viernes, 9 de julio de 2010

El niño ignorante de la ilustración: Educación, formación e instrucción en Locke, Rousseau, Condorcet, Kant y la enseñanza libre

Jesús Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

John Locke, padre del empirismo inglés, como preceptor de la nobleza no pretendió crear un sistema educativo sino explicar los delineamientos que debían seguirse para la educación de los niños de la nobleza, con lo que haría una reflexión profunda sobre su bondad, sus defectos y sus alcances.

Su propósito no era lograr que sus alumnos se volvieran críticos, ni lógicos ni oradores eximios, tampoco que llegaran al fondo de la metafísica, la filosofía natural o las matemáticas, ni que se convirtieran en doctores de historia, pero sí les brindaba un poco de cada materia para abrir las puertas de la reflexión.

Para ello procuraba tratarlos como hombres lo antes posible, para que fueran convirtiéndose en adultos, ya que las conversaciones serias elevarían las mentes juveniles más allá de las ocupaciones usuales de la juventud y en cosas en las que los muchachos suelen perder el tiempo, por ello, Locke recomendaba que los padres no mantuvieran a sus hijos a distancia pero el tiempo no debía ocuparse en brindarles lecturas o en dictarles lecciones magistrales sino en enseñar a los chicos aquello que debían observar y respetar; lo que recomendaba era escuchar al muchacho, acostumbrarlo al raciocinio, de tal forma que las reglas le resultaran sencillas, para que resultaran autoafirmativas y sólidas, lo cual redundaría en el aprecio que el alumno daría al estudio y la instrucción; para ello, ilustraba sus tesis con ejemplos, para inducir el juicio, para abrir el entendimiento juvenil, pero no con máximas sino mediante prácticas, ya que las palabras suelen ser débiles y poco más que las sombras de las cosas.

Había que preocuparse de que los niños no fuesen malinterpretados, así no se le diera cuanto pidiese; por ello, estimulaba que los niños pudieran pedir cosas a sus padres, quienes con ternura debían complacerlos y proveérselas.

La recreación resultaba para él tan necesaria como la comida, de tal suerte, que sugería dar libertad a los niños para que se divirtieran a su manera, siempre y cuando lo hicieran con inocencia y sin perjuicio para su salud.

Debía enseñárseles a compartir lo que tuvieran, de una forma libre y fácil y aprender de la experiencia.

La curiosidad era, para él, un apetito del conocimiento, que debería ser alimentada para eliminar la ignorancia en la que nacemos, ya que esa es la única forma de salir de la inutilidad.

Sabía que los niños odian estar ociosos, por lo cual, aconsejaba procurar que su humor estuviera siempre ocupado en cosas útiles, de tal forma que sus actividades resultaran recreativas y no mero deber. Los niños debían tener muchos juguetes pero no debería comprárseles ninguno, para que sus mentes se alejen de lo superfluo, para que se vuelvan inquietos, siempre deseosos de tener algo más, sin nunca sentirse absolutamente satisfechos.

Las mentiras debían criticarse como cosa monstruosa y no tratarse como las faltas ordinarias; su repetición debía acarrear la reconvención y el rechazo por parte de su prójimo y si aún así el chico no se curara debería procederse al castigo físico, a sabiendas de que los niños, temerosos del rechazo de sus actos, tratan de excusarse, cosa que puede estar cercana a la mentira y llevar a ella, por eso las excusas no deben ser toleradas sino curadas al inducir en el excusador y el mentiroso sentimientos de vergüenza antes que recurrir a la violencia misma.

También debía instruirse en relación con las virtudes superiores, inducir al control de los modales, la alimentación, acudir a la corrección y tratar de eliminar las malas inclinaciones para así frecuentar los buenos hábitos.

Para Locke, los niños no debían trabajar ni ser obligados a estudiar antes de que lo hagan con libertad y gusto.

La mayor habilidad del maestro es procurar y mantener la atención del alumno, ya que lograrlo hace avanzar con rapidez al alumno, para ello hay que mostrar la utilidad de los conocimientos que se le imparten con gran dulzura y ternura, de tal suerte, que el niño sensible logre amar el conocimiento, como algo que contribuye a su bienestar, ya que hay que ganarse el afecto del alumno para que aprecie lo que se le enseña; por ello, no hay que enseñar todo lo aprensible sino estimular el amor del estudiante al estudio y al conocimiento.

Habría que enseñar a someter los apetitos a la razón. En fin, habría que enseñar a los niños a cuidar de sí y de su salud, cuidar su alma y su cuerpo, saber qué castigos han de imponérseles, qué recompensas, tanto como saber qué hacer con ellos en la educación.

Locke no arrebata la función educativa a los padres, ya que consideraba que los niños deben ser educados en casa, por sus padres, así se consiga un hayo para ellos, quien debe tener ciertas condiciones; consideraba que los padres deben familiarizarse con sus hijos, considerar su temperamento, sin procurar tener gran imperio sobre los niños, quienes no deben acostumbrarse a llorar y se debe inspirarles el valor antes que el miedo y corregirlos ante sus inclinaciones a la crueldad.

La mirada sensualista de Locke lo llevaba a utilizar los sentidos como el canal para que el ser humano aprehendiera la realidad, de tal modo que la conciencia quedara inmersa en todo un mundo de experiencias sensoriales, en el ámbito donde el sujeto mismo vive y actúa, lo cual implica, a su vez, tanto la formación intelectual como del carácter, de tal suerte que el organismo aprendiera a soportar las fatigas y rigores y la mente a utilizar la razón como instrumento, de esa manera podría adquirirse un cuerpo fuerte y vigoroso que obedeciera al espíritu, mediante un sano desarrollo del infante; para ello privilegiaba la educación individual sobre la colectiva y la enseñanza privada a la pública, a la que tachaba de perversa; para ello, daba especial importancia a la educación corporal, para lograr un equilibrio entre la mente y el espíritu, a través de la percepción por los sentidos, del juego y del uso de las fuerzas propias para dominarse y actuar con provecho sobre el mundo externo, por lo cual, daba enorme importancia al juego, a la libertad de acción y de iniciativa, como elementos fundamentales de la educación del intelecto; así, los niños podrían aprender jugando con cubos y letras; Locke era un defensor a pie juntillas del lema de mente sana en cuerpo sano, como ideal para el ser humano, ya que el mayor bien de éste es el poder contar con ambas cosas. Esto lo escribiría en 1693 en sus Pensamientos sobre la educación.

Juan Jacobo Rousseau (1712-1778) consideraba que para una adecuada educación de los niños se debería considerar la observación y el conocimiento de la naturaleza, de sus necesidades y facultades, un asunto que había sido previamente formulado por Locke pero que el ginebrino desarrollaría con mayor profundidad, de tal forma que sus tesis pedagógicas se convertirían en las teorías más avanzadas de la época, el cimiento de la pedagogía moderna.

En Emilio o la educación, en 1762, el filósofo propone una educación favorecedora del desarrollo corporal en los primeros años de vida, como necesario parra la formación intelectual y parte de un desarrollo integral y de conexión con la naturaleza.

El niño se convierte para Rousseau en centro y fin de la educación siempre y cuando el niño sea educado en la libertad, en la experiencia propia, con gran estímulo de la curiosidad, se procure el desarrollo de todas sus aptitudes y tendencias naturales, para lo cual, el preceptor ha de conocer y comprender la evolución natural; sólo así se lograría una educación activa como medio para adquirir el conocimiento natural.

El Emilio se compone de cinco libros, que estudia los desarrollos biológico y psicológico de los infantes. En esta obra, Rousseau abogaría por una educación naturalista, en la que habían de respetarse los procesos naturales, sin imposición alguna, sin forzar los aprendizajes sino que recomienda al preceptor que espere que se den con el tiempo, en un permanente diálogo con los alumnos.

Rousseau sería un representante de una izquierda pequeño burguesa, un acervo crítico del feudalismo y del absolutismo despótico, defensor de las libertades civiles y de la igualdad entre los ciudadanos, que el veía alterada por la existencia de grandes propiedades privadas en la tenencia de la tierra.

También fue todo un crítico de la educación feudal, que consideraba considerar que la formación debería orientarse a la actividad y al trabajo para la formación de artesanos honrados.

En la línea de Rousseau, había que pensar no sólo desde la perspectiva naturalista sino también en relación con la educación política del ciudadano, ya que la relación del sujeto con la autoridad depende de la relación del niño con el adulto y si así es la cosa, si en el proceso educativo, el niño no ha contado sino con la opresión y la arbitrariedad del mundo adulto, confundirá dicha autoridad con la del Estado o de sus gobernantes. Por ello, llegó a pensarse que la autoridad ejercida sobre el niño debía ser tan impersonal, como la autoridad de la Ley a la que se somete el ciudadano, es decir, para mirarlo desde el punto de vista psicoanalítico, más basada en ideales del yo, como sistemas de valores éticos, que canalicen las pulsiones en iniciativas creadoras, válidas en sociedad y reconocidas por otros, como diría Françoise Dolto, que en yoes ideales arbitrarios y tiránicos.

Por ello, Rousseau recomendaba no ordenar nada al niño pero tampoco dejarlo hacer cualquier cosa, con lo cual iría en la línea propuesta por Freud en su prólogo al libro de Aichhorn, en el que el padre del psicoanálisis recomendaba al maestro ir como un Hércules, entre el Escila y el Caribdis, entre las rocas del autoritarismo y el laissez-faire, justamente por el medio.

Sin embargo a Rousseau se le criticaría el dejar en suspenso la educación de la razón y del juicio moral, asuntos que tanto preocuparían a Kant.

Es sabido, que el filósofo de Könisberg consideraba la autoridad y la disciplina escolar como necesarias, sin abandonar al niño al espontaneismo sugerido por Rousseau, ya que el niño quedaría librado a la omnipotencia de pulsiones desordenadas, múltiples y contradictorias y de esa manera que el sujeto infantil debía sujetarse en un proceso de inscripción en la cultura, para trascender su naturaleza inacabada, de tal suerte, que el hombre se construyera a sí mismo en su humanidad, al construir sus propias leyes y hacer un sano uso de su razón, de tal suerte que los movimientos naturales anárquicos quedasen domeñados.

La educación entonces sería fundamentalmente una disciplina, una especie de adiestramiento e inculcación de hábitos, lo cual no implicaría un simple condicionamiento, ya que el objetivo de la disciplina sería la creación de hábitos formales y de conciencia de que las acciones han de estar reguladas por un ordenamiento, de acuerdo con leyes neutras y objetivas, que han de regir para todos.

Esa educación que podría tener como corolario la educación bismarckiana, que sería contra la que chocaría la que chocaría el romanticismo del siglo XIX, el cual aspiraba a la reconciliación de la humanidad consigo misma, con el fin de formar hombres buenos, con una formación humanista, armónica y universal, en la cual se atendiera tanto la educación del cuerpo como la del espíritu, orientada por hombres embebidos por la mística de la búsqueda de la excelencia de su tarea, que amasen los niños y vibrasen con ellos, siempre al lado de sus pupilos, sin rendir culto al Estado, a la manera que lo hacían los alemanes.

La propuesta tenía una clara orientación libertaria, basada en la introspección, en el conócete a ti mismo para acceder a una epifanía del ser.

Para preservar la libertad del niño, el pedagogo habría de integrar la alteridad entre el maestro y el pequeño, para establecer un vínculo educativo, donde la libertad del niño encuentre su apoyo en la del maestro, siempre y cuando ésta sea el principio fundador de la educación.

Eso sería una enseñanza libre, que procure evitar la alienación, todo un reto político para la democracia.

Para Rousseau, la libertad era la primera condición para la felicidad, por ello, él procuraría una educación llevada bajo la égida de la libertad natural, absoluta e inalienable, que tendría dos vertientes una la del vínculo de la libertad con la razón, que es el problema planteado en el Emilio y la de la libertad como elemento fundamental de la vida ciudadana, como respuesta política, que iría en la línea de El contrato social, en el que el ideal sería que cada ciudadano se una a todos pero no deje de obedecerse a sí mismo y permanezca libre.

Estos dos ideales roussaunianos serían los que Condorcet pretendería integrar, de tal suerte que el Poder público desarrollara una instrucción pública, que permitiera a cada ciudadano convertirse en sujeto de su propia educación, como persona responsable, de tal suerte que en la escuela se enseñe a cada individuo lo que necesita para conducirse y gozar con plenitud de sus derechos.

Si instruir, etimológicamente, significa construir, edificar y enderezar, educar significa cuidar y criar, de ahí que la educación sea una función de la familia mientras la de la escuela sea la de la instrucción pública, como lugar de la enseñanza, ya que la educación por el Estado no sería para Condorcet conveniente y se acercaría más a la pedagogía espartana , que sacrificaba los conocimientos para asumir el Estado la educación de los niños, cosa con la que el francés no acordaba, ya que el quería romper con el aristotelismo que cree al niño dependiente de la polis; para él, un rousseauniano a carta cabal, todo hombre se pertenece ante todo a sí mismo, como depositario de una razón autónoma, que es la que una instrucción pública debería desarrollar, ya que Condorcet pensaba que los antiguos no tenían noción ninguna de los Derechos individuales y los seres humanos no eran sino máquinas, con sus resortes ajustados a los mecanismos que dirigía la ley, de tal suerte que el ciudadano se perdía en la ciudad y los individuos en la nación.

Claro está que Condorcet no renuncia a los ideales republicanos: en definitiva lo que busca es la formación de un buen ciudadano, como hombre social, pero mediante una educación realista, basada en la realidad y valga la redundancia.

La educación debe ofrecerse tanto a los varones como a las mujeres para que los seres humanos al amar las leyes, sepamos juzgarlas, como uno de los ideales de una educación democrática, en la búsqueda del bien público y de la verdad iluminadas por el saber, el derecho y la libertad, para asegurar ésta en un medio con una masa de ciudadanos ilustrados, con una preocupación humanista, como la más firme de todas las bases, ya que una ciudadanía instruida y reflexiva sería la que debe votar y denunciar los riesgos de los abusos del Poder, en contraposición con la voluntad general, cuyo acuerdo consensuado es el Contrato Social, propuesto por Rousseau.

Así las cosas la instrucción y el cultivo personal contribuyen a la propia estima y al amor a la humanidad.

De lo que se trataba entonces no era de crear una sociedad capaz de dejar atrás los lastres del Antiguo Régimen, y no sólo modificar sus leyes sino de cambiar las conciencias, tras el objetivo de llevar a la especie humana al progreso, mediante la divulgación científicas y la difusión del saber, que debían dejar de ser el privilegio de una casta cerrada, ya que de lo que se trataba era de la creación de un hombre nuevo, público, capaz de estar a la altura del orden constitucional, lo cual obligaba a tener una filosofía general de la educación, discriminada de la instrucción pública, orientada al pasaje del mundo de las sensaciones al de las ideas, con la constitución de una capacidad crítica e ilustrada, lo cual permitiría la superación de la ignorancia para pasar a ser sujeto instruido y libre en Estado de Derecho, para lo cual había que procurar que la instrucción se hiciese popular, para garantizar la autonomía personal y la igualdad entre los seres humano, ya que la tiranía sólo puede ejercerse cuando prevalece la ignorancia y la corrupción se aprovecha de ella, como el huevo de la serpiente, siempre pronto a empollar.

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