sábado, 12 de junio de 2010

Los cántaros del ensueño

Javier Lajo (Desde Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Estaba seguro de encontrar lo que buscaba… tenía que estar en alguna parte, alguna alquimia literaria, un antídoto general, una historia o cuento absoluto, vacío en su parte exterior. Un objeto que absorba toda la luz y la sombra, que sea invisible a los ojos profanos, cuyo contenido maravilloso solo pueda ser tocado por hombres sagrados. ¿Será posible encontrar tal maravilla?...

¿Algún remedio total y perfecto contra la vulgaridad, la mezquindad y el egoísmo humano?, ¿Un elixir contra el parasitismo?

Algún relato que encerrándose en sí mismo, nos pueda proteger contra todo el mal, algo recubierto en un manto de palabras, como una burbuja impenetrable, inaccesible a los ojos vulgares.

Pregunté a todos los místicos, sacerdotes y sabios conocidos y todos me remitieron al cielo, al Altísimo… ¡que contradicción! pero no, aquello que buscaba, debía... debería estar en algún sitio del planeta.

Al fin, desencantado cuando casi ya había tomado el camino de la apatía y de la religión, encontré por casualidad en las calles de Lima a aquel distraído vendedor de curiosidades, que entre sus ofertas vendía algo estremecedor: Una pequeña figurilla cóncava de barro cocido, como una ocarina pero de boca grande, cuya propiedad maravillosa consistía en repetir exactamente, como un eco, cualquier palabra que se pronunciara cerca de su boca.

Consultado este singular mercachifle, me contesto algo también sorprendente. Entre otras cosas me dijo que lo que estaba buscando era un relato que me describiera o explicara la sustancia misma del pensamiento, porque según dijo, todo está hecho de pensamiento, de sueños y porque luego... querría yo fabricar un depósito o jaula capaz de atrapar allí cualquier pensamiento y guardar allí ese mensaje inmortal... eterno, que es siempre el inicio de la enfermedad primordial del individuo, punto de partida y clave de la vanidad y mezquindad de nuestra pequeña y humilde existencia.

¿Sería aquello, lo que estaba yo buscando? Pero, cuidado, me advirtió, “solo si lo entiendes podrás distinguir la verdad, y apartarla de la fantasía, y si no lo entiendes, considérate un vulgar orate mas en el mundo”. Afiebrado por el tema, le insistí en que me hablara más de aquel relato, y me sorprendió cuando me invitó a comer a su humilde casa en una barriada periférica de la ciudad. Luego de devorar su frugal comida, y ante mi ansiedad, vino su increíble relato.

Empezó así, en primera persona:

Rumbo a la biblioteca de mi pequeño pueblo, cruzaba su lúgubre zaguán al encuentro de la tétrica sala de los libros más antiguos del lugar. En un rincón y con ojos desorbitados, babeaba un pobre muchacho al parecer muy atormentado, completamente insano, en quien reparé por un solo instante, pues luego dirigí la vista hacia el enorme libro que apenas sostenía con sus pálidas manos; sus ilustraciones y letras inmensas aparecían ridículas en aquel tamaño de hojas. Pronto la curiosidad, que es mi mayor virtud, se apoderó completamente de mi y sin darme cuenta estuve sentado junto al joven orate suplicándole que me dejara leer y entender aquel libro misterioso.

Repentinamente el bibliotecario, hombre extraño y algo parco para su oficio, me alerto sobre la extraña fama que rodeaba la presencia de aquel extraño libro en la biblioteca:

"Sus lectores tornaban su pasión por la lectura en una triste locura de ensueño...".

Esto, al contrario de asustarme, atizó más mi curiosidad de por sí exagerada. Lejos de pensar en lo terrible que sería caer en la locura, ávidamente empecé a repasar aquellas amarillentas páginas, plagadas de ilustraciones que encendían más y mas mi imaginación...decía así:

...Aquel era un poblado de campesinos, una comunidad indígena con las mismas alegrías y tristezas de cualquier otra de la región, pero por sobre todo tenían la realidad de su pobreza en una mano y el tesón del trabajo de la tierra en la otra.

Bucólicos y soñadores, adictos a las historias y relatos de los viajeros y pastores que visitaban ocasionalmente el pueblo. Además de sus labranzas, no faltaban los oficios de artesanos, entre otros picapedreros, talladores y alfareros, que ágiles en sus tareas manuales y crédulos, hacían caso a cual consejo escuchaban de sus ocasionales visitantes, consejos que en la mayoría de los casos servían para mejorar sus obras y artesanías...; aunque algunas veces, rompían su serena cotidianidad, con algún visitante extraviado.

Era invierno; caía al atardecer la helada, entrando ya la noche y luego de una fuerte tempestad en la que rayos y truenos estremecieron los techos y los corazones de los lugareños, tocó a la puerta de mi casa un hombre de mirada profunda y risueña; parecía un sacerdote, duende o algo así, quien me despertó para pedir que lo alojara por el resto de la noche.

Mi ocasional huésped curiosamente era un alfarero como yo, que traía en su alforja algunos tachos muy bien logrados y con un engobado de color oro y rojo, algunos de los cuales me los intentó regalar como muestra de su gratitud; obviamente yo me rehusé a aceptar tal ofrecimiento, pues me pareció una obligación darle alojamiento aquella noche de lluvia y de truenos.

A la mañana siguiente a la hora del alba, encontré a mi huésped ya despierto, observando los innumerables cantaros y demás obras de alfarería que guardaba en mi patio, comprendiendo así que yo tenía su misma ocupación.

En tan corto tiempo simpatizamos tanto que no pude contener mis ganas de invitarlo a quedarse en mi casa y conocer los paisajes circundantes de mi pueblo. Además conocería después por mis relatos, la característica mas resaltante de los lugareños..., mi pueblo estaba lleno de cuentos basados en sueños a cual mejor; era el deporte favorito de mis paisanos, soñar, soñar y soñar; era como un escape a lo cotidiano y bucólico de la realidad de trabajo y sacrificio por la supervivencia de un poblado de campesinos.

¡Hasta que al fin!...dijo: ¡llegue al pueblo de los soñadores...¡

Su entusiasmo fue indescriptible. Desde que lo supo, terminó su larga búsqueda y dio rienda suelta a su fascinación extraordinaria por la diversidad de sueños que le contaban mis paisanos; muchos de ellos sucediéndose en capítulos eran verdaderas novelas difíciles de memorizar para quien escuchaba su contenido.

Día a día, mi huésped se maravillaba más y más de los sueños que tenían y de la habilidad de mis paisanos para contarlos; tanto fue así, que un buen día me confió su más grande secreto de artesano, extrayendo del fondo de sus alforjas unas pequeñas bolsas de cuero, cuyo misterioso contenido era como cieno de varios colores… y dijo: Esta vez, se trata de hacer cántaros que atrapen los sueños. Buscó y buscó entre sus pequeñas bolsas de tierras extrañas. Buscaba y recordaba, hasta que al fin con un leve suspiro dio con la bolsa deseada.

¡Acá está!, dijo..., ¡polvo de las estrellas de los sueños !;

- Estrellas de los sueños? ¿Acaso existen? pregunté;

¿Existen los sueños?, contesto. Si no existieran esas estrellas, nosotros no soñaríamos jamás; pero si los sueños existen, es porque tienen una sustancia que proviene de algún recóndito lugar del universo, en donde se halla concentrada esta propiedad maravillosa: Son las Extrellas. Sino existieran “Esas extrellas” nosotros mismos no existiríamos. Estas “extrellas” a veces estallan esparciendo por nuestro universo estelar y fecundando de sueños todo lo existente en esta dimensión.

Para mí era difícil aceptar esa lógica, pero tenía sentido y un buen criterio..., o no?.

¿Y cómo llegó a tus manos ese polvillo?...volví a interrogarlo.

Existe una tribu Lakota que a través de generaciones ha ido juntando el polvillo “extelar” que captura una pequeña telaraña de un arácnido con su tela o redecilla y que solo existe en su territorio; polvo “extelar” que llega al planeta arrastrado por el viento solar...

Ancestrales alfareros de su “orden” canjearon aquel polvillo que según los indios usaban para volver locos a sus enemigos.
Luego de mostrar en alto la bolsita llena de aquel polvo maravilloso, frenético y ansioso con su posesión, empezó a explicarme cómo haríamos para que aquella pequeña bolsa nos alcance para innumerables cántaros, donde mis paisanos, soñadores empedernidos, pudieran atrapar y guardar uno a uno sus miles y a veces extraños sueños.

Tendrían que ser cántaros de tamaño apropiado para contener a un hombre en posición cómoda y soñadora.

No terminó de decir esto, que yo ya tenía a la mano el primer fardo de la mejor arcilla para la hechura del primer cántaro; juntos amasamos el barro, luego vino la torneada y la cocida.

Apenas terminó de enfriar aquel primer cántaro, pasé la noche entera adentro de su vientre esperando mis sueños; al amanecer había soñado tanto que el cántaro repleto quedó lleno de mis sueños.

Y como dudando que aquello fuera cierto, la siguiente noche volví a dormir dentro de mi cántaro y fui dichoso sintiendo nuevamente cada segundo de mis sueños anteriores.

Luego fabricamos muchos cántaros más, con aquel mágico polvillo “extelar” y sus resultados fueron iguales. Tenían, la cualidad de encerrar un sueño producido por un durmiente y reproducirlo luego en la mente de él mismo o de otro que se introdujera en el cántaro y durmiera en él. Las sensaciones eran las mismas, los colores, las aventuras y las fantasías. En realidad se trataba de algo estremecedor, nunca antes experimentado por ningún pueblo, ni hombre alguno.

Todos mis paisanos se dedicaban al sueño y sus fantasías y las repetían a su gusto, pasaban noches enteras soñando dentro de los cántaros y atrapando así sus sueños. Habían sueños para todos los gustos: de gigantes, de duendes, de filósofos, de religiones y dioses insospechados; de amantes e infieles, sueños de niños, de mujeres y de ancianos, de matemáticas, geografía, y hasta de cocina, de otros planetas y de otros seres; por capítulos, tomos y volúmenes, etc, etc.

Un paisano se soñó una noche atrapando una sirena !al fin!, y que la amaba interminablemente, y ya no quiso salir mas de aquel dichoso cántaro; igual sucedió con un pobre hombre que nunca comía bien hasta que soñó con grandes banquetes y comilonas. Estos paisanos, quedaron por propia voluntad momificados y enterrados en los cántaros del ensueño... por siempre.

Al cabo de un tiempo, la cantidad de cántaros quedo ínfima frente a los miles de ensueños que florecieron en mi pueblo.

Tenían también los cántaros, por no se sabe que razones, la propiedad de sustituir el sueño guardado por otro nuevo; por intensidad tal vez, por perfección del sueño quizás, por su belleza u horripilancia; no sé. Lo cierto es que a veces, el durmiente no soñaba el sueño contenido en el cántaro, sino que lo sustituía por un nuevo y flamante sueño.

Con el tiempo, mi habilidad para combinar miligramos de aquel polvillo celestial con la arcilla y las otras materias primas de los cántaros, fue en aumento y ante los pedidos, no hacíamos mas que fabricar y fabricar cántaros y más cántaros. Ya casi todas las casas y sus patios estaban repletos de cántaros, igual la plaza central, la cancha de fútbol y hasta la capilla, la escuela y todo, todo estaba lleno de cántaros y de sueños. La gente con sus sueños se había olvidado hasta de trabajar, y como era de esperarse, había aparecido un nuevo tipo de oficio: el de "ensoñador", que era una persona que se dedicaba exclusivamente a informar a los interesados sobre los sueños que les convenía mas o cuáles eran las características y señas de uno u otro ensueño....

Pero como las cosas buenas duran poco, tuvo que ocurrir lo inevitable.

Moisés, “Cheche” para los amigos, era un borracho empedernido; alcohólico desde la infancia, si el pueblo lo soportaba era por su capacidad para contar las atrocidades y las fantasías que se le ocurrían, tanto dormido como despierto, seguramente por los efectos del alcohol. ¿O tal vez…se habría topado acaso alguna vez con polvillo “extelar”?

Un buen día había estado bebiendo desde el anochecer hasta la mañana siguiente y como el cuerpo no le daba para más, buscó a su amante, una bruja conocida y dueña de la picantería (una fonda típica o restauran tradicional) del pueblo para que le diera refugio sanatorio, afecto y algo de comer, con tan mala suerte que ella sólo pudo conseguir algo de arroz con una olla de frijoles especiales que había preparado para sus hechizos y brujerías. Cheche devoró totalmente aquel embrujo en un santiamén… luego buscó un buen sitio para dormir… y no encontró algo mejor que el vientre fresco y seco de un cántaro del ensueño.

El vértigo de la borrachera más los efectos terribles de la digestión de los frijoles encantados ocasionaron en el pobre Moisés el sueño mas horrible que borracho alguno pudiera haber tenido; era una pesadilla horripilante donde en la noche, las estrellas y constelaciones chocaban una con otra, destrozadas por remolinos oscuros que bajaban de lo alto y se convertían en un viento turbio que destrozaban todo, oscureciendo y enredando la realidad en una forma horripilante. De pronto, el cerebro de Moisés quedó convertido en una madeja revuelta, indescifrable, tanto así que los remolinos de su sueño le provocaron una suerte de convulsiones que finalmente desequilibraron su cerebro y al cántaro, haciéndolo rodar de su soporte, destrozándolo contra el suelo; mas pronto Moisés y su sueño de borrachera y sus vómitos de frijoles y su terrible espanto, quedaron libres de su cántaro…esparciéndose por el mundo inexorablemente.

Moisés escapaba como alma que lleva el diablo; despertándose bien de su pesadilla, tuvo mayor susto cuando se percató de que los horribles remolinos de su sueño rompían los demás cántaros chocándolos unos contra otros; los de las casas, patios y techos, todos eran destrozados por los remolinos, quedando libres los sueños, vagando libres los personajes, paisajes, deseos, sentimientos, colores y fantasmas. Todos los sueños de los cientos de cántaros rotos se arremolinaban por las calles y plaza de mi pueblo.

Mis paisanos despertaron aquella mañana y al salir de sus casas no pudieron nunca más distinguir entre la realidad y sus sueños, porque todo estaba mezclado irremediablemente.

Pasada las cuatro de la tarde, confundido y mareado por los remolinos de cosas y sueños que ocupaban mi pueblo y mi mente, pude distinguir dificultosamente a mi huésped amigo; el alfarero misterioso que me hacia señas, orientándome hacia el único cántaro sin romper, al centro de la plaza mayor de mi pueblo conflagrado por sus sueños y fantasías, pues él mismo lo había enterrado hasta el cuello. Dejando su abertura bien tapada por un pequeño tronco; me gritó al oído: ¡Entra a su vientre, allí encontrarás el único relato nunca soñado, la única historia jamás contada, la única verdad que jamás podrás confundir con las fantasías de tus sueños!.

Apresuradamente, seguí su consejo, me introduje sin mas reparos en el cántaro señalado y allí en su vientre, cansado dormí y soñé, y soñando encontré... esta misma historia, o cuento, o ensueño..., o no sé que... que acabo de contarte.

Era tarde y estaba lloviendo. Recuerdo la comida invitada, mi escasa hambre y su casa de esteras y calamina en aquella barriada. Cuando salí de allí, no éramos ya iguales, ni yo, ni el mundo que dejé atrás luego de escuchar este extraño relato, que sin embargo está allí, completo, en mi ensueño, o en mi memoria, o en este papel con letras... y pensé que no debí escribirlo jamás, ahora que lo recuerdo muy poco, me arrepiento por haberlo hecho.

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