jueves, 17 de junio de 2010

Presencia de José Lezama Lima

Alfredo Herrera Flores (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Una de las ideas comunes de quienes se internan en la poesía de manera superficial, o por mero goce y disfrute de la belleza de la palabra, es que el barroquismo es sinónimo de lenguaje difícil, de palabras rebuscadas y muy cultas, de metáforas exageradas y, en consecuencia, suelen renunciar prematuramente a la lectura de estos textos.

En cierta medida esta aseveración prejuiciosa es cierta. Desde los poetas del Siglo de Oro español, como Luis de Góngora y Francisco de Quevedo, que renovaron tanto el teatro como la poesía con el estilo barroco, lleno de adornos y proliferación de metáforas, hasta el vanguardismo y surrealismo de principios del siglo veinte, la poesía en lengua española ha sabido conservar las tradiciones y, por ello mismo, el acceso a esa forma tan exuberante y casi enredosa de expresarse marcaba distancias entre el poeta y lector. Sin embargo, precisamente los poetas barrocos son los que mayores logros alcanzan respecto al uso del lenguaje para sus manifestaciones artísticas, característica que hasta hoy se mantiene.

Con el modernismo y las vanguardias americanas, la poesía sí advierte profundos cambios formales, y la atención se traslada hacia los poetas latinoamericanos que, en la primera mitad del siglo veinte, consolidan una nueva tradición que renovará, hasta nuestros días, la literatura hispanoamericana y, además, se ubicará en preferente lugar en el ámbito universal con nombres que, por ahora, no es oportuno repetir.

Sin embargo, en medio de esa nueva concepción poética, la tradición barroca vuelve, como un círculo sin fin, a manifestarse en la poesía latinoamericana con una voz que, en un principio, parecía ir contracorriente. En Cuba, un joven estudiante de derecho, asmático y proclive a la soledad, publica su primer libro, el poema, “Muerte de Narciso” (1937) y empieza a esbozar una novela monumental que publicaría recién casi treinta años después.

La novedad era que en ese poema José Lezama Lima (La Habana 1910 – 1976) dominaba ya un lenguaje que parecía desterrado, alardeaba de metáforas, construía versos preciosistas y decía mucho y al mismo tiempo nada: “Húmedos labios no en la concha que busca recto hilo,/ esclavos del perfil y del velamen secos el aire muerden/ al tornasol que cambia su sonido en rubio tornasol de cal salada,/ busca en lo rubio espejo de la muerte, concha del sonido”.

Esa impresión se confirmaría en 1941 al publicarse “Enemigo rumor”, ya un volumen complejo, barroco desde el título, que se vería luego como una sólida base sobre la que se levantaría la catedral de poesía que se empeñaba a levantar el cubano palabra por palabra, metáfora por metáfora. Esa década sería capital en la producción poética de Lezama Lima, en 1945 publica “Aventuras sigilosas” y en 1949 “La fijeza”, libros con los que llama la atención de la crítica y comienza a forjarse una corriente de seguidores que, con discreción y disimulo, van también asumiendo el barroco como una forma de expresión que, por lo menos en América Latina, no tenía antecedentes. Diez años después publicaría otra obra extraordinaria, “Dador”.

Caso aparte es el del peruano Martín Adán, por ejemplo, que de la misma manera y desde otro extremo, construye también un conjunto poético, de profundo barroquismo, que alcanzaría una complejidad tardíamente reconocida. Lezama Lima no es gigantesco ni excesivo, es abundante, y por eso corre paralelo a Martín Adán. El cubano va por lo visible y tangible, el peruano por lo oculto y milagroso, y ambos se asumen místicos, fieles a la palabra bien dicha.

El barroquismo en Lezama Lima no se hace difícil, sino delicado, comprometido, y por eso su lectura es asequible y hasta aleccionadora. Tiene una visión romántica de la poesía, dice, por ejemplo, que la “poesía es un caracol nocturno en un rectángulo de agua” y añade que “es una substancia tan real, y tan renovadora, que la encontramos en todas las presencias”.

Se dice que Lezama Lima no ha salido de Cuba más que en dos ocasiones muy breves, una a México y otra a Jamaica, en 1949 y 1950, respectivamente. Trabaja como funcionario en la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación y luego como asesor de Casa de las Américas, promueve y dirige varias revistas de literatura, entre ellas “Orígenes”, que se conocería luego como la más importante de las letras cubanas.

En 1966 José Lezama Lima se vuelve a poner en la cresta de la literatura latinoamericana al publicar su novela “Paradiso”, una extensa, compleja y conmovedora historia en la que decenas de personajes irán cruzándose en un ambiente histórico netamente cubano, pero con sentimientos y símbolos universales, lo que lo convierte a su vez en una nueva voz, esta vez de la narrativa en castellano. En “Paradiso” Lezama no abandona el barroquismo, por el contrario, su estética encuentra otros caminos por los cuales se expresa con la misma fuerza arrolladora de su palabra, su filosofía y su idealismo.

A pesar de ejercer funciones burocráticas y de participar en algunos certámenes de literatura, Lezama vivió prácticamente aislado, en una casa rodeado de libros donde vivía con su hermana y su madre, hasta que ella murió en 1964, y luego con su secretaria, que luego se convertiría en su esposa. Ya en los últimos años de su vida recibió homenajes y se publicó su obra completa, aunque póstumamente aparecieron otros libros, como la novela inconclusa “Oppiano Licario”, que seguía la misma ruta de su monumental “Paradiso”.

Este año se conmemora el centenario del nacimiento de este poeta que por su gordura y asma, por su delicada manera de ser, por su hermetismo y profunda solidaridad con el pueblo, fue descrito por José María Arguedas como una mezcla de hipopótamo y colibrí. Seguramente en la isla se estén organizando ya actividades por este aniversario, mientras que en otras latitudes, quienes lo leemos con fervor, estaremos también celebrando a su eterna salud.

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