viernes, 30 de julio de 2010

El insomnio

Rodolfo Bassarsky (Desde Arenys de Mar, Barcelona. España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

I

Roklin tiene 75 años y al filo de la senectud sabe que le aparecerán ciertas necesidades muy similares a las que tienen los niños. Por aquello tan remanido de que los viejos se parecen a los niños. Es verdad. Actitudes, posturas, necesidades y hasta pensamientos infantiles se insinúan en la personalidad del anciano. Pero obviamente con un telón de fondo muy distinto. Las expectativas son amplias, diversas, épicas en un niño. Estrechas, acotadas, modestas y resignadas, en un viejo. Con la experiencia ocurre lo inverso. Reducida, en formación, vacilante y tierna en el niño. Robusta, sólida, magna y omnipresente en el viejo. Éstas y otras diferencias matizan aquellos regresos.

Roklin se mira al espejo y descubre mil diferencias más. Súbitamente, observando la imagen de su cara, se queda perplejo. Puede comprobar, como una revelación inesperada, la inocencia, la ternura, la candidez de su mirada. Igual que la mirada de un niño. Una mirada pacífica e inmaculada, reflejo fiable del alma. Mira bien y tiene la certeza de que la mirada, es decir la intención de los ojos y no los ojos, es lo que lo conmueve. Porque los ojos vidriosos del viejo, las arrugas que lo rodean, la flaccidez de los párpados, no son los de un niño. Tiene la percepción convincente de que esa mirada es otra regresión, en este caso, sublime.

II

Roklin, como tantos ancianos, padece un insomnio que en buena medida le arruina el día. Es su problema mayor ya que no sufre un deterioro físico importante. La artrosis con sus dolores tolerables, la afección prostática benigna, los inconvenientes con la dentadura y necesariamente la reducción de capacidades y habilidades propia de la edad de sus huesos, sus músculos y sus arterias, etc. Como se sabe, todas ellas disminuciones asumibles cuando el intelecto está intacto como en Roklin.

Las 3 de la madrugada, Roklin desvelado, sentado en la cama con los ojos abiertos, las sienes latiendo, las piernas inquietas, el pensamiento nebuloso, elemental y pesado, recorre como un tonto los destellos que entran por la ventana y dibujan pequeñas superficies móviles sobre las paredes de la habitación, escucha un lejano ronroneo procedente de un gato callejero y otros ruiditos anodinos cuya procedencia es imposible identificar.

III

De repente le viene, como si fuera una necesidad primitiva, como el hambre o la sed, una necesidad infantil acuciante, perentoria. Su mujer, de espaldas a él, duerme a su lado. La mueve dulcemente aunque con firmeza para despertarla. Le da un beso en la frente y se cerciora de que abra los ojos. Un instante después, con sorpresa, resignación y como preguntando ¿por qué?, Elizabeth se incorpora y mira fijamente a su marido.

- Elizabeth, cuéntame un cuento.

Como un niño que no puede o no quiere dormir, Roklin siente la necesidad de un cuento. Tiene la seguridad de que un cuento contado como se cuentan los cuentos destinados a hacer dormir a los niños, será eficaz. Debe ser un cuento sencillo, de muy fácil comprensión, contado, o mejor cantado de manera monódica y llana como se canta por ejemplo un introito en el canto gregoriano. Un cuento que remita a imágenes y sensaciones que acaricien con suavidad y ternura, como las caricias que necesita un niño. Una canción hipnótica convertida en cuento. Pero un cuento, no una canción de cuna, más apropiada para bebés y no para un niño de primera infancia como el niño que habita el alma de Roklin insomne.

Elizabeth percibe inmediatamente que su marido le implora, no le pide, le ruega con amor, un cuento.

IV

Dos tragos de leche tibia sirven para aclarar la voz somnolienta y gangosa de Elizabeth.

Había una vez… Había una vez un viejito de frondosa barba blanca que vivía en una cabaña de madera en medio de un bosquecillo de pinos cercano a la aldea. El hombre vivía con su mujer y era feliz. Los dos hijos se habían ido lejos y visitaban a sus padres de vez en cuando. Los ancianos tenían una huerta, una jaula con doce pájaros cantores, dos vacas lecheras y un gallinero. Cuatro ovejas…

Roklin se estira, queda quietecito, pero no se duerme.

… que hacían crujir las agujas secas de los pinos que alfombraban el suelo que circunda la casita. El viejo, que era robusto y saludable, tenía un problema: no podía dormir bien. Tardaba en conciliar el sueño y se despertaba varias veces. Un día durante el insomnio, despertó a su esposa y le pidió que le contara un cuento:

Había una vez un viejito de frondosa barba blanca que vivía ……………………..
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Había una vez un viejito de frondosa barba blanca que vivía ……………………..
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Había una vez un viejito de frondosa barba blanca que vivía ………………………
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Había una vez un viejito de frondosa barba blanca que vivía ………………………

Roklin se duerme y sueña que es el único Roklin en el mundo, pero que hay muchos viejitos cuyas vigilias demasiado largas les arruinan el día.

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