jueves, 1 de julio de 2010

Gente normal

Jon Juanma (Desde España. Colaboración especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El Planeta Tierra visto desde el espacio es sorprendente. Esa forma esférica cuasi perfecta, su mayoritario azul intenso moteado de tierra siena, y el contraste con la oscuridad del cosmos, le confieren una apariencia absolutamente intrigante y mágica. Pero si nos acercamos más, si en el interior de la atmósfera cruzamos la estratosfera hasta llegar a la troposfera, lo que veremos será cada vez más fascinante: montañas rocosas contorneadas por ríos que caen formando saltos o trazan sinuosas curvas sobre su superficie añeja, praderas engalanadas de intenso verde, bosques llenos de innumerable fauna y flora, mares inmensos de enérgicas y majestuosas olas, insólitos paisajes de… y así podríamos seguir infinitamente.

En las zonas más urbanizadas de nuestro mundo se contempla una gran masa compuesta de diminutos puntos, esparcidos por diferentes pueblos. De diferentes formas y colores, de movimientos pausados o más o menos veloces, son los principales actores del escenario global. En los libros suelen llamarlos seres humanos u homo sapiens, pero sin duda, si acercamos el objetivo de nuestra cámara logrando imágenes más próximas de los mismos, comprobaremos que se trata de otra especie más específica: “la gente normal”.

La podemos encontrar en los mercados, las calles, el metro, los colegios o haciendo cola en los hospitales públicos. Si seguimos acercándonos más, incluso podremos distinguir sus rostros, sus nombres, sus vidas...

La gente normal suele despertarse bien temprano, con o sin el murmullo de los niños. Algunos lo hacen acompañados, otros anhelando compañía. Algunos se levantan antes de lo normal porque deben soportar largas colas de tráfico antes de llegar a la oficina, otros tienen el trabajo tan cerca de casa que éste no les abandona ni, cuando agotados, vuelven a la cama. Algunos viajan con otra gente normal, en autobuses repletos, mientras divisan la fábrica, la mina, el centro comercial o el astillero, lugares donde seguro pasarán la mayor parte del día (o su noche). Otros rodeados de moscas, y sin trabajo remunerado, intentan cada día construir embarcaciones imposibles para alcanzar otras tierras donde, sobreexplotándolos, no les nieguen el sustento.

A veces la gente normal se enamora. A veces, le rompen el corazón. Algunos de ellos se vuelven a enamorar, otros dejan de creer en las hadas para siempre. En ocasiones, también sucede que el revoloteo de las mismas les vuelve a brotar desde el estómago, quieran o no. En la retaguardia, Cupido espera con desigual puntería dispuesto a atravesar gargantas, mentes, piernas, brazos y a veces incluso corazones. También hay gente normal que se acostumbra a vivir sola y cuando está acompañada sólo sabe causar daño. Unos pocos (los más valientes, locos o soñadores), siguen amando contra viento y marea, pese a naufragios e inundaciones, incluso a antiguos amores, bajo la grácil e indestructible sábana del hechizo o la condena. A veces, tanto enamorados como solitarios enferman, y deben aprender a hacer frente a las adversidades. Todos tienen amigos, mejores y peores, con ellos comparten un té, un mate o unas cuantas cervezas. Los hay que prefieren agua mineral con un poco de limón. Todos adoran la música, disfrutando de su compañía mientras se confiesan desdichas, sueños y esperanzas, entre miradas, llantos y sonrisas. Hay reuniones con amigos y hermanos, padres e hijos, abuelos y nietos, también algunas donde se reúnen la mayoría de ellos. En ocasiones se besan, se abrazan, se escuchan, se ayudan, se entienden...incluso consiguen ser felices.

Pero a veces la gente normal tiene miedo...

a perder el trabajo y no poder mantener a los suyos; a conservarlo, y no tener tiempo ni de verlos. Frecuentemente, para retenerlo, se estorban, se mienten, se dañan. Mientras tanto, muchas hijas e hijos de la gente normal estudian y trabajan duro toda la semana. Y algunos, bastantes que son ya muchos, cuando llega el sábado noche en los alienantes oligopolios del ocio de cualquier urbe se meten cocaína, toman pastillas, se evaden con la marihuana o se emborrachan con esa otra droga tan aceptada por nuestras sociedades llamada alcohol. Intentan olvidar el olvido y los encadena la soledad, corren más deprisa huyendo de la duda del no saber (se), porque nadie les dio un nombre, ni sueño, ni certeza, ni sentido y sólo logran arribar una y otra vez al mismo punto de partida. La cultura del capital los dejó desmemoriados, asustadizos, perdidos en el laberinto. A veces, les sangra la nariz y otras, no recuerdan nada de lo que hicieron la noche anterior. Otras se marchan de casa con un “hasta luego mamá”, o “mañana hablaremos papá” pero ya no vuelven jamás. Entonces llegan las oraciones a la Virgen o a los Santos, a Jesús o Alá… “¿Jehová me oyes?” Incluso los hay que no ruegan porque desconfían de lo intangible, pero todos lloran. Todos.

A veces, hay a gente normal a la que de repente se le abre la tierra bajo sus pies y se pregunta el porqué mientras se precipita por el despeñadero. Otras, le llueve plomo extranjero, desde el cielo, de frente o por abajo. Las balas de la codicia perforan su cuerpo o el de sus amigos y familiares, mientras las bombas de la ambición borran cualquier paisaje anteriormente conocido, querido, añorado. La sangre brota y las lágrimas se entrecortan, pero siempre continúan tras un coro de quebrados sollozos. Los más desdichados de esas guerras, los vivos, continuarán inmunes en su pena a los psicólogos de Oxfam, los bienintencionados informes de la ONU y los moralismos de los sacerdotes de la Iglesia. Las lágrimas no entienden ni entenderán nunca de “inteligencia emocional”. Como el río que debe llegar al mar, en cuanto tenga un poco de agua brotará de nuevo, con más fuerza si cabe, hasta descansar en paz. Porque cuando a la gente normal le roban la vida, dinamitando presente y futuro, sólo le queda la terca esperanza del descanso, el reencuentro, la unión con la infinitud y la calma del silencio.

Llegan momentos en que la gente normal, cansada de tanta anormalidad, no puede más, y se vuela la tapa de los sesos.

Pero... ¿por qué si hay tanta gente normal, el mundo va tan (anor)mal? Puede que sea porque la gente normal, en realidad, pinta una puta mierda.

Llevamos muchos siglos en los que la gente normal no ha tenido derecho a tener una vida normal, probablemente porque vivimos bajo el azote del más anormal de los sistemas posibles. Aquél que lo supedita todo (y a todos) a la lógica del máximo beneficio de una minoría. Cuando el interés privado se convierte en el omnipotente cacique de la tribu, y su continua reproducción en el príncipe más querido del imperio, lo público queda relegado como perpetuo forajido. El interés privado manda y permite que la gente, empeñada en que tengamos una vida normal, acabe en la cárcel acusada de peligrosa terrorista o bien marginada en las amplias prisiones de la libertad de prensa por anarquista, socialista, comunista o cualquier otro -ista menos fascista, chovinista, racista, derechista, etc.; frecuente relleno de costosos trajes y corbatas de italianas marcas.

Llegados a este punto podríamos preguntarnos que, si la gente normal vive en un sistema tan poco normal, ¿dónde están los anormales que lo sustentan? Quizás no haya que buscarlos en las colas de los supermercados, en los atascos, en las escuelas del barrio o frente a la consulta del doctor, quizás y sólo quizás, haya que mirar bien hacia arriba para poder localizarlos. Y ver tan alto es complicado, con la luz apuntándonos de frente, cegándonos. Pero nos es posible intuirlos viajando en aviones privados, sentados junto al borde de una gran piscina en sus enormes mansiones o a bordo de lujosos yates varados en algún glamuroso puerto del Mediterráneo. También podríamos volar con la imaginación a uno de esos oasis de lujo y ostentación de alguna teocracia árabe productora de petróleo o quizás a un inmenso rancho texano, o viajar hacia algún paraíso fiscal de fronteras garantizadas por todas las potencias expropiadoras del “Primer Mundo”, o a un edénico paisaje de alguna diminuta isla caribeña cercada por un disciplinado séquito de mercenarios privados. Por supuesto, es seguro que los encontraremos en amplios áticos de rascacielos con helipuerto y salones con decenas de monitores encendidos en Nueva York, Berlín, Shanghai, Hong Kong, São Paulo, Moscú, Mumbai o Tokio. Los más poderosos de ellos con los teléfonos en sus agendas de algunos de los más importantes primeros ministros, banqueros, especuladores, directivos de empresas farmacéuticas, magnates de conglomerados mediáticos, rectores de universidades privadas (y públicas), monarcas, vendedores de armas, obispos, directores de servicios secretos, propietarios de grandes buffets de abogados, industriales culturales, narcotraficantes, altos militares y demás polimórfica casta “realmente existente” y dirigente. Destaquemos que no conocemos a ninguna gente normal a la que inviten a sus reuniones o fiestas de cumpleaños, si descontamos al personal del servicio.

Mientras dejemos que esta gente tan poco normal nos alimente con pienso transgénico y nos entretenga en sus corrales privados con juguetes ajenos, la gente normal seguirá volviéndose loca y muriendo en el matadero. Y mientras ellos gobiernen, la normalidad no podrá vestir más que con los santos harapos de la Utopía y las distintas Revoluciones que anhelan su nacencia. Mientras los de siempre firmen decretos e implementen sus políticas de muerte, la gente de a pie continuará haciendo ese tipo de cosas tan anormales que nunca desearon hacer como despedir del trabajo a una madre soltera embarazada porque le era más rentable a la empresa, venderle un coche de lujo a un narcotraficante o crack al hijo del vecino de la esquina, endorsarle un plan de pensiones a un viejito senil o reventarle la cabeza a un muchacho iraquí porque algunos que no conoce (y pintan mucho) lo tildaron de peligroso terrorista.

Mientras el mundo arda de esta manera no habrá normalidad para nadie. Por muy lejos que la gente normal se crea de la hoguera, las llamas la alcanzarán de un modo u otro, inexorables, implacables. Y los que crean vivir una vida normal o aspirar a tenerla ante semejante escenario deliran y la falsa normalidad se les verá truncada un mal día, tras los ojos de un joven violento, asustado, resguardado y azuzado por el cobijo de una mara, que les disparará en la sien por la más variopinta de las sinrazones, o despertarán con el frío de una navaja hundiéndose en su vientre atravesado por la urgencia monetaria que dicta la dosis de un moribundo drogadicto, que antes fue hijo, quizás también padre. Los cimientos de barro de la normalidad seguirán desmoronándose con la deslocalización de una fábrica y la pérdida de empleo, con la bajada de las pensiones, el aumento de la jornada laboral y la edad de jubilación, con el fin de la cobertura social para millones de campesinos firmada con la ejecutora mano de un anónimo burócrata del Partido Único, ahora amante de la economía de mercado, o con la no renovación del contrato de trabajo por aferrarse a no vender mentiras tras las siglas de un “respetable” medio de comunicación o cualquier otra sacrosanta institución de nuestra ingesta sociedad de la mentira permanente.

Y ante tanta impostura y el tamaño de la tragedia, algunos prefieren, cual bálsamo de penas y conciencias, repetir que no hay nada que hacer, que todas estas calamidades ocurrieron siempre, ocurren y ocurrirán, por lo siglos de los siglos...

¿Amén?

“La gente normal”, tanto de cerca como de lejos, son en realidad… personas. Los otros, pese a sus esfuerzos, también. No lo olvide nunca.

Nosotros somos más.

Jon Juanma es el seudónimo de Jon E. Illescas Martínez, artista plástico y teórico del socialismo, investigador y creador del Sociorreproduccionismo Prepictórico.

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