viernes, 30 de julio de 2010

Un libro de lecturas vienesas

Francisco Vélez Nieto (Colaboración especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Joseph Roth: “Primavera de café”
Edición de Helmut Peschina
Traducción de Carlos Fortea
Acantilado

Cuando una editorial decide jugar fuerte, apostar, no por dominar el mercado del libro, sino ofreciendo autores sólidos, desprovistos de dudosa fama prefabricada. Sin prisas pero sin pausa de tiempo., los factores y resultados positivos suelen ser buenos: Uno, que, frente a la vertiginosa carrera de publicar cualquier obra buscando el betseller, elevando el chisme a través de los medios de “contaminación” y de “distracción”, optan por verdaderos valores. Otro, por consiguiente, pese a la manipulación mediática que soportamos colando lata por cobre, que el riesgo por esta buena literatura siempre será hoja perenne, rentable económicamente y con garantía de “goteo” continuo.

Un ejemplo claro y por tanto palpable, es el proceso de edición que las obras de Joseph Roth por la editorial Acantilado con dieciséis títulos publicados sumando esta “Primavera de café”, (Libro de lecturas vienesas) con las que el más joven Roth se inició en el oficio de escribir crónicas-relatos para los periódicos. Que con el andar del tiempo acompañaría el éxodo de su vida, fuente nostálgica de lo vivido, venero de su obra.

Todo mundo pequeño puede ser filón floreciente para el buen escritor. Diría más, gracias a la observación de los pequeños universos, no pocos escritores han llegado a ser enormes y póstumos narradores. Roth es uno de ellos. Honestas estas semblanzas de su siempre nostálgica Viena escritas cuando contaba veinticinco años. Entonces ya se descubrieron sus dotes de narrador, la maestría de reportero sobre la condición del ser humano, perdedor consciente, errante bien en su propia patria o lejos de ella. Exiliado con la amargura y la tristeza en sus interiores y juicios que se adelantaban a los acontecimientos históricos.

Corre y malvive la vida de muchos seres por la Viena de 1919 y su posguerra, la decadencia de todo un imperio cuando el joven Roth escribe: “Mirando estas terrazas abandonadas de la mano de Dios, a uno le viene casi involuntariamente a la memoria la comparación con unos sueños de paz jamás cumplidos, unas expectativas pasadas por agua y una situación internacional resfriada”.

En cualquiera de sus relatos la figura de certero observador ya anuncia al lector que por muy pequeña, simple y aparentemente intranscendencia de cualquier historia, existirá el palpitar humano – generalmente de perdedor-, donde se pueden percibir circunstancias ocultas del desvivir. Así lo refleja ese Café Popular, que no es un local de aquellos famosos que han quedado en la historia literaria de Viena. Es un café “angosto y estrecho” donde las mesitas están apelotonadas de curiosos personajes, que va mostrando con una maestría y solidaridad tierna y encantadora, el Roth que ya se considera sólido narrador de futuro.

Ese pequeño Sacher con su carrito por las calles de la gran metrópoli. Vendedor de salchichas, distinto a los demás vendedores, que no mira desafiante al futuro comprador, lo hace de reojo, con alma profunda, humana rica, orgullosa de su modestia. El bar del pueblo, relato donde las pequeñas cosas y sentimientos de los clientes, adquieren la inmensidad de los de abajo, sus maneras y palpitaciones. Y siempre, esa bondad de los que no tiene nada, pero que todavía son capaces de ofrecer algo sin exigir un pago.

Francisco Vélez Nieto es poeta, crítico y traductor.

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