viernes, 25 de junio de 2010

Los pícaros de la inflación

Rodolfo Bassarsky (Desde Arenys de Mar, Barcelona. España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Acabo de leer que alguien del gobierno dijo que no hay inflación, sino pícaros que suben los precios.

Esto da pie para pensar. Si los pícaros son pocos y modestos comerciantes minoristas, es obvio que su picardía no hace mella en el poder adquisitivo de la gente. Si no son tan pocos, algo pueden afectar. Si la picardía la cometen mayoristas o distribuidores de cierta importancia, la cosa cambia bastante ya que la gente deberá hacer un esfuerzo extra para encontrar el precio no elevado. Si son pocas pero grandes corporaciones las que se avivaron, entonces la inflación ya asoma y los pícaros se convierten en delincuentes económicos. Si los mecanismos de control que dependen del gobierno no logran detener la escalada, hay complicidad: los cómplices son funcionarios identificables y muy probablemente jerárquicos, nombrados por el presidente de la República o alguno de sus ministros. O el mismo ministro de economía. No quisieron o no pudieron atajar a tiempo la picardía. Y si no quisieron, habrá sido a cambio de algo...

Si los pícaros son muchas de las grandes corporaciones formadoras de precios, hay inflación, dejan de ser pícaros, se convierten en delincuentes enemigos de la sociedad. Llevan a cabo su delito disponiendo de infraestructuras sofisticadas, financieras y comerciales que incluyen pactos, prácticas monopólicas, comisiones ilegales, contabilidades B, circuitos financieros para hacer desaparecer dinero, logística en el exterior. Y necesariamente cuentan con cómplices variopintos, en distintos niveles y ámbitos, cómplices que ocupan posiciones de influencia: dirigentes de los más diversos sectores, públicos, semiprivados y privados, distribuidos a lo largo y ancho de la actividad económica. Asistimos, de esta manera, al magno espectáculo de una megacorrupción, un megadelito imposible de ser juzgado y mucho menos legalmente condenado, por su dimensión y por la picardía de las policías, inclusive la económica y de los jueces pícaros que hacen la vista gorda o se involucran para ofrecerse como objetivos fáciles de soborno.

Suponiendo que el proceso comience con alguna de sus formas menos agresivas, lo más probable es que vaya creciendo por un efecto contagio, una bola de nieve que cuanto más grande es menos susceptible de ser frenada y se extienda como una mancha de aceite. El resultado: la enorme mayoría de las personas pierden poder adquisitivo. Otras –de mayor soporte económico– pierden también capacidad de ahorro. Una ínfima minoría se beneficia, generalmente por aplicar picardías especulativas. Se resiente el país en su conjunto. Deja de crecer o decrece. Involuciona. Se hace presa más fácil de la voracidad de los que en el mundo están al acecho de oportunidades propicias para fechorías económico/financieras.

Lo que se termina de describir es casi una perogrullada, ampliamente conocida por la intelectualidad argentina. Porque es simplemente la historia que se repite implacablemente, desgraciadamente, indiscutiblemente desde hace muchas décadas. Con la prolongada, forzada, ficticia interrupción de los 90 que resultó ser un remedio más perjudicial que la enfermedad. Una inflación estructural que infecta como una septicemia al organismo social. Una enfermedad sometida desde hace décadas al cuidado de médicos incapaces y/o inmorales.

Cabe recordar que estamos hablando de una inflación anual del 10 al 99 %, la entrañable inflación de “dos dígitos”. Y con el riesgo bastante alto de convertirse en una de “tres dígitos”. En Europa los países encienden todas sus luces rojas cuando la amenaza es de una inflación cuyo porcentaje es posible designar contando los dedos de una mano.

Un funcionario del gobierno actual dijo alegremente lo de los pícaros (*). No hizo más que repetir exactamente lo mismo que ya dijeron otros jerarcas de gobiernos anteriores. Como si un comentario de ese calibre exculpara a la autoridad política de turno. En realidad, pone en mayor evidencia la inescrupulosa, delictiva actividad de miles de compatriotas que debieran ser identificados, juzgados, marginados: Argentina utópica.

Lo que acaba de leerse está escrito en un tono pesimista, un tanto fatalista, consecuencia de una frustración recurrente a lo largo de más de medio siglo. Un argentino nacido en los años 40 o 50 que no tenga una actitud así, puede ser quizás admirable. Puede quizás, tener el mérito del optimismo y la esperanza incondicionada. Un argentino que vivió la inflación y los brotes hiperinflacionarios que se sucedieron desde la posguerra hasta la actualidad y que no caiga en la desesperanza, está hecho de una madera noble. Pero, en mi opinión, no calibra la realidad apropiadamente.

Es conmovedor comprobar en esos argentinos, un sentimiento patriótico inconmovible, un deseo poderoso de ver a la patria redimida antes de morir, la generosidad de dar crédito a quienes se erigen en probables salvadores, una capacidad inagotable de paciencia y tolerancia. Es conmovedor y estimulante aunque en muchos casos, no alcanza para modificar una visión oscura de la realidad actual y del futuro argentino, como la que tengo.

* Es anecdótico y sintomático que muchos seudoperonistas pretendan demostrar su idiosincrasia peronista usando la palabra “pícaros” porque Perón la utilizaba con cierta frecuencia.

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