viernes, 30 de julio de 2010

Dos hermanos

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Con sus 41 años cumplidos, Ovidio había dedicado la mayor parte de su vida a estudiar. Esa era su pasión, y cada vez sentía más intensamente que debía seguir haciéndolo. Al modo socrático se deba cuenta que cuanto más estudiaba, más descubría que sabía muchísimo menos de lo que deseaba. El círculo se cerraba en sí mismo, y la única salida era seguir estudiando.

Así pasaba sus días; estudiando, y dando clases de filosofía.

Su doctorado en Alemania no le había modificado su tradicional humildad. Seguía siendo siempre el mismo muchacho tímido, con aire de asustado, escondido tras los inconmensurables anteojos con marco de carey que, a duras penas, se quitaba sólo para bañarse o para dormir.

Su formación académica realmente era buena: alumno brillante desde la escuela primaria, siempre había sido el estudioso de toda clase donde asistía. Poco hábil para las cosas prácticas, para la vida, para el amor, lo suyo había sido siempre casi con exclusividad esconderse tras un libro. Casi no conocía su ciudad natal, pero hablaba correctamente alemán, inglés, francés e italiano; y de su paso por el seminario (cuatro años, y nunca contó por qué un día decidió no continuar) guardaba el dominio del latín y del griego clásico. Además de experto en filosofía, su formación cultural general era vasta: conocía muy en detalle historia universal, arte, leía con profusión sobre temas variados y, “como pasatiempo” decía él, tocaba más que aceptablemente el violín.

Nunca se le había conocido mujer.

Si algo lo caracterizaba era su meticulosidad, su cuidada prolijidad para todas sus cosas intelectuales (no así para las materiales. Vestía siempre muy desarreglado y su aseo personal dejaba mucho que desear). Remedando a Kant, decía que él era tan puntual como el pensador germano, a cuyo exactísimo y repetitivo paso por la plaza de su Königsberg natal –al menos así contaba la historia– la gente ajustaba sus relojes. De todos modos, “I can’t be Kant” sentenciaba jocoso Ovidio. Eso era el mayor nivel de jocosidad que podía pedírsele, dicho sea de paso. Jamás reía; a lo sumo, una tibia sonrisa por cumplido.

Ricardo, su hermano tres años menor, era todo lo opuesto. Mujeriego como él solo, fanfarrón, bullanguero, nunca había terminado sus estudios universitarios. Ya llevaba tres matrimonios –sólo uno con hijos– y, aunque no estaba claro cómo lo lograba económicamente, siempre se lo veía vestido a la rigurosa moda, con ropa de la más cara, y con frecuencia cambiaba el modelo de automóvil.

Por diversos motivos, y con características diametralmente opuestas, ambos hermanos eran muy conocidos en la universidad. Uno, como profesor de la más alta calificación –y aburrido solterón crónico, además–; el otro, como Secretario de Rectoría, sin un papel académico específico pero con un gran poder de decisión y manejo en lo interno de la institución.

Se comentaba que Ricardo era bisexual.

Entre ellos dos había poca relación. No era precisamente mala; en todo caso, era escasa. Vivían en zonas bastante alejadas de la ciudad, y sin mayor hábito de visitarse, el único lugar donde a veces se veían –casi nunca se hablaban– era la universidad.

La hermana mayor, Sonia, no vivía en Chile. Ella era exiliada política, y desde hacía largos años, cuando había comenzado la dictadura militar, residía en Canadá. Conectada siempre a sus dos hermanos menores, pese al tiempo transcurrido seguía haciendo el papel de hermana mayor/madre que le había tocado jugar años atrás. En alguna medida, era ella la que, un tanto forzada, incluso artificialmente, mantenía la unión entre ambos muchachos. Si de ellos hubiera dependido, en Santiago, probablemente nunca se hubieran continuado dirigiendo la palabra.

Ricardo sentía una cierta envidia de Ovidio. En realidad lo tomaba por un estúpido, por un viejo solterón maniático lleno de problemas psicológicos –su tic en la ceja izquierda era el más evidente por cierto–, pero secretamente le hubiera gustado tener esa formación sólida. En la intimidad, cosa que jamás reconocería con nadie, se sabía un tanto torpe en términos intelectuales. Más que torpe: vago, despreocupado, un haragán absolutamente inconsecuente que nunca había podido terminar sus estudios de derecho. Al lado de su hermano, siempre brillante en el estudio, él se empequeñecía. Era a causa de esa sensación que, cada vez que podía, se burlaba de Ovidio en aquello donde se sentía superior. Eso, por cierto, no era muy difícil de lograr, pues Ovidio resultaba un tonto para todas las cosas prácticas de la vida.

Como Secretario de Rectoría, Ricardo vivía entorpeciéndole el trabajo a su hermano. No le hacía cosas especialmente graves, pero sí suficientes para molestarlo: cambiarle un aula a último momento, demorarle un listado de alumnos, no prepararle lo necesario para un examen. Es decir: pequeñeces de la cotidianeidad que tornaban las cosas más incómodas, más complicadas.

Dado que Ovidio era extremadamente detallista y meticuloso con todo lo de su trabajo, esas pequeñas dificultades lo alteraban sobremanera; se ponía rojo, sudaba, se le elevaba la presión, y a veces, no pudiendo contenerse, gritaba. Tenía algo de tragicómico verlo así, con esa apariencia grotesca, desaforada. De todos modos, no pasaba de allí: gritaba un poco, llamaba a su hermano para que le solucionara el problema –cuando podía encontrarlo– y al rato se olvidada de la cólera. No podía creer que estos inconvenientes fueran hechos intencionadamente. Más bien los atribuía a la torpe y siempre insanamente lenta burocracia. Cuando alguna vez alguien le sugirió que era Ricardo quien movía hilos detrás de todo esto, no lo creyó. Su hermano, a quien no se podría decir que amaba entrañablemente –Ovidio no amaba a nadie–, tenía para él el valor de lo que hubiera querido ser pero veía como imposible: astuto, rápido con las mujeres, resolviendo todo con celeridad. Era su modelo de éxito.

Sin saberlo, ambos se envidiaban mutuamente un poco.

Beatriz tenía 21 años y compartía dos características; sería injusto mencionar una primero que la otra, porque ambas eran igualmente importantes, y por igual las dos la habían hecho famosa en toda la universidad. Era una estudiante de maravillas, con el promedio más alto. Con su corta edad ya conocía en profundidad varios pensadores clásicos, discutiendo sobre ellos con soltura. Por otro lado, su atractivo físico era más propio de una reina de belleza que de una estudiante de filosofía. Si bien rara vez se maquillaba –vestía muy informalmente, siempre en sandalias y blusas sueltas– tenía un toque de encanto que no dejaba de llamar la atención de nadie. Hasta el grupo de lesbianas organizadas que había en la universidad –bastante numeroso en verdad– la tenía como objeto de atracción (por no decir veneración). Beatriz nunca había tenido pareja, ni homo ni heterosexual.

Ovidio la cautivó.

En realidad, el austero profesor no tenía nada de atractivo físico. Enjuto, siempre escondido tras sus lentes, con una imagen más bien asexuada –“herencia del celibato de los años de seminarista”, aclaraba él– y una incipiente calva que lo hacía lucir más viejo de lo que era, para el sentido común Ovidio jamás hubiera podido ser el elegido de Beatriz, esa por la que “hemos llenado botellas y botellas de semen manualmente conseguido”, según decía un graffiti en el baño de varones en la Facultad de Humanidades. El mismo Ovidio no lo creía, pero la realidad es la realidad, cruda y descarnada imponiéndose siempre: fue Beatriz quien tomó la iniciativa terminando en la cama una noche de jueves, luego de una clase.

“De Heidegger al coito anal o del ser-ahí a la sexualidad picaresca”, propuso la avanzada estudiante al timorato profesor como tema para un próximo seminario. Ovidio simplemente transpiraba y tragaba saliva. No estaba acostumbrado a tratar con mujeres en situación de intimidad; no sabía qué decir, qué hacer. “Por suerte”, pensaba, “al menos se me paró”. Sólo envidiaba a su hermano. Incluso pensó en llamarlo al día siguiente para pedirle orientación, aunque rápidamente desechó la idea.

Beatriz, que pese a su envidiable belleza jamás se comportaba como una diva ni como una comehombres, notó que le salía con inusual facilidad su papel de provocadora. La actitud desencajada y distante de su profesor, más que hacerla retroceder, la envalentonaba.

Lo cierto es que, luego de esa explosión de sensualidad donde Ovidio sólo se dejó llevar, comenzó una relación muy particular.

Oficialmente nunca aparecían juntos; es más, se seguían tratando de “usted”. Pero comenzó a ser un secreto a voces que catedrático y alumna estaban pololeando. Tan público fue, que llegó a oídos de Ricardo.

Para él eso fue un golpe bajo. Beatriz hacía tiempo, ya más de un año, que era el foco de sus atenciones. Desde que la vio por primera vez quedó deslumbrado, pero cuando supo de su gran rendimiento académico, eso lo deslumbró más. Las insinuaciones y flirteos que Ricardo le comenzó a hacer, no hicieron la más mínima mella en ella. Al contrario: más bien alimentaron su rechazo hacia él.

Una mañana, deliberadamente, Ricardo llamó por teléfono a su hermano con cualquier excusa. En el medio de la conversación sobre algún anodino aspecto administrativo, fue buscando acercarse al tema que le interesaba: “la preocupación de las autoridades de la universidad a partir de la conducta que se observaba en ciertos profesores quienes, violando normas éticas elementales, se propasaban con sus alumnas”. Ovidio, inmediatamente se dio por aludido.

De ningún modo pensó que eso podía ser una estrategia perversa de su hermano –una más, entre tantas que siempre utilizaba contra él–. Por el contrario, se sintió tocado, descubierto en su travesura. De inmediato comenzó a pensar en el mundo de complicaciones que todo esto le podría traer. De ningún modo se le ocurrió qué deseaba con Beatriz, qué pasaba con sus propios sentimientos, qué querría ella si se enterara de esa preocupación de las autoridades. La sensación de miedo, de terror paralizante fue inmediata. Ya se veía detenido, conducido con esposas por la policía y acusado de violador. “¿Y qué voy a leer si caigo preso?”. Lo único que pensó fue en cómo su carrera docente se podía venir abajo en un santiamén. Lo demás, no contaba.

Decidió que lo mejor sería alejarse radicalmente de Beatriz. De inmediato comenzó a maquinar cómo lo haría: quizá una simple esquela a mano, o tal vez un correo electrónico. Lo importante era dejar claro que la relación no podía continuar.

Ese mediodía –inusualmente se había puesto minifalda, y estaba más provocativa que nunca– la joven lo buscó en su cubículo, como ya estaba empezando a ser costumbre, para ir a almorzar juntos. Ovidio fue terminante, incluso descortés. Trató de ser deliberadamente rudo, frío y distante. Beatriz no entendía.

El profesor prefirió no dar mayores detalles; se enfrascó en que la relación era una locura, que no tenía futuro y que mejor terminar todo. La joven no salía de su asombro. Ni siquiera pudo llorar. Era tal la sorpresa que no podía creer que lo que escuchaba de boca de Ovidio fuera cierto. Llegó a pensar que se trataba de una broma.

Pero no lo era. Definitivamente el profesor estaba resuelto en su determinación: el miedo que le había infundido su hermano en la conversación le había cambiado su ánimo en forma radical. No podía ni quería reflexionar al respecto. Los ruegos de Beatriz no lograron nada. Finalmente la muchacha optó por irse.

Dos días después de esta primera llamada, Ricardo insistió. Con sutileza, casi como al pasar, volvió a mencionar el tema. Ahora fue más duro; dijo que el Rector en persona, luego de una reunión de Consejo Universitario, lo había llamado para decirle que no se tolerarían esas “asquerosidades” de relaciones entre docentes y alumnas, que eso manchaba el buen nombre de la institución y que si se sabía de algún catedrático que incurriera en tamaño desliz, se procedería judicialmente. Ricardo lo dijo impersonalmente, hablando en general como si se tratara de una resolución administrativa, sin ponerle pasión. Pero sabía que eso estaría desesperando a su hermano. Sin dudas, no se equivocaba.

Ovidio llegó a decir, no sin incoherencia, algo que intentaba ser una excusa; algo así como que él no había hecho nada por el estilo, que no era culpable de nada. Acucioso, viendo que trastabillaba, Ricardo lo provocó.

–Hermanito, ¡pero tú no harías nada así!, ¿verdad?–

Ovidio comenzó a transpirar.

–¿Cómo se te ocurre?–, respondió tartamudeando.

–No, no, claro… Simplemente te preguntaba. Estoy seguro que tú no te meterías en algo así. Un profesor de tu categoría no haría una cosa tan baja, por supuesto.–

Algo en la actitud de su hermano alertó a Ovidio; intuyó que había una exageración inusual, sobreactuada quizá. ¿Por qué esa insistencia hacia él? ¿Por qué tantas indirectas? Algo andaba mal.

Por su parte, Beatriz seguía desconcertada. Esa misma incertidumbre la llevó a tomar una decisión: ir donde Ovidio para pedir explicaciones. Esta súbita reacción de su pareja, inexplicable por cierto, debería tener una causa. Y eso era lo que ella quería saber. No sólo lo quería: iría a exigir las respuestas del caso.

Prácticamente obligó a Ovidio a que se vieran, pese a la resistencia de éste. La llamada telefónica fue terminante: amorosa y al mismo tiempo perentoria. Beatriz no estaba dispuesta a renunciar de ese modo incomprensible a una relación que comenzaba a llenarla cada día más. Estaba profundamente enamorada, y eso ya es mucho; pero ahora lo que se atacaba era su racionalidad. Eso no tenía nombre, no lo podía dejar pasar.

Se vieron en un bar fuera de la universidad. Ovidio tenía una actitud de derrotado. Accedió a ir, pero en el momento del encuentro se lamentaba de haber aceptado.

–No nos vamos a andar con engaños, Ovidio. Aquí no necesitamos disimular nada, porque nadie nos conoce. No puedo creer que de buenas a primeras hayas cambiado así. ¿Qué está pasando?–

Ovidio permanecía mudo, mirando el techo.

La joven insistió varias veces, con ternura al principio, enérgica luego, para terminar enojándose.

–Mira, huevón –y sabes que te digo “huevón” con ternura–: yo sé que tú no eres así, que jamás hubieras tomado esta decisión de buenas a primeras. Aquí algo está pasando. Y perdona que te lo diga de este modo, pero estoy segura que no se trata de otra mujer. ¿Qué pasó, Platoncito?–, así lo había bautizado simpáticamente ella. –¿Qué está pasando? Dime, con confianza–.

Fueron necesarios muchos ruegos de Beatriz para que Ovidio se atreviera a hablar. Siempre esquivando la mirada, entrecortadamente pudo decir:

–Mi hermano me lo dijo…–.

–¿Te dijo qué?–.

–Que me van a meter preso–.

–¡Estás loco, mi amor! ¿De dónde sacaste eso?–.

Ovidio estaba por llorar. Sintió que las palpitaciones le aumentaban peligrosamente.

–¡Pero no, mi Platoncito!– agregó Beatriz tratando de calmarlo tomándole maternalmente una mano. –Nadie te va a meter preso por estar de novio, por amar a alguien–.

La conversación se prolongó por más de una hora. El profesor fue saliendo de su estado de estupor con la ayuda de su alumna/novia, y de pronto sintió entender todo.

–Cuando me decían que era él quien orquestaba esos supuestos errores que tanto me molestaban, no lo podía creer. Pero ahora veo que era cierto. Me odia, siempre me ha odiado y trata de destruirme…–.

La cólera acumulada fue saliendo cada vez con mayor fuerza. Los ojos le brillaban. Beatriz nunca lo había visto así, y llegó a sentir miedo.

–Yo nunca había querido a nadie, lo sabes… Hasta que apareciste tú. Todo lo que siento por ti no lo voy a dejar porque a este cabrón se le ocurra. ¡No, eso ni pensarlo!–.

Beatriz lo escuchaba entre anonadada y temerosa.

–Se me está ocurriendo algo: ¿te casarías conmigo?– propuso resuelto Ovidio.

La sorpresa fue grande, pero no lo suficiente como para que Beatriz dejara de reaccionar con cordura.

–¡Claro que sí, mi Platoncito! ¿Cuándo?–.

–Mmmm… ¡ahora mismo!–.

–Sí, claro… pero ¿y la clase que tú me das? No creo que se vea bien que el esposo tenga de alumna a su esposa. ¿Qué tal si lo dejamos para cuando haya aprobado Metafísica?–.

–Casémonos y lo mantenemos en secreto entonces–.

–Pienso que puede ser peligroso. Finalmente se van a enterar, y si tu hermano quiere tomar eso para joderte, lo va a hacer–.

Elucubraron largamente cómo proceder entonces. Después de más de dos horas sentados, varios cafés y casi un paquete de cigarrillos, salieron resueltos. Ambos llevaban una sonrisa de satisfacción; era evidente que algo habían tramado secretamente, algo que les daba energía, que los alegraba hondamente. Si hasta ese momento se sentían unidos, a partir de lo que en esa mesa de bar hablaron, se sintieron mucho más.

Al día siguiente Beatriz solicitó una entrevista formal con Ricardo, para el caso: con el Licenciado Ricardo Sagastume Valdivia. Tenía que exponerle un problema administrativo, argumentó a la secretaria cuando pedía la audiencia. Le dijeron que en unos días le podían confirmar la fecha de la cita, pero esa misma tarde el hermano de Ovidio ya estaba llamándola a su teléfono móvil para confirmarle el encuentro. Con una cortesía exagerada le propuso que fuera a la mañana siguiente.

Dado que Beatriz tenía clases por la mañana, trasladaron la reunión para la tarde. “Mejor aún”, pensó Ricardo, porque a la tarde solía haber menos gente, “así sería más fácil”.

La joven fue con falda; no una minifalda escandalosa, pero sí lo suficientemente provocativa como para encender pasiones. Y como cosa curiosa: se maquilló y llevaba tacones.

Sin lugar a dudas, estaba muy atractiva. Ricardo se salía de sus casillas (“los bajos instintos”, como gustaba decir, lo invadían). Dijo dos o tres formalidades tratando de ser amable, pero no podía disimular que se derretía por la muchacha. Sus ojos no se retiraban de su provocador escote. Beatriz, a propósito, dejó caer un papel para buscar que se tocaran, casualmente en apariencia. Eso encendió más aún a Ricardo.

No estaba claro si era o no bisexual, pero lo cierto es que con las mujeres funcionaba muy bien. En unos instantes se ponía al rojo vivo, “listo para golpear” según su machista metáfora militarista. “Inadvertidamente” rozó los pechos de Beatriz cuando se agachó para recoger el papel caído. De ahí en más, cualquier escena de película pornográfica empequeñecía ante lo que sucedió esa tarde en la oficina del Señor Secretario de Rectoría. La seducción había sido casi instantánea, y quien viera lo ocurrido no podía distinguir entre provocación o abuso deshonesto. Era de todo un poco.

Al principio Beatriz se había resistido, pero luego accedió al ataque de Ricardo. Sin dudas había mucho de histriónico en lo sucedido; o más aún: en la forma en que sucedió. Eso mismo –el histrionismo exagerado, lo peliculesco de toda la escena– llamó un poco la atención a Ricardo, pero el calor del momento no le permitió considerarlo con la cabeza fría. Las hormonas pudieron más, y todo concluyó con una estruendosa eyaculación de él dentro de Beatriz, quien llegó a un orgasmo mucho más estruendoso aún, con gritos que podrían haber alertado a secretarias a más de cinco oficinas a la redonda. Pero como era la tarde –hora de menos movimiento… y de mayor permisividad para estas travesuras –nadie se enteró de nada. O, por lo menos, nadie contó nada. Terminado el coito, la muchacha reaccionó con una airada protesta alegando violación, quizá desproporcionada para el placer que parecía haber estado experimentando un momento antes. Tomó la ropa que se había dejado sacar a manotazos y, siempre maldiciendo a su atacante, salió dando un portazo.

El plan salió tal como estaba pensado, salvo ese pequeño detalle de la eyaculación. No debía ser adentro; eso estaba fuera de lo planificado. Beatriz estaba un poco preocupada porque era la primera vez en su vida que estaba usando pastillas anticonceptivas. Hasta ahora, en la relativamente activa vida sexual que había llevado, siempre se había manejado con condones. No conocía bien esto de las pastillas, y en verdad le resultaba muy engorroso, lo sentía pesado.

La filmadora del celular funcionó a la perfección. El lugar donde “casualmente” lo dejó cuando entró a la oficina fue el indicado: se captó toda la escena con lujo de detalles. Sus negativas antes sus insinuaciones perfectamente podían dejar ver que lo actuado por Ricardo era violación sexual.

Así fue como se caratuló el caso.

El escándalo fue mayúsculo; dado que no era personaje muy querido por el estudiantado, la ocasión sirvió para desatar una ola de repudio en su contra que facilitó su inmediata defenestración de la universidad. Cuando era inminente su apresamiento por parte de los carabineros, huyó. Nadie supo dónde marchó; lo cierto es que jamás se volvió a ver en la ciudad.

La conmoción que creó todo el hecho no fue poca; incluso se le dio bastante cobertura en los medios locales. Dado que era Santiago, la capital, la noticia adquirió necesariamente ribetes nacionales. Por supuesto sirvió para que más de alguien hiciera leña del árbol caído, mostrando que en las instancias públicas “pueden suceder estas barbaridades”, mientras que en las casas de estudio privadas “los estudiantes están mucho mejor”.

Pasado el incidente, y seguramente motivados por ello, Ovidio y Beatriz decidieron hacer público su amorío, proyectando ir a vivir juntos en un corto plazo. Esperaron que Beatriz aprobara la asignatura para consumar la decisión, y a poco de hacerlo informaron también a todo el mundo del niño en camino. Beatriz estaba embarazada de cuatro meses cuando aprobó Metafísica –con la mejor calificación, valga decir– y la alegría le salía por los poros. Otro tanto pasaba con Ovidio, que secretamente pensaba que nunca iba a lograr tener una pareja, y mucho menos, concebir un hijo.

Nació el vástago finalmente, y le pusieron Trasímaco de nombre, en memoria del sofista de Calcedonia que los tenía fascinados con su profunda visión de la estructura humana: “la ley es lo que conviene al más fuerte”. Ambos eran hiper críticos de todo, de sí mismos ante nada. Su hijo, según decidieron, se debería criar según esa matriz de espíritu libertario, nunca conformista, siempre en búsqueda de la verdad.

Así lo hicieron. Trasímaco, a sus cuatro años, era un niño con un sentido de independencia que llamaba la atención. Sus padres, por supuesto, estaban especialmente orgullosos de eso, y a diario lo alentaban viendo en su hijo un prospecto de filósofo. Siguiendo a Ovidio, ya arrancaba algunos sonidos al violín.

Cuando aparecieron los problemas respiratorios, los dos se sintieron morir. Trasímaco era lo máximo en sus vidas y no escatimaban esfuerzo alguno para atenderlo. Fue así que, referidos por su pediatra, consultaron con un neumonólogo de lo más reputado en toda la ciudad, que hizo valer su fama con el más que generoso valor de la visita. Incluso la cobró en dólares. De hecho, le quitó gravedad al asunto, pero ante todo prefirió hacer una prueba de ADN y comparar los resultados con los de sus padres para pesquisar algún trastorno genético a la base de la sintomatología.

Para el especialista fue difícil encarar la situación: según el estudio realizado, el padre biológico de la criatura no era Ovidio. Era alguien muy cercano en términos genéticos, pero no era él. Pese a toda su experiencia profesional, no le fue fácil abordar a la pareja; era hacer patente una situación “rara” que, inexorablemente, llevaba a considerar que quien había embarazado a Beatriz no era su compañero de vida. Aunque quien había pasado ese material genético –ahí estaba lo trágico de la situación– era alguien muy parecido a Ovidio, no era él. Era difícil decir eso. Con la neutralidad y respeto que pueden conferir el delantal blanco, luego de pensar la mejor estrategia para comunicarlo el médico se limitó a informar los resultados del examen. Cómo se procesara eso después por el matrimonio, no le concernía. Con esos resultados en la mano se pudo establecer un tratamiento puntual que en pocos meses restableció totalmente la salud de Trasímaco. Del problema respiratorio no quedó ni señal. Pero las cosas ya
no pudieron ser las mismas entre sus padres.

Derritiéndose en llanto, de rodillas, pidiéndole perdón como jamás se imaginó que pudiera hacerlo en su vida –menos ante un varón– Beatriz se deshizo en súplicas para que Ovidio tratara de entenderla. En la fingida actuación en la Rectoría de años atrás para conseguir inculpar a Ricardo, las cosas se habían ido un poquito de las manos. Lo que no tenía que suceder, sucedió. Ricardo había eyaculado dentro de ella.

Como esos días Beatriz y Ovidio tenían una intensa vida sexual, y ella, confiada en las pastillas que estaba tomando nunca le pidió a él que no eyaculara dentro, cuando resultó embarazada pensó –“¡convencidísima!”, según juró y perjuró mil veces– que el hijo era de Ovidio. Si en algún momento dudó y pudo pensar que tenía que ver con el error de la actuación y que podría ser de Ricardo, maníacamente lo borró. No quiso ni imaginarlo, no se lo permitió dudar, no compartió la inquietud con Ovidio; simplemente lo borró, lo anuló de una vez para siempre. Al menos, eso pensaba.

La noticia comunicada por el neumonólogo trajo a escena nuevamente una pesadilla que ella creía olvidada en forma permanente. Evidentemente, no lo estaba tanto.

Después de dos días sin hablarle, desoyendo los ruegos más inimaginables que le hacía Beatriz postrada de rodillas y bañada en lágrimas, con una frialdad imperturbable que a él mismo le sorprendía, Ovidio mató de seis puñaladas a su ex alumna.

Lo hizo todo calculadamente. Avisó a los padres de Beatriz que ella estaba de viaje fuera de la ciudad por unos días, se encargó de descuartizar prolijamente el cadáver que fue arrojando por trozos en distintos tarros de basura en puntos distantes de Santiago, y se las arregló para que Trasímaco no se diera cuenta de nada.

Una semana después del asesinato, igual que había sucedido con su hermano, desapareció de la ciudad sin dejar el más mínimo rastro, llevándose consigo al hijo.

Según nos contó vez pasada un estudiante de quinto año de Filosofía, de quien por razones obvias no vamos a dar su nombre y al que sólo designaremos como “Anaximandro” –se entiende que es un subterfugio, ¿no?– por circunstancias increíbles de la vida parece ser que vieron juntos a Ovidio y a Ricardo en la ciudad alemana de Leipzig. Nuestra fuente, que tiene un íntimo amigo becado estudiando en esa germánica urbe y es quien le pasó el dato, nos informó que, según le transmitieron, viven en la misma casa, el uno trabajando de docente dando clases de Lógica en varias escuelas medias, ganándose así pobremente la vida, y el otro es parte de un colectivo de homosexuales extranjeros que lucha por sus derechos (sexuales y de ciudadanía, ambos…), trabajando de cajero en un supermercado; y entre ambos siguen criando a Trasímaco, que hoy ya es un adolescente y forma parte de un grupo de hip hop latino.

Marcelo Colussi es argentino y radica actualmente en Guatemala. Escribe relatos de ficción y ensayos de filosofía política.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.