jueves, 17 de junio de 2010

A propósito del Mundial de Fútbol: Las piernas de João

Marcelo Colussi

Cada vez que recordaba su época juvenil tenía la misma sensación: esa mezcla confusa de triunfo y traición. Su carrera había sido meteórica, similar a la de algunos pocos, tan distinta a la de tantos.

Aún era joven –apenas veinticuatro años– pero la intensidad de todo lo vivido le pesaba mortalmente. A veces se sentía demasiado viejo, o mejor aún: cansado. Llevaba dos intentos de suicidio.

Para João siempre fue un placer jugar fútbol. De muy pequeño, seis o siete años, ya se le veía el talento. En su favela natal –Mangueira, en San Pablo– daba que hablar a los mayores; todo le salía con tanta naturalidad, con tanta facilidad, que desde que comenzó a tener contacto con una pelota de fútbol hubo quien veía en él un futuro astro. Por cierto no se equivocaron los que así pronosticaban.

A los doce años tuvo que decidir entre la escuela o su verdadera pasión –dejar el trabajo como ayudante de basurero ni siquiera se lo cuestionó; eso era imposible. Por supuesto eligió el fútbol, sin siquiera pensarlo mucho. En su casa, su madre –que era con quien más contacto tenía; su padre nunca vivió con él y lo veía muy raras veces– tomó la decisión con la más absoluta naturalidad. En su lógica ambas cosas: estudio y deporte, eran pasatiempos que llenaban el día de su hijo mayor luego de las horas de trabajo con el camión de recolección de residuos. Para ella, aunque muy vagamente, el fútbol tenía una lejana conexión con dinero; la escuela no. Por tanto aquél valía más la pena que esta otra, sin dudarlo apenas un momento.

No fue un niño de la calle en sentido estricto; aunque se crió en medio de la favela, más fuera que dentro de la casa, el referente inmediato que siempre le acompañó fue su hogar. Prefería no recordar la sensación de responsabilidad que le daba ser el mayor de siete hermanos, y además de eso también lidiar con una madre alcohólica. La muerte de ella –aunque por supuesto jamás lo reconocería en público– fue más bien un alivio.

Cuando pequeño João jamás hubiera pensado que el fútbol podría darle de comer, y mucho más todavía; para él era una diversión, sólo eso. Como no tenía televisor no le eran muy familiares los grandes astros futbolísticos, famosos y millonarios, y toda la parafernalia del profesionalismo. Ganar dinero haciendo lo que más le gustaba no era algo que le pareciera muy lógico, no lo entendía.

La primera oferta que podría llamarse seria la tuvo, como decíamos, a los doce años. Un buscador de talentos lo vio y no lo pensó dos veces: terminado el partido en un predio baldío de la favela le propuso acercarse al San Pablo. Una semana después del ofrecimiento ya vestía la camiseta de la escuadra debutando en un encuentro amistoso contra el Palmeiras infantil.

Tuvo suerte, porque la programación original se alteró a última hora y el partido de demostración entre equipos de niños que estaba previsto como relleno pasó finalmente –por una desinteligencia logística– al lugar inmediato anterior a la final de la Liga. Para ese momento, entonces, el estadio estaba colmado, y ver jugar a jóvenes valores para todos era siempre atractivo. La suerte lo ayudó más aún, pues el marcador que debía perseguirlo se dobló un tobillo en los primeros minutos de juego, y quien lo reemplazó –un gordito bastante fuera de estado– era en realidad arquero puesto circunstancialmente a defensa. Ese día João estuvo inspirado como nunca; su juego parecía el de un adulto, y el último gol con que se selló el resultado (una media chilena desde el borde del área grande) lo hizo faltando dos minutos para el final, por lo que las tribunas estaban ya totalmente atiborradas siendo así visto por decenas de miles de personas que esperaban el partido principal. Nadie pudo dejar de hacer alguna mención sobre ese morenito que parecía prometer.

Por cierto nadie se equivocó; ese morenito delgado, esmirriado, con algún lejano antecedente de esclavo negro en su pasado, sin dos dientes producto de sus peleas callejeras en la favela natal, cuatro años después integraba la selección nacional de fútbol de Brasil. Y con dieciséis años era ya un fenómeno en todo el país. Talento, sin dudas, le sobraba.

Cuando le surgían los recuerdos de sus comienzos futbolísticos –cosa bastante frecuente que se le repetían a su pesar– no podía evitar sentir cierta vergüenza. Prefería no pensar –el alcohol y la marihuana lo ayudaban–; sin poder evitarlo, en lo profundo le retornaba esa sensación. Era como saberse traidor a su favela, a su gente. Cuando veía un basurero –los de Europa eran tan distintos a los de su natal San Pablo– se sentía interpelado.

–¡Pero si yo soy uno de ellos!– se le ocurría inmediatamente, –nunca dejé de serlo, pese a todo el dinero–.

Era una lucha interior. Si bien la muerte de su madre le significó desembarazarse de un problema que lo agobiaba, también le abrió un nuevo escenario nada fácil de sobrellevar. Mal o bien, en medio de sus borracheras era ella quien atendía a sus hermanos. Fallecida, los seis niños pequeños quedaron al cuidado de João. Claro que para ese entonces, ya en la primera división del San Pablo, tenía un considerable ingreso; pero el peso de la situación se le hacía intolerable. Cuando un mes antes de cumplir los dieciocho apareció la oferta de España respiró aliviado.

–Me voy– pensó –y en Europa empiezo una vida nueva–.

Así lo hizo efectivamente; llevó tres de los seis hermanos, dejando los otros al cuidado de una tía. La idea original era instalarse en el nuevo país y al cabo de un tiempo, preparadas ya las condiciones, juntar a todos. Pero ese momento nunca llegaba.

Así pasaron tres años, hasta que su vida comenzó a precipitarse en una sucesión de hechos sin retorno.

Primero vino el hijo. Tímidamente al principio, con desenfreno no mucho tiempo después, comenzó a adentrarse en el sexo. Pero no fue sólo conocer mujeres; de una primera novia casi inocente –con la que nunca llegó a tener relaciones; sólo ocasionales besos– pasó sin solución de continuidad a orgías pesadas. Ya en San Pablo, en la favela más precisamente, había conocido los placeres carnales. Las estrictas rutinas del fútbol profesional no le permitieron luego explorar mucho al respecto en los primeros tiempos de su carrera. Coincidentemente el hijo nació el mismo día de su cumpleaños; como no había sido planificado decidieron que la madre se lo quedaría. El no dejó de mantener a ambos.

Luego vinieron el alcohol, la marihuana –no pasó a drogas más fuertes–, el sexo desenfrenado.

Veintidós años, famoso, millonario, y al mismo tiempo tan vacío. João no sabía explicar qué le sucedía, pero no se sentía bien. En realidad no tenía ningún amigo de verdad con quien hablar. Conocidos había cantidades; allegados circunstanciales, muchos más. Pero con ninguno de ellos se encontraba a gusto. Pensó en el director técnico de su equipo: un alemán cincuentón, estricto pero al mismo tiempo tierno. La dificultad era el idioma, puesto que ninguno de ambos dominaba bien el español. Comunicarse por medio de un intérprete no le atraía, por lo que desechó esa idea finalmente.

Algo no andaba, lo sabía, lo experimentaba hondamente. No era con el fútbol; ahí, cada día más, las cosas le salían mejor. Ya en el primer año de estancia en Europa fue nombrado mejor futbolista de la temporada. Cada partido convertía al menos un gol; sus cabezazos se hicieron memorables, y su estilo de juego –picaresco, con una gambeta endemoniada– remedaba épocas ya idas, totalmente sepultadas por esquemas defensivos, cerrados y aburridos. Pasó a la historia un gol que hizo contra el Milan, por la copa UEFA, donde dejó en el camino a seis adversarios, incluido el arquero, y luego, antes de convertir, se sentó un instante sobre la pelota para luego empujarla con las nalgas. Entrevistado luego de esa proeza dijo antes los micrófonos –declaración no menos memorable que el gol– que había marcado sin la mano de dios… solito, solito.

En pocos años João era un ídolo internacional. Más aún lo fue cuando ganó la Copa del Mundo siendo el capitán del equipo brasileño, en una gloriosa final disputada ante el ascendente equipo de Estados Unidos, en Pekín, con dos golazos de su autoría.

Hasta los veintidós años fue un respetuoso y disciplinado futbolista. El nacimiento del hijo no le cambió fundamentalmente sus hábitos; de hecho el niño, a quien dio su apellido, quedó con la madre: una modelo eslovaca asentada en España. Los cambios se fueron dando sin que el mismo João pudiera darle razón.

En su primer período de jugador profesional, tanto en Brasil como en Europa, se entrenaba muy a conciencia. Jamás faltaba a una práctica, no trasnochaba, no bebía. Pero paulatinamente todo ello fue tornándosele repulsivo.

–De basurero era más fácil, no había tanta presión–.

Los contratos que firmaba, siempre asesorado por abogados –varios, tenía al menos dos– no los terminaba de entender. No le encontraba sentido a tener que mentir tanto. Según esos documentos se comprometía a decir ciertas cosas, y a no mencionar otras. Lo de no hablar de su pasado en la favela –que terminó aceptando porque una rubia de ensueño que no sabía bien por qué estaba en la negociación se lo pidió, y con la que luego se encontró en varias orgías– lo aceptó a regañadientes. Ese aspecto de su vida lo avergonzaba en cierta manera, pero al mismo tiempo sabía que eran sus raíces de las que no podía, ni quería, desprenderse. Cuando estaba solo –cosa que cada vez iba buscando más– comía a sus anchas: se quitaba los zapatos y agarraba la comida con la mano; además, no tenía que preocuparse si hacía mucho ruido o se manchaba. Compartir la mesa en público le desagradaba profundamente.

La primera vez que llegó a una práctica con algunas copas encima sintió mucho miedo; pensó que lo iban a regañar, que no lo dejarían jugar. Pero para su sorpresa jugó mejor que nunca.

Comenzaron a asquearlo ciertas cosas: firmar autógrafos por la calle en un primer momento no le era gravoso, pero luego, cuando se transformó en una odiosa práctica cotidiana, lo terminó hastiando. –¿Y si les digo que fui basurero, me seguirán pidiendo firmas?–

La primera vez que le repugnó su compañera amorosa fue una modelo francesa, exuberante sin dudas, que le propuso tener sexo anal si luego se fotografiaban juntos. Tiempo después no lograba recordar el nombre de la muchacha; sólo sabía que murió de una sobredosis de cocaína, y que finalmente nunca se tomaron las fotos.

Tenía mucho sexo, más del que algún contrato le estipulaba –cuando se acordaba de ese bendito papel se lamentaba haberlo firmado, aunque también disfrutaba con su contravención–. Sus entrenadores le decían que una actividad sexual excesiva no era conveniente para un gran astro como él, que eso terminaría por cortarle su carrera, ante todo lo cual João no entendía por qué debía abstenerse. –Si es de lo más lindo del mundo, casi tanto como jugar al fútbol. ¿Qué les pasa a estos viejos?–

Continuamente le decían –incluso los contratos lo fijaban tajantemente– que no podía consumir ningún tipo de drogas. Pero no terminaba de entender eso, pues vivían suministrándole pastillas que nadie le explicaba bien para qué eran; las justificaciones dadas por los médicos no le aclaraban nada. –Si no estoy enfermo, ¿para qué todo esto?–

Apenas leía y escribía en portugués; las clases de inglés y español que debía tomar –así lo estipulaba algún contrato– lo aburrían sobremanera. Pese a su poca afición a lo intelectual, de todos modos João aprendió a manejar con mucha suficiencia el Internet. Alguna vez, navegando sin ninguna dirección específica, lo llamó la atención una nota sobre "El negocio del deporte profesional", sin importarle el autor. Lo leyó con avidez de principio a fin sintiéndose completamente reflejado. Cada cosa que mencionaba el escrito lo hacía verse pintado de pies a cabeza. Aunque no entendió muchas de las palabras del texto, no pudo evitar llorar cuando leyó algo referido al "engranaje social", al "nuevo gladiador del circo romano que constituye el actual jugador de fútbol". Supo inmediatamente que lo que allí se presentaba era su vida, la de sus compañeros, la del equipo donde militaba. Sin dudas él, João, era el más emblemático de todos esos "gladiadores" –el más talentoso, el mejor dotado–, pero no el único.

–¡De basurero a payaso!– pensó con malicia. –Claro, gano mucho dinero, pero uno solo que salga de la favela no es nada. Ahora entiendo lo que nos decía el padre Tomás cuando éramos jovencitos–. Se refería a las palabras de un sacerdote que tuvo gran importancia en su vida, ligado a la teología de la liberación y asesinado por escuadrones de la muerte cuando João comenzaba su carrera profesional en el San Pablo: le insistía en que no olvidara sus orígenes –cosa que por aquél entonces él no lograba descifrar–, que él dejaba Mangueira, pero muchísimos otros muchachos no, que iba a pasar a ser el espectáculo con el que la favela soñaría al verlo en la televisión, pero sólo podía haber unos pocos João, que la vida real no era esa, que el dinero que ganaría no serviría para terminar con el hambre de sus compañeros, que el circo romano no había terminado.

La oferta para la película lo sorprendió. Justamente estaba atravesando su período de crisis con el fútbol, con su vida, con todas sus creencias; y por otro lado acababa de leer el artículo que tanto lo había conmovido, por lo que la decisión fue casi inmediata.

No buscó asesoramiento legal en este caso. La suma ofrecida lo tentó. –¡Ganar todo eso sin tener que entrenar, sin más esteroides –finalmente supo que eso era lo que le suministraban–… y además cogiendo!– Había entrado en una relación de rechazo con el fútbol, se sentía mal, asqueado, usado.

–Si es un juego, hay que jugarlo entonces, y no sufrirlo. Ya no quiero más concentraciones ni malas caras de los directivos–.

La película era una producción pornográfica; aprovechando su imagen de astro ganador sería el personaje principal consistente en un rudo exitoso, afortunado en el amor y en los negocios. Debía aparecer en ocho escenas de sexo explícito; doce mujeres –una más bella que otra– eran sus compañeras; sólo una era de su mismo color negro. Todas las demás, rubias relucientes. En algún momento se lo veía haciendo un gol.

Los contratos firmados con todas las empresas encargadas de su carrera futbolística eran multimillonarios; tan popular se había tornando en Europa que publicitaba no menos de una docena de productos. Desde ropa deportiva –lo más lógico– hasta pasta dentífrica, pasando por automóviles deportivos, comida para mascotas, aceite vegetal y hasta una campaña de prevención del Sida anunciando una nueva variedad de profilácticos musicales. Nadie estaba dispuesto a perder tanto dinero en juego, y la renuncia de João echaba por la borda unos trescientos veinte millones de euros.

Cuando se supo de su intención de retirarse de las canchas de fútbol, el desfile de personalidades que se le acercó pidiéndole revertir la decisión fue impresionante. Muchos en son amistoso, dando consejo, asesorando. Los abogados, no. Las medidas intimidatorias no se hicieron esperar.

En principio todos pensaron que era sólo un arrebato juvenil, una decisión tomada al impulso de algún cigarrillo de marihuana o de unos cuantos tragos. Se intentó buscar soluciones negociadas: que João rodara su película, pero que no abandonara totalmente el fútbol. Se habló incluso de fabricar algún accidente –una fractura, un desgarro severo– para encontrar salidas legales decentes: un alejamiento temporal, un posterior retorno triunfal. No faltó quien le dijo que sería tan "engranaje social, tan nuevo gladiador del circo romano" tanto como jugador profesional que como actor del circuito cinematográfico porno.

Pero la tozudez –o la convicción de la determinación tomada– pudieron más. João se empeñó en seguir adelante con su decisión hasta las últimas consecuencias: –¡no más negocio del fútbol, y punto!–

La película –"Un moreno caliente"– no fue el éxito que los productores esperaban. A duras penas salvaron los costos. Del dinero esperado no hubo más que las expectativas frustradas; el contrato hablaba de porcentajes sobre lo recaudado por exhibiciones, por lo que no tuvo por donde apelar. João se encontró en la dificultosa situación de afrontar demandas.

Cuando quiso reaccionar era ya demasiado tarde. Al fútbol profesional decidió no volver más –y las circunstancias actuales lo reforzaron en su postura–. Siempre siguió jugando, con alguna copa encima, con algún cigarrito de marihuana como fuente inspiradora. El talento no lo perdió, y seguía siendo la sensación de los pocos espectadores que llegaban para disfrutarlo en alguna cancha de segunda en Madrid, en círculos de amigos, en encuentros de ligas comerciales o universitarias. Al no sentirse presionado por resultados ni contratos, su juego se fue haciendo cada vez más estilizado, artístico. Goles de antología como aquel histórico de culito convertía en cada partido; los medios de comunicación, por supuesto, no se enteraban, y la fama comenzó a desaparecer. Pero no así el encanto, la belleza de cada movimiento, "la poesía de las piernas" como le escribiera algún bardo fascinado con su juego.

Lo que sí perdió fue la casi totalidad de sus cuantiosas propiedades. Las empresas perjudicadas por su abandono no se lo perdonaron cobrándole hasta el último centavo de lo que, según los contratos, João les debería haber rendido. Luego de todos los juicios sólo le quedó un pequeño apartamento en un barrio pobre de San Pablo, comprado para uno de sus hermanos. Lo demás –varias casas en España y en Brasil, un Mercedes Benz, un Ferrari, una villa veraniega en Suiza– se le fue pagando las indemnizaciones.

Siguió jugando fútbol, de aficionado. Como ya no entrenó con la regularidad de antes fue perdiendo un poco de estado, dejándosele sentir los kilos extras. De todos modos el talento continuó. Visto que había tomado esa categórica decisión de no volver al profesionalismo, comenzó a ganarse la vida bailando en un cabaret para homosexuales. La belleza de las piernas persistió. Justamente su nombre artístico fue "el poeta de las piernas", y en el medio del espectáculo a veces no dejaba de hacer algún malabar con la pelota. Por cierto, era erótico verlo hacer eso.

Hoy día, pasados ya algunos años y perdida la lozanía juvenil, dirige un equipo en la parroquia de su favela natal, sin sueldo. Y lava autos, para sobrevivir. El cura que reemplazó al padre Tomás –don Bruno, un italiano– le está ayudando a redactar sus memorias, que tiene pensado titular "El circo moderno".

Tomado de “Nosotros, los mediocres”, 2004.

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