sábado, 12 de junio de 2010

Se busca un amigo

Jaime Richart (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¿Quién dijo que un amigo es un tesoro? Probablemente yo mismo aunque no me acuerdo cuándo se me ocurrió.

Dicen que un día vieron al filósofo Diógenes a pleno sol y con un farol en la mano oteando el horizonte, y le preguntaron qué buscaba, y él contestó: "busco a un hombre". Si a mí me preguntaran qué busco, no diría que busco a un hombre (aunque la virilidad de hoy día deja mucho que desear casi reducida a la dimensión del pene y a los modales blandos), yo diría que busco un amigo.

Los he tenido: cuatro. Pero de los cuatro, tres se han muerto y el otro me abandonó. Me abandonó hace unos años y por un motivo bien sabe Dios que trivial. Así me enteré de que pese a haber mantenido con él un trato de amigos durante sesenta años, no había sido en realidad un amigo. Debió tratarme y fingir amistad porque las distintas conveniencias que se le fueron presentando a lo largo de su vida, emboscaron fácilmente su verdadero sentimiento. Sentimiento más del golfo que busca seguro refugio en quien confía, que del auténtico amigo para todo. Sesenta años... Se dice pronto. Un motivo trivial es, además, mucho más penoso. Este es mi caso relacionado estrechamente con el interés, pero a casos como el mío se puede sumar las malas pasadas que juegan a la amistad las convenciones sociales, la política o la religión. Muchas que fueron amistades se malogran a causa de esos tres factores, como en las guerras civiles se matan entre sí los hermanos. Claro que hay quie¬nes llaman amigo a cualquiera tienen por amigo de cualquiera. Y al decir cualquiera me refiero a quienes no han demostrado su amistad segura en la ocasión insegura...

Creo que hubiera podido pasar mi vida como un asceta, sin amor físico, pese a tenerlo sumamente placentero. Pero, quizá por esto mismo, por vivir plenamente satisfecho de amor conyugal en todos los aspectos incluido el sexual, me ha gustado siempre tener un amigo verdadero. La amistad, como todos los nobles sentimientos, está gravemente damnificada también por la modernidad. Hoy es muy difícil tener un verdadero amigo, y mucho más que dure la amistad toda la vida, como lo que duró la amistad que tuve con los otros tres ya fallecidos. Me temo que hoy día se huye de ese reto y se siente pronto fatiga, como cansa vivir mucho tiempo con la misma persona.

Sin embargo es preciso reconocer que la crisis que sufre el amor humanista, reducido cada vez más a la física y a la fisiología, potencia el sentimiento de la amistad que no se ve tan afectado por los avatares de la moda. Pero como lo que fueron vicios, poco a poco o de repente son costumbres, hasta la propia magia que hay entre dos grandes amigos se puede ver afectada con cierta gravedad por la injerencia de la pareja.
Creo que cuantas más amistades creemos tener, menos amigos tenemos en realidad y en menos amigos podemos confiar. Y es, en parte, porque todo el mundo dice tener amigos, pero nadie quiere serlo. Y quien presume de muchos es porque no tiene ninguno. El Talmud advierte: tu amigo tiene un amigo, y el amigo de tu amigo tiene otro amigo; por consiguiente sé discreto. ¿Conoce la sociedad española en su conjunto qué significa discreción y es capaz de distinguir a un buen amigo?

El caso es que si me sobra amor, echo de menos un amigo: ése que hace posible compartir muchos momentos en silencio. Hay muchas cosas que perturban la amistad, como perturban el amor. Pero en estos tiempos destaca sobre todo como gran perturbador un ar¬tefacto: el móvil. En otros siglos en que también, o sobre todo, el amor total estaba tan exaltado, había quien hacía un viaje de tres mil kilómetros en Europa... sólo para estrechar la mano de un amigo, como nos refiere Stephan Zweig. Dice Oscar Wilde, en uno de sus muchos oxímorones, que un amor para toda la vida dura menos que un amor pasajero. Pero en el caso de la amistad, o es vitalicia... o nunca existió.
Me conmueve Voltaire cuando dice que todas las grandezas de este mundo no valen lo que un solo amigo. En todo caso el amigo auténtico, como el amor auténtico y como las placas tectónicas, se va ajustando a base de contracciones del alma y el paso de mucho tiempo. Desconfía de quien se dice amigo tuyo sólo porque ha hablado contigo un par de veces, y no esperes encontrarlo entre los compañeros de profesión o en los negocios.

Ya no tengo edad para esperar que el paso del tiempo me procure una gran amistad. Pero tú, si encuentras o reconoces al verdadero amigo, a pesar de los cambios continuos que imponen estos tiempos locos y a pesar de la fragilidad y fugacidad de los actuales sentimientos, considéralo el mejor premio a tu vida que puedas sospechar.

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