viernes, 30 de julio de 2010

Manuel Puig: el chisme como obra de arte

Alfredo Herrera Flores (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Dicen que cuando Mario Vargas Llosa era jurado de una de las ediciones del premio Biblioteca Breve, que fue creado por Carlos Barral en España y fue el primero en ganarlo con “La ciudad y los perros” e iniciar así el fenómeno literario conocido como el boom de la novela latinoamericana, se negó a premiar una obra presentada por el entonces desconocido Manuel Puig, manifestando que se retiraría del jurado si se premiaba “a ese argentino que escribía como Corin Tellado”.

Dicen también que Manuel Puig era muy querido por sus vecinos, los habitantes del pueblo General Villegas, donde había nacido en 1932 y lo conocían como Coco, pero que luego de que publicara su novela “Boquitas pintadas”, lo desconocieron y hasta le quitaron el saludo.

Son chismes, y como los chismes algo de verdad y mucho de mentira deben tener. Lo cierto es que precisamente Manuel Puig se atrevió a introducir el chisme en el proceso de creación y en el contenido de una novela y no solo consiguió una obra de arte, sino que renovó el género en una etapa histórica en que parecía que ya no había espacio ni tiempo para hacerlo.

Si bien la mayoría de novelistas coinciden en que la renovación de la novela latinoamericana se inicia con la publicación de “El Pozo”, de Juan Carlos Onetti en 1939, es desde la publicación de la novela de Vargas Llosa (1963) que esta renovación se hace evidente y se extiende tanto al interior del propio continente como a Europa, precisamente a través de las campañas editoriales emprendidas por la editorial Seix Barral.

Entonces los escritores aparecían con muchas novedades. Se publicaron novelas densas y barrocas como “El siglo de las luces” de Alejo Carpentier, escritas casi como hablan sus protagonistas como “Tres tristes tigres” de Guillermo Cabrera Infante, en forma de rompecabezas como “Rayuela” de Julio Cortázar, mágicas y maravillosas como “Cien años de soledad”, con personajes atormentados y oscuros como los de “Sobre héroes y tumbas” de Ernesto Sabato, y un largo etcétera. Sin embargo todas tenían en común la carga política y el compromiso de su autor respecto a la situación de su país o del continente y una intención seria de manejar bien el lenguaje, el idioma.

Y es entonces que en 1969 un escritor argentino de provincia, seducido por el cine, publica una novela en la que deja de lado la seriedad y formalidad que caracterizó a los escritores íconos del boom y recurre a recortes de periódicos o revistas sociales, partes policiales, llamadas telefónicas, letras de tangos y boleros, saludos e amor radiofónicos, cartas y notitas llevadas a escondidas y sobre todo chismes de barrio, para tramar una historia de amor a través de la cual pone en evidencia la forma tan superficial, hipócrita y fútil en que se vive tanto en los pueblos del interior como de la propia capital argentina.

La novela se titula “Boquitas pintadas” y los críticos la encasillaron con el despectivo rótulo de “folletín”, es decir como una historia sin importancia que viene de “regalo” por la adquisición de una obra seria, un diario, una revista u otro libro. Un año antes Puig había publicado la novela “La traición de Rita Hayworth”, una historia que se fue construyendo a raíz de sus recuerdos de películas vistas en su infancia en las precarias salas de su pueblo, donde muchas mujeres, especialmente, y de todas las clases sociales, se reunían no solo para ver una película, sino para ponerse al día en los afanes amorosos y las intimidades de sus vecinas. Dicen, y el propio Puig lo dijo, que iba al cine de la mano de la sirvienta de la casa o de su madre, pero nunca acompañado de las dos juntas, evidentemente porque juntas no podían cumplir con sus pretensiones de enterarse de lo que pasaba más allá de las calles del pequeño pueblo, que en la penumbra del cine se convertía en infierno grande.

“Boquitas pintadas” fue un éxito, como todos los libros que se enmarcaban en este proceso renovador de la novela que se daba dentro del boom, pero los críticos no se animaron a celebrarla como lo hicieron con las otras, tal vez porque no podían aceptar que las denuncias sociales vengan en formato de chisme, de un chisme de barrio, además, y porque su autor no asumía las correspondientes posiciones serias o acartonadas para codearse con su colegas.

Los otros novelistas empezaron a decir que Puig no leía, que solo iba al cine, que era homosexual, que no entendía nada de política, que solo le interesaba hablar de actrices. Dicen que decían y todo era verdad. Manuel Puig, antes de publicar su primera novela, estudió cine y dirección cinematográfica, pero no pudo hacer un buen guión ni conseguir dirigir alguna película, entonces recurrió a lo que había visto hacer desde niño, chismear.

Pero luego sorprende a la crítica y a los lectores con una novela en la que dos personajes sostienen un diálogo interminable en la celda de una cárcel, uno de ellos es homosexual y a través de su dramática situación denuncia el abuso de poder, la exclusión y la represión política que soportaba Argentina. En “El beso de la mujer araña” (1976) Puig manifiesta una visión muy personal de la condición humana. No recurre a técnicas narrativas complejas, simplemente pone a dialogar a sus personajes y de allí se desprende el drama que también es la tragedia del propio Puig.

La novela fue llevada al cine, fue un éxito, y a William Hurt, que interpretó al homosexual preso, le valió un Oscar. Muchos dicen que con esto se hizo por fin realidad el sueño infantil y juvenil de Manuel Puig, que era alcanzar la fama a través del cine, pero a esas alturas ya la literatura era el motor de la vida de este escritor que terminó escribiendo ocho novelas y muriendo en México, el 20 de julio de 1990.

La crítica literaria ha vuelto los ojos a Manuel Puig, y a pesar de la fama conseguida incluso con la calificación de ser uno de los primeros en hacer literatura “light” o “liviana”, se le considera como un autor pionero en el uso de recursos visuales o de los medios de comunicación, para crear sus novelas. Otros lo denominan como autor “pop”, por saber usar en sus novelas elementos populares que, en un lenguaje peruano, podríamos decir que es propio de la cultura “chicha”.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.