viernes, 30 de julio de 2010

La mujer adúltera del siglo XIX

Jesús María Dapena Botero (Desde España. Colaboración especial para ARGENPRESS CULTURAL)

De entre las grandes mujeres adúlteras de la cultura, aquella que rescató Cristo en el pasaje evangélico, Emma Bovary, Ana Karenina, la Regenta de Leopoldo Alas, la hija de Ryan, cosa que se repite aún hoy con la amenaza de apedrear a la iraní Sakineh Mohammadi Ashtiani, que cuestionan las moralidades imperantes en cada momento, Effi Briest se levanta entre ellas, como personaje brotado de la pluma de Theodor Fontane, novelista y poeta germano, nacido en 1819 y muerto en 1898, considerado el máximo exponente del realismo literario alemán, gracias a su estilo detallista, que describe con gran cuidado el entorno, las apariencias y el habla de cada uno de sus personajes, con lo cual construye ricos diálogos que ponen en tela de juicio las convenciones sociales de su época, siempre con un humor irónico.

Ahí, en su Effi Briest nos narra el caso de von Ardanne, un militar prusiano que se citara a duelo, en Berlín, con el juez Emil Hartwich, a pesar de la prohibición de este tipo de citaciones, motivado por un epistolario amoroso que el militar había descubierto bajo llave en el escritorio de su mujer, Elizbeth von Plotho, aventura de la vida real, que sirve para la creación de una obra de ficción.

Herr von Ardanne es sometido por su adulterio a un tribunal militar y condenado a dos años de prisión, por la violación de tabúes imperantes en el medio social, pero sería indultado por el Káiser Guillermo I y puesto en libertad, lo que le permitiría iniciar el proceso de divorcio de su mujer y reclamar la custodia de sus hijos.

La novela se empezaría hacia 1888 pero sólo vería la luz entre 1894 y 1895, por efectos de la censura.

Es la historia de una joven provinciana, enfrentada con las duras costumbres de la aristocracia prusiana, por haberse atrevido a romper con la convenciones del siglo XIX, al sostener relaciones con el mayor von Crampas, vínculo erótico que descubriría su marido Gert von Innstetten, quien en un duelo terminaría por quitar la vida a su rival.

Pero el marido, administrador de distrito, había sido un pretendiente de la madre de la infiel Effi y, a pesar, de ser veinte años mayor que ella, decide casarse con la hija de su pretendida, a quien llevaría en un viaje de bodas por Italia para luego instalarse en Kessin, una ciudad a orillas del Báltico, en la región de Pomerania.

Sin embargo, para la joven aquel casorio la conduciría a una vida desdichada, que la enclaustra en una casa que ella supone embrujada, fantasía estimulada por los relatos de la sirvienta, lo que haría que la pobre recién casada, se convenciera de la existencia del fantasma de un chinito la persigue.

Pero en Kessin, Effi hace amistad con Alonzo Gieshübler, un boticario, que la estimula desde un punto de vista cultural y se convierte en un verdadero consuelo para su desgracia.

Sin embargo, un día, aparece en escena el mayor von Crampas, una persona emotiva que despierta la pasión de la joven mujer, quien termina por entregársele en un vínculo secreto que tiene sus comienzos en Pomerania pero continúa en Berlín, ciudad donde vive con gran libertad, hasta el momento en que su marido descubre el epistolario amoroso entre los amantes, gatillo desencadenante de la tragedia.

El adulterio hace que sus padres repudien a Effi, por lo que se ve forzada a una existencia solitaria, en un piso de la capital alemana, en un estado de salud que la conduce a una muerte temprana, al estilo de las bellas muertes románticas.

El libro, pese a las dificultades iniciales con la censura, alcanzaría gran éxito, elevado a la categoría de obra maestra, entre ellos con el beneplácito de Thomas Mann, quien lo consideraría una de los más grandes escritos de la literatura.

Ulteriormente sería recompensada con la bella versión cinematográfica de Rainer Werner Fassbiender, en 1974, protagonizada por su actriz favorita Hanna Schygulla, de la que la directora Hermine Hutgeburth haría un remake en el 2009.

El filme de Fassbiender se caracteriza por la armonía que existe entre la novela de Fontane y sus imágenes cinematográficas, cargadas de una enorme belleza, gracias a la maestría que el gran director del nuevo cine alemán sabía utilizar.

Ahí, Fassbinder nos transporta al mundo de desventuras que hubo de vivir una niña mimada, protegida por sus padres, levantada sin mayores preocupaciones, al pasar a una vida sosa, dura y gris, con un buen partido, prometedor en el camino del ascenso social pero que termina, tras el adulterio, convirtiéndose en un severo juez, quien sin miramientos ni consideración alguna, mata al rival, le quita el hijo a su mujer y la abandona a su suerte, para que se cumplan la Leyes de Dios y del Estado prusiano.

Así, Fassbiender nos introduce en un mundo estéril, hostil con la vida, que viene a constituirse en un entorno asfixiante, paralizante y laberíntico, en medio de esos colores brumosos que sólo el blanco y negro pueden producir, con toda su gama de grises, que vienen a decirnos esto es cine y no pura realidad material, al enmarcarnos en un contexto artificial, propio de la cinematografía, una representación en imágenes de las sórdidas circunstancias que determinan a la protagonistas, que nos introducen en un mundo de pesadilla, a la manera que, otrora, lo hiciera Friederich W. Murnau en su momento, en un filme en el que la meta de Fassbiender es despertar las conciencias, con relatos incompletos de tal manera que el espectador saliera de su pasividad, por ejemplo, al no enfrentarlo directamente con las escenas del duelo sino con el recurso de acudir a alusiones, a él, para mostrar ese acto como consecuencia de una mentalidad, de una ideología.

Las narraciones con un personaje adúltero dan cuenta de la puesta en crisis en el siglo XIX del matrimonio y la familias tradicionales, que requerirían de replanteamientos para darle un lugar distinto a la mujer dentro de la sociedad, ya que estas mujeres más que rebelarse contra sus maridos lo hacían contra el mundo social.

Todas ellas deseban evadirse al aburrido universo al que eran sometidas en el marco de la rutina cotidiana, el cual les hacia agachar la cabeza para entrar en un atroz encerramiento en jaulas que, aunque de oro, no dejarían de serlo, en el contexto de una colectividad misógina, que conducía al género femenino a la alienación o la destrucción, historieta que vemos de una manera palpable en el caso de Effi Briest.

En estas historias de adulterio, la mujer deviene heroína a partir de Madame Bovary (1857); es ahí cuando se da una inversión de la perspectiva en la narrativa literaria. A pesar de todas las amarras que las mujeres de entonces tendrían que romper, a Emma Bovary se sucederán, casi veinte años después, la Ana Karenina de Leon Tolstoi, la Luisa de Eça de Queiroz, casada con un ingeniero al que no ama, quien en Lisboa se reencuentra con su antiguo novio, el primo Basilio, que ha regresado de Brasil, de tal forma que la señora será presa de la tiranía y el chantaje de su criada, en un sometimiento que la conducirá a la muerte.

Leopoldo Alas “Clarín” nos regalaría un poco después el personaje de La Regenta, novela que cabalga entre el realismo y el naturalismo, en la que Ana Ozores, casado con el regente de Vetusta, una ciudad hipotética de la provincia española, una pequeña urbe, cargada de irrespeto y de intolerancia hacia los demás, en un ambiente de hipocresía, represión y convencionalismos, quien aburrida en su matrimonio, empieza a ser cortejada por un donjuán pueblerino, a la vez que es deseada por su confesor, quien se convierte en un terrible rival.

Ana Ozores pasará a convertirse en una víctima más del bovarismo imperante en aquella época, un mal caracterizado por un estado de insatisfacción crónica del yo real, que contrasta con la imagen de yo ideal con el que se representan a sí mismos los sujetos que lo padecen, el cual se choca con una dura realidad que no perdona su arrogancia, tipo de narrativa que culminará con la obra de Theodor Fontane, en un contexto finisecular en el que tanto Charcot, como Breuer y Freud, se ocuparían de estudiar las histerias, como signo de la antropología femenina de aquel entonces pues podríamos decir que se constituye en una especie de disforia histeroide, que muchas veces se confunde con una verdadera depresión.

Estas magistrales mujeres, muchas veces, para salir de esa soledad a la que estaban destinadas a convertirse, no dudarían en tomar iniciativas eróticas, que de una forma activa que las asimilaba a los galanes masculinos.

Su heroísmo consistía en oponer su deseo a la legalidad del momento y con sus devaneos, con su gusto por lo suntuario, se opondrían al ahorrativo capitalismo con todo su afán de atesoramiento, así cayeran en las garras de horrorosos prestamistas como el abominable Monsieur Lhereux y sus aviesas promesas de felicidad, siniestro personaje de la obra de Flaubert.

Son todas ellas, féminas, buscadoras de placer, que se contraponen a la moral burguesa, que las condenaba al mundo marginal de sus respectivos hogares, de ahí que sueñen con irse a París o a Berlín, para, finalmente, sucumbir víctimas de ese universo patriarcal y devenir anti-héroes, sin que les quede otra alternativa que la depresión narcisista, en el sentido de Hugo Bleichmar, el suicidio o la melancolía, aunque más bien deberíamos ubicarlas en esa categoría que Georg Luckács ubicara como la de los héroes problemáticos, en tanto y en cuanto, encarnan valores auténticos en medio de una sociedad con valores degradados.

Es de ahí que estos personajes sean una suerte de Quijotes femeninos, que si bien no andan en el cuento de las novelas de caballería, han llenado su imaginación con los ideales de la literatura romántica, sin que se les reconozca su lugar como héroes.

Ellas serán entonces entregadas a un feminismo espontáneo, en tanto no aceptan una relación desigual con el hombre, sin que logren ocupar otro lugar en el mundo que no sea la bella muerte del romanticismo, pero ignorantes de que es la sociedad misma la que demanda su adulterio y su castigo.

Sus historias devienen a la sazón en intensos melodramas de época, que dan cuenta de la opresión matrimonial, a la vez que están cargados de una gran belleza.

Sin embargo, ahora aquí en la provincia española, en la Europa del siglo XXI, en la clínica me he encontrado dignas representantes del bovarismo, que no dan vueltas a la manzana en un coche tirados por caballos sino que andan en lujosos Ferraris pese a los cambios sociales que se han dado, lo que vendría a decirnos que hay en este mal, algo de lo singular y de lo íntimo, que se pone en juego más allá de determinantes sociológicos.

La novela de Atiq Rahimi, La piedra de la paciencia, ganadora del premio Goncourt del 2008, viene a cuestionar de una manera sincera las creencias islámicas que condenan a la mujer a no poder equipararse en lo social con el varón, a la represión sexual y a practicas amparadas por la religión musulmana como la lapidación, como muestra de una cultura violenta y fanática, con la esperanza de que la mujer pueda salir de ese lugar negativo al que ha sido relegada, que le impide una realización personal más plena, al ser privada de la libertad de elección, de tal manera que pueda salir de la reificación a la que es sometida pero quizás falte en la literatura musulmana una novelística que nos relate el mundo íntimo de esas mujeres adúlteras que se arriesgan a la pena máxima, a la decapitación o la lapidación.

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