jueves, 3 de junio de 2010

Los sótanos del verbo

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El primer problema en que se encuentra atrapado el discurso alternativo (al sistema consumista) es que sólo se mueve a la defensiva. El sistema de la prisa (la vida que no es vida) ha impuesto la reacción sobre la comprensión. Los individuos aceptan (sin pensar) la carrera y quienes pretenden ofrecer resistencia no terminan de salir de la trampa del desgaste dialéctico, pues, es a través de la palabra como, el círculo omnipresente del poder económico, nos arrebata, segundo a segundo, los recursos de la tierra. Y será por medio de la palabra (instrumento inevitable para entregarse y liberarse) como podremos descifrar el idiotizado comienzo del siglo XXI.

Con la palabra maquillada los políticos ganan las elecciones; con la palabra contabilizada los empresarios administran el mundo y con la palabra desgastada algunos pretenden defender los derechos sociales de una mayoría incrédula. Los dueños del mundo (los tecnócratas) vendieron la idea (con la palabra contabilizada) de que la palabra estaba en desuso. Y muchos (tras comprar la muerte de la palabra) sobreviven levantando las banderas de la reivindicación social usando las migajas discursivas (que para la defensa) le dejó el poder.

Un "líder" sindical, a puertas cerradas, me dijo (con cierta sonrisa que se movía entre el desencanto y el cinismo) que yo no podía aspirar el "respeto intelectual" dentro de Europa (como si no me bastara con el respeto que me tengo a mi mismo) porque no era Mario Vargas Llosa. Luego de mi discreto silencio (para darle paso a la palabra interior), el "líder" salió de su oficina y saludó efusivamente a un inmigrante africano. ¿Cómo está el ladrillo?, le preguntó (¿Será que este hombre cree que las ideas no se sudan?, pensé). Poco después, el "líder" gritó en el pasillo una consigna a favor de la clase obrera. (Muy cuesta arriba debe ser defender a los trabajadores desde la desesperanza). Pobre hombre, pensé, lleva encima el peso de la palabra enferma. Y partí más reflexivo que nunca, dispuesto a pasar el resto de la tarde leyendo al poeta José Emilio Pacheco, todo un antídoto contra la palabra moribunda. "En medio de la catástrofe, al centro del horror que nos cerca por todas partes, siguen en pie, y hoy como nunca son capaces de darnos respuestas, el misterio y la gloria del Quijote". Y palabra a palabra seguí levantando mi edificio personal con los ladrillos invisibles que me permiten volar (y caer y volver) en medio de la nada.

Al caer la noche, luego de enfrentarme a la palabra de Pacheco (Tarde o temprano. Poemas 1958-2009), he reafirmado mi interpretación contemplativa de la sociedad actual. Vivimos tiempos de burlistas sin talento, de analfabetas funcionales; la sofisticación de la ignorancia representa (sin saberlo) el ejército más poderoso del sistema de consumo. Ante la imposición de la ley del "sálvese quien pueda", la mayoría ha terminado asumiendo que no hay tiempo para pensar. Parece que la orden es sobrevivir con la cabeza en reposo (el sueño eterno de los necios). Creo que la respuesta a este esquema absurdo (y estúpido) nunca la dará quien utilice las migajas discursivas que le ha entregado (para administrar hasta el derecho a la defensa) el poder tecnócrata. La respuesta tendrá que venir desde una revalorización del discurso, de la idea. Habrá que ir hasta los mismísimos sótanos del verbo para construir nuevas posibilidades individuales y colectivas. Que nadie se llame a engaño, la única palabra que está enferma es la que le pesa a quienes se rindieron en la carrera, pues, es evidente que gracias de la palabra mercenaria los grupos del poder capitalista han secuestrado el manejo de los hilos del mundo. Y la palabra del poder (por más que desde sus aparatos informativos promuevan la masificación de la idiotez) está más viva que nunca. De manera muy contundente (para asumir el cáncer) habría que comprender que la única palabra que está enferma es la que proviene del (pretendido) discurso alternativo. Sólo entonces podremos engendrar el verbo socialmente ofensivo del siglo XXI.

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