jueves, 5 de agosto de 2010

Borrador para un memorial de exiliados nicaragüenses en El salvador

Rafael Mendoza el Viejo (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A la familia Toruño que aún reside en este país.
A Aldo Díaz Lacayo por los años y las ideas compartidas.
A Claribel Alegría, hermana mayor en el canto.
A Marisol Briones por su noble y generosa amistad.
A mi nuera Karen Georgina Uriarte Portocarrero.
A los amigos miembros de la actual Misión Diplomática

De Nicaragua acreditada en El Salvador

El sábado veintidós de septiembre de mil novecientos cincuenta y seis mi compañero de colegio Silvio Peña Rivas, “el Chocho”, me invitó a una fiesta “de cumpleaños” que esa tarde celebrarían en su casa. Y fui, aunque mi padre no estaba muy de acuerdo en que unos nicas armaran una chonguenga cuando en Nicaragua acababan de balear al presidente del país.

“A lo mejor -me dijo- lo del cumpleaños es puro invento y están festejando el atentado... Esos de seguro son exiliados...”.

Como mucha gente de entonces y de hoy, mi padre creía que aquel el reptil ajusticiado la noche anterior en otra fiesta inolvidable por un joven leonés era, con todo y lo cabrón, buen gobernante y no un malparido al que Franklin Delano Roosevelt con justa razón solía llamar “nuestro hijo de puta”, o sea el tacho de la basura de Nicaragua que es decir el tacho de la oligarquía de Nicaragua.

Como todos sabemos, el opulento fundador de una de las dinastías más sangrientas de América murió ocho días después por un afortunado error de los médicos panameños que le aplicaron anestesia general sin percatarse de que era diabético. ¡Ah dulce casualidad!

Del nosocomio donde aquel cafre expiró al fin pasó a ser proclamado “príncipe de la iglesia” por algún maniático del episcopado local, exagerado honor que ribetearon los pésames enviados por Perón, Eisenhower, el Cardenal Spellman, Batista, Trujillo, Stroessner, Isabel segunda y la mayoría de gobernantes regionales sin renombre, amén de la bendición que Pío XII envió a la familia..

Quien sí murió la misma noche de aquel acontecimiento prácticamente cocido a balazos pero con dignidad fue el autor material del tachicidio, el valiente poeta Rigoberto López Pérez.

La sangre tiño por completo la camisa blanca y el pantalón azul que él quiso ponerse para la acción porque, según doña Soledad, su madre, “quería morir con los colores de la bandera nacional en su cuerpo...”

Con ella se pasó ese último día de su vida leyéndole poemas; y por la tarde fue encontrarse con el periodista Armando Zelaya amigo íntimo que le acompañó al lugar donde más tarde el patriota ofrendaría su vida como lo había jurado. Cuatro días antes de su heroica acción había dormido en la casa de otro hombre de prensa y connotado ensayista, el querido “Nacho” Briones, creador del Día Nacional del Periodista en su nación y padre de una poeta morena de buen ver y mejor entender que le ha quitado el sueño a muchos y a mi unos cuantos textos igualmente trasnochados.

Quien me iba a decir a mi en aquellos aciagos días de mil novecientos cincuenta y seis que Rigoberto López Pérez había vivido en El Salvador que había jugado beisbol con mis primos hermanos y que solía frecuentar a don Juan Felipe Toruño, otro nicaragüense respetado como profesional del periodismo y generoso mentor de poetas, que entró a mis recuerdos con un libro de regalo cuando cumplí once años, a solo dos de la gesta que ya tenía en mente el insigne poeta que inspira estos recuerdos y que ahora es Héroe Nacional de su patria, más por huevón, dicho en nicaragüense, que por el decreto que así lo establece, como que se ganó las alturas momotómbicas de Andrés Castro, -el de la célebre pedrada en San Jacinto- Carlos Fonseca Amadory, por supuesto, Sandino, que la Purísima lo tenga en su reino.

En cuanto a Silvio Peña Rivas ya sabemos cómo acabó sus vil historia: convertido en sicario, entró a la fama por la cloaca de la vergüenza, manchado por la sangre de otro periodista vertical como lo fue Pedro Joaquín Chamorro quien nunca recibió las condecoraciones y doctorados honoríficos que le han dado a su viuda, pero tampoco las mentadas de madre.

En San Salvador, el 22 de julio de 2010, año XXXI de la Revolución Popular Sandinista.

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