan o superan en perversidad al maniqueísmo que aplicaba Stalin. Basta ver la actitud de la British Petroleum y su derrame de petróleo en el Golfo de México, con el gobierno más poderoso del planeta.

Uno de esos “estalinistas” que apoyaba a Allende es el escritor comunista Volodia Teittelboim, fallecido hace algunos años, que para algunos no se sacudió de haber funcionado en estructuras estalinistas. El segundo es otro escritor, Roberto Ampuero, que fue estalinista en sus años comunistas, y quizás tampoco esté libre del estigma y sus prácticas. El otro escritor es Jorge Edwards, que al haber sido el brazo derecho de Pablo Neruda cuando este era embajador de Chile en Francia y con su conservadurismo merodeó esa cultura, porque no hay nada más estalinista que la conducta de escasa libertad y espontaneidad que exige la diplomacia en las relaciones exteriores, – si no pregúntenle al Embajador chileno Miguel Otero en Argentina por sus declaraciones a un diario en Buenos Aires. Fue removido de su cargo. Habló desde el corazón algunas barbaridades sobre los Derechos Humanos en Chile y la diplomacia lo liquidó.

Estos tres escritores esta vez están en la misma trinchera al promover a Isabel Allende, e invita a pensar que el común denominador que los une más allá del placer por las “hamburguesas de Allende” -según el parecer de Matus- no sería más que el estalinismo impregnado. De alguna forma, Isabel Allende no cumple los requisitos del nuevo estalinismo que premia en literatura, para cumplir determinados objetivos.

Es curiosa la comparación y es impropio fijarla sólo en Isabel Allende, porque como regla, para las casas editoras la comercialización de la literatura es homologable a una hamburguesa o a cualquier producto que genere rentabilidad. Cuidado con los que se empecinan en criticar al estalinismo que nos podemos quedar sin literatura. ¿Cuántos escritores rusos de calidad y traducidos a 20 idiomas han salido de Rusia en los últimos 20 años?

En la comparación, al ver el menú para el premio de este año, es probable que los estalinistas y los amantes de las buenas hamburguesas tengan la razón. De obtener el premio nacional con el favor del estalinismo literario, la revolución bolchevique espera de Isabel Allende ese relato apetitoso de amplia difusión que está pendiente para que se revuelquen los que han transformado la literatura en una expiación de su oscuro narcisismo.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.