jueves, 26 de agosto de 2010

26 de Julio de 1953: Carnavales de Santiago, asalto al cuartel Moncada

Marcos Winocur (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Puede que se canse la noche. Puede que se canse la luna. Y los tambores, puede que se cansen también. Pero las manos no. Un segundo en el aire, aletean y caen, golpean breves.

Que se canse la noche y se vaya desnudando la luna. Que se canse la luna y deje la noche a oscuras.

Y las enaguas y el almidón, la calle y los zapatos, puede que se cansen también. Pero las cinturas no. Vuelcan a la danza, una vez, otra vez y otra vez más. Cinturas. Tambores. Tambores. Cinturas.

¿Conoces este idioma? No es simple, no viene de cerca. África, un día los hombres fueron libres. Y luego, un barco inglés, filas de esclavos. Pero el capitán no pudo impedirlo: a bordo subió la santería, mezcla de primitivas creencias con el cristianismo. Y las manos y las cinturas, a pesar de los siglos, no han perdido la memoria. Cuba les agregó: un nuevo habitat, elementos de la tradición europea de sus amos y, por sobre todas las cosas, esto: la pena negra, ese grito litúrgico del bembé que clama por la sangre ida entre las altas cañas del azúcar.

Cantos, música y bailes, este idioma... ya sé: no es hora de cosas tristes. Estamos en carnaval y en Santiago de Cuba. nada menos... ¡Olvidarse de todo y chico, sácale, sácale candela a los cueros! Tá bueno ya. Mira, es de día... ¡Qué va, viejo, recién se pone lindo!

Y el alcohol corre: raspa la garganta, calienta el estómago, enciende la sangre. A la primera claridad de la madrugada, las figuras se recortan con línea brillante de sudor. Los dedos se cierran sobre los vestidos, los vestidos sobre las cinturas y las enaguas brincan que te brincan, de un lado al otro del pie. Es la conga, la criollísima rumba y el danzón, que trae burla y sonsonete en el mismo título de su letra: míster pircher no come bolas, ten days, ten dóllars. Flautas, trombas y cornetas: una selva de metal dorado sopla sobre las tumbas. Estas, largos tambores cilíndricos rayados en blanco y negro, siguen a los cuerpos su balanceo. Y más atrás, el caos: bongoes, cencerros, chasqueantes güiros, triángulos, quijadas de vaca, simples botellas y cajones, cada uno sonando a su modo. Es la cola de comparsa. Escúchala, escúchala:

"Oye cole'a no te asuste cuando vea
oye cole'a no te asuste cuando vea
al alac’án tumbando caña
al alac’án tumbando caña
costumb’e ‘e mi país
mi he'mano.”

Vamos, ven con nosotros, esto acaba. Aquí, las comparsas. Al frente, el farolero marcando un paso de baile. Ven, los muñecones con sus cabezotas tembleques. ¿Qué quieres ser esta noche? Hay moros azules, marqueses, viejas venduteras de frituras, vendedoras de flores, macheteros, manolas de falda estrecha y altas peinetas, bomberos, príncipes del rajah, diablitos de fuego y chinos elementales: guayabera color amarillo, y estirando los ojos, línea negra de corcho quemado. Ven, porque mi vida es triste, en carnaval me alegro. Ven, porque mi vida es gris, en carnaval me pinto. Ven, apúrate antes que el sol ponga rojo el Oriente.

Y presta atención: dentro de las cajas de los tambores, dos sones distintos. Uno, seco golpe del más seco pellejo de los parches. Otro, el suave toque batá, con aires de santería. ¡Cuidado! Un espíritu del más allá, tocado por este frenesí del más acá, ha dejado de tumbar sombras con su machete de plata fría. Y súbito caerá sobre la tierra a hacerse dueño de un cuerpo. ¡Ay, los pases blandos de la danza! ¡Ay, el ritmo caliente! Un solo corte y los gestos se endurecen, muerden el aire con furia. Deja en paz la santería, apaga el toque batá. ¡Y regresemos, aunque sólo nos quede un minuto, al fondo multicolor de las voces y risas cubanísimas, a las trompetas como una lanza!

Carnavales, domingo de Santa Ana. Iré a Santiago volando con el ángel del poeta que cantó nuestra tierra, un andaluz de estirpe, Federico García Lorca:

“Iré a Santiago.
¡Oh, cintura caliente y gota de madera!
Iré a Santiago.
¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco!
Iré a Santiago.”

Que se duerma tu cabeza. Que tu cuerpo despierte en brazos de los tambores y ellos sean tu pulso ¡ni los diablos podrán sujetarte!

Domingo de Santa Ana, carnavales de Santiago. Aquí comienza nuestra historia, pero en un año de muy singular festejo. Un distinto idioma por las calles: enmudecen los cantos y la música, la danza corta en seco sus giros en el aire. El tum tum deja paso al silbido de las balas, a la tos de las ametralladoras y la bebida se hiela en las copas, y las copas quedan a mitad de camino. Otra iba ahora a correr: la sangre sobre los muros, sobre el pasto de la fortaleza militar de la ciudad, el Cuartel Moncada.

Porque no es cualquier domingo de Santa Ana. Es el 26 de julio de 1953.

Amanece bajo un cielo de plomo. El aire quieto. Por la carretera central de acceso, una caravana de automóviles. A la luz de la madrugada, el primer golpe de vista parece revelar la identidad de los viajeros. Visten de uniforme: la corbata negra reglamentaria resalta sobre el amarillo de las camisas. Temprana visita. ¿Comitiva de oficiales...? Pero un detalle: la mayoría viene armada de ¡escopetones de caza y rifles calibre veintidós! y no hay tiempo para mayores detalles, la acción se precipita: ya el primer coche, adelantado, dobla en dirección al Cuartel Moncada. Cerca de la posta tres, a la entrada, un encuentro: la ronda nocturna, de vigilancia por los exteriores. A la voz de su jefe los soldados sacuden la somnolencia y, se cuadran. El automóvil pasa junto a ellos, lo saludan militarmente. Luego la patrulla prosigue su marcha. Junto a la posta tres el coche se detiene. Sus ocupantes bajan rápidamente y uno exclama:
¡Abran paso al general!

Y sin más palabra, desarman a la guardia. Demasiado tarde, ésta comprende: ¡atacan al cuartel! Al punto los demás automóviles aparecen con otra parte de la gente. Pero no sólo ellos: la ronda nocturna, aún dentro de escena, ve y entiende cuanto ocurre. Y mientras unos soldados comienzan a disparar con ametralladoras, otros corren a dar alerta a la guarnición. Un sargento, sin reparar en las balas, se prende a la campana de alarma. El tiroteo se generaliza.
Más lejos la jornada de carnaval se agota. Los borrachos orinan junto a las puertas, ríen a carcajadas, lloran. El día va apagando la ciudad. Fiesta del pueblo, ahogo, efímero remedio para desgracias de años. Libertad, ilusión de romper cadenas. Aquí, en medio de las comparsas, elegir: marqués, dandy, señorito. Por unas horas, ron y disfraz. Cerveza helada y disfraz. Un millón de botellas de cerveza helada. Pero también comer: fricasé de pollo, emparedados de cerdo y algodón de azúcar, la única nieve que conoce la isla. Cientos de kioscos a lo largo de casi tres kilómetros...y luego tablones semidesarmados, el pavimento regado de papeles: blancos donde las bocas secaron la grasa, cintas que hace unas horas eran colores disparados por el aire. Todo sucio, opaco, indiferenciado bajo el paso de miles de tacos. Por esta vez acaba, se llaman a silencio los tambores entre las protestas de los últimos comparsas. Fuente viva, purísima: un arte que el negro crea y recrea desde hace siglos, con la savia de su pasado africano. Por tres días su voz, sólo ella. Capataz de cuadrilla, mayoral de la estancia, niño bitongo, guardia rural: atrás, el pueblo ha tomado la ciudad y cuidado: no todo será palabra del alcohol y olvido. A la madrugada, con los postreros sones, marqués, dandy, señorito, hacen pedazos sus vestiduras.

Porque de la rebeldía será el próximo acto.

Carnavales de Santiago, asalto al Cuartel Moncada. ¿Qué los une en este domingo de Santa Ana? Últimas máscaras de la noche, primeras del alba. Unos, trapos y caras pintarrajeadas. Otros, uniformes militares. Unos disfrazan los pesares tras música, ron, alegría. Otros disfrazan un increíble desafío a la muerte.

Unos y otros ¿qué magia ha dispuesto reunirlos?

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.