jueves, 26 de agosto de 2010

Cine: La sal de la tierra (1953)

Jesús María Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)


NACIONALIDAD: Estadounidense
GÉNERO: Drama social e histórico
DIRECCIÓN: Herbert J. Biberman
DIRECCIÓN ARTÍSTICA: Adolfo Barela, Sonja Dahl Biberman
PRODUCCIÓN: Paul Jarrico
PROTAGONISTAS:
Juan Chacón: Ramón Quintero
Will Geer: Sheriff
Rosaura Revueltas: Esperanza Quintero
Mervin Williams: Hartwell
Clinton Jencks: Frank Barnes
Virginia Jencks: Ruth Barnes
David Wolfe: Barton
David Sarvis: Alexander
E. A. Rockwell: Vance
William Rockwell: Kimbrough
Henrietta Williams: Teresa Vidal
Ángela Sánchez: Consuelo Ruiz
Clorinda Alderette: Luz Morales
Joe T. Morales: Sal Ruiz
Ernesto Velásquez: Charlie Vidal
Charles Coleman: Antonio Morales
Víctor Torres: el esquirol Sebastián Prieto
Frank Talevera: Luis, hijo mayor de los Quintero
Mary Lou Castillo: niña de los Quintero
Floyd Bostick: Jenkins
E.S. Conerly: Kalinsky
Elvira Molano: Sra. Sánchez
Y otros hermanos y hermanas de la mina local.
GUIÓN: Michael Wilson
FOTOGRAFÍA: Stanley Meredith, Leonard Stark
MONTAJE: J. Laird, Ed Spiegel
MUSICA: Sol Kaplan
PRODUCTORA: Independent Productions Corporation & The International Union of Mine Milla and Smelter Workers
DURACIÓN: 94 minutos

Vosotros sois la sal de la tierra; pero, si la sal se torna insípida, ¿con qué la sazonaréis? Para nada aprovecha ya, sino para tirarla y para que la pisen.
(San Marcos; 5:13)

Y aunque mi amo me mate
a la mina no voy
yo no quiero morirme
en un socavón.

(Canción folklórica colombiana)

Aquí en España, te levantas y, los domingos, el ABC te ofrece tres películas de la colección Joyas del Cine, que guardas y un buen día, como por no dejar, te decides a verlas, a lo mejor, simplemente por pasar el rato pero puedes llevarte una doble sorpresa, como me sucedió con La sal de la tierra, filme que jamás había visto referenciada, en todo lo que he leído de cine, que es bastante, y te asombra encontrarte con una joyita fílmica que, menos aún, esperas en un diario de derechas, de tendencia conservadora y monárquica, la cual, además, inaugura el cine independiente de veras en ese país, antes que las grandes casas productoras se empeñaran en prostituirlo.

La película te impacta desde la primera toma, evocadora del estilo de Eisenstein y del Visconti de la Terra trema, con una estética puramente neorrealista.

Entonces te surge la primera pregunta:

¿Neorrealismo estadounidense?

Y ¿neorrealismo en 1953, en plena época del macarthismo, cuando bajo la influencia del reaccionario McCarthy se desencadenara en ese país todo un proceso de delaciones, denuncias, procesos irregulares y listas negras contra supuestos comunistas, en un contexto político en el que las fuerzas más reaccionarias pretendían acabar con la política del New Deal de Franklin Delano Roosevelt.


Entonces te encuentras con Rosaura Revueltas convertida en Esperanza, una mujer proletaria, que no creo que, casualmente, porte ese nombre, así, en los primeros momentos de la película, te topes con una mujer desesperada, que pide perdón a la Virgen de Guadalupe, por no desear que su embarazo se prolongue, para no traer al mundo a un niño en las condiciones casi miserables en la que a sus padres les tocaba vivir, en las que un aparato de radio, era ya un lujo asiático, que ponía en riesgo que la familia fuera embargada.

Y aunque el equipo productor advierta que los caracteres retratados en la cinta son ficticios, ahora tenemos plena conciencia de que en el verano de 1951, una huelga paralizó el trabajo de una mina de zinc en Nuevo México, en los Estados Unidos de América, cuando los obreros se rebelaron contra la compañía Empire que los explotaba y discriminaba, al dar un trato preferencial a los mineros anglos, en contraposición al que se daba a los chicanos, nativos de esas tierras y antiguos propietarios de ella, una huelga que, a pesar de la opresión de los poderosos, se prolongaría indefinidamente, ya que ahí, los mineros se organizan en un piquete a la entrada de la mina, para tratar de impedir el acceso de esquiroles que la empresa pudiera contratar para continuar, impertérrita, su producción.

Su pliego de peticiones pedía condiciones de seguridad laboral, mejoras sanitarias para sus viviendas pero, como es usual en el capitalismo puro y duro, tendrían que vérselas con una orden judicial para prohibir el desfile circular de los obreros, maniobra que ponía en jaque al movimiento sindical, que se negaba, por prejuicios machistas, a la ayuda que sus mujeres pudieran ofrecerles, ya que a ellas ningún ordenamiento legal les impedía que reemplazaran a sus maridos para continuar desfilando e impidiendo la llegada de los temidos rompehuelgas, que vinieran a reemplazarlos; así esas valiosas mujeres, interesadas en apoyar a sus esposos para dar mejores condiciones de vida a sus familias, tendrían que vencer las resistencias ideológicas de sus compañeros, como un acto de feminismo espontáneo, ya que debía ser muy poco probable que aquellas mujeres hubieran leído a la Simone de Beauvoir de El segundo sexo.

Más allá de intelectualizaciones y teorizaciones, esas féminas, que lidiaban con la leña, el fuego, el arreglo de la casa, casi desde un profundo sentido telúrico, sí que sabían que significa ser mujer, a partir de esa desgarradora historia, con minúscula, que les tocaba vivir y de las que eran directas protagonistas.

Ellas sí que sabían de su situación y de que, frente a ella, debían hacer algo distinto para mejorar sus vidas y ampliar su libertad, desde el ámbito mismo del desgarramiento, de eso que podríamos pensar desde el ángulo del Oscar Lewis como una antropología de la pobreza.

De una manera, bastante intuitiva, sabían que su condición de mujer estaba signada desde una construcción social que era preciso cuestionar, tanto en sí mismas, como en sus funciones de esposas y madres.

Es por ello, que ellas, en un verdadero feminismo, solidario con el hombre y no contrapunteado con él, asumen una posición desde su identidad, desde sus propios criterios, para devenir en unas mujeres nuevas y distintas a las que imponían los roles tradicionales, en aquella tierra de supuestamente americanos libres, lo suficientemente valientes para dar la lucha por sus intereses de clase.

La voz en off de Esperanza será la que nos introducirá en esa pequeña y gran historia, como un ser de esos que tienen allí, en ese lugar de Nuevo México, unas raíces más profundas que la mina, dada su condición de chicanos, sin un Billy Jack que viniera auxiliarlos, donde ni siquiera, a pesar de haber tenido tierras allí, tenían una casa propia.

La verdad de la milanesa es que esas tierras ahora pertenecen a la compañía gringa.

Las explosiones en el interior de la mina son peligrosas pero los patrones están demasiado ocupados para atender las necesidades de los obreros; lo mismo de siempre en el capitalismo salvaje.

El contrato ordena que los obreros no tendrán ayudantes para bajar al socavón; la explotación es cruel y despiadada.

Y eso que ocurre en el macrocontexto social es algo que afecta al grupo familiar y más concretamente la vida de la pareja, ya que a Herbert J. Biberman y Michael Wilson no sólo les interesa mostrar lo que ocurre en el conjunto social en su totalidad sino como éste perturba a los sujetos y sus vínculos más íntimos, en una urdimbre social en la que los maridos, conscientes de sus necesidades laborales, desprecian el conocimiento intuitivo de su compañeras, cuyas necesidades pasan a ponerse en un lugar secundario.

Los patrones, es obvio, dentro de una lógica infernal, no quieren que los obreros se movilicen; lo que exigen es que se conformen con lo que hay, con las condiciones que les ofrecen, donde los angloamericanos ganan mucho más que los chicanos, cuando éstos son considerados de ciudadanos segunda, al punto de que, aunque se proponga el panamericanismo, en restaurantes y tiendas hay letreros que dicen:

No se admiten perros ni mexicanos!, algo que debería lo suficientemente vergonzoso para un país que dice ser el adalid de la democracia.

Sin embargo, a pesar de los pesares, esos mineros pueden recurrir a la alegría cuando Ramón Quintero, logra llevarle una serenata a su señora, con la famosa canción Las mañanitas, para celebrarle el día de su santo, el de la Santa Esperanza.

Las mujeres quieren saneamiento y no discriminación; para ello, están dispuestas a hacer un piquete de mujeres pero Esperanza teme adherirse a él; los accidentes en la mina continúan; ellas miran desde lejos, pero el riesgo y el maltrato terminan por caldear definitivamente los ánimos y decidirse la huelga.

Las señoras desean participar pero los trabajadores que parecieran abogar por la igualdad no comprenden ese querer solidario de sus mujeres; de donde, la unidad obrera bloquea la adhesión de las mujeres a pesar de que todos, en teoría, parecieran ser plenamente conscientes de luchar por ese ideal democrático de la equidad.

Se propone hacer una filial sindical de mujeres, idea novedosa que encuentra el ataque del establecimiento corporativo de los mineros, aunque hay algunos operarios que consideran que no es mala idea eso de que las mujeres ayuden a los hombres, para luchar contra las arbitrariedades de Delaware Zinc Inc.

El piquete masculino empieza a circular pero la compañía no deja de aliarse con el Poder policial para intentar ejercer una feroz dialéctica del Amo contra el Esclavo, que podemos ver perfectamente encuadrada en el siguiente fotograma:


Hasta que la señora Salazar, la viuda de un obrero decide empezar a marchar con ellos, sin que el grupo oponga resistencia; algunas otras mujeres empiezan a llevar café y comida a sus maridos, con lo que se logra la aceptación, por el sindicato masculino, de la creación de una filial femenina. ¡Lo que puede el amor!

Ahora todos unidos tienen la seguridad de que no los moverán; están seguros de su fuerza y si llega el patrón, Ramón defiende al grupo con dignidad, con el mismo ánimo que lo hace contra los esquiroles, con un orgullo al servicio de la pulsión vital, al igual que lo hacen las contracciones de la parturienta Esperanza, esa hembra, dadora de vida, así las garras policiales caigan sobre su marido para someterlo a lo que los defensores de los Derechos Humanos llamaríamos malos tratos.

Y el niño, nacido en pleno campo, después de tanto sufrimiento de sus padres, tendría que ser de los suyos, como señalando un camino nuevo, que se inauguraba con el bautizo de Juanito y el regreso de Ramón a casa después varios días de cárcel por desacato a la autoridad, la misma acusación que el Comité de Actividades Anti-norteamericanas había hecho al director, Herbert J. Biberman.

Sobre el hijo se proyectan los sueños de los padres; papá espera que sea un luchador como él; la madre sabe que nació luchando y pasando hambre aunque ella espera que el niño tenga algo mejor que ellos algún día; ambos padres saben que el recién nacido necesita algo más que leche y si les embargan la radio, Esperanza evita que Ramón caiga en la trampa de la provocación y recurren a la guitarra para que la fiesta pueda continuar

Pero la huelga no acaba y sigue y sigue durante meses y meses; la ventaja es que ahora los mineros y sus esposas están unidos y son ayudadas por la solidaridad de movimientos obreros nacionales e internacionales.

Pero la reacción no se hace esperar, en un pacto corrupto entre empresa y policía, dan con una orden perentoria que prohibe continuar con los piquetes, lo que pone al movimiento en una situación de doble vínculo, si obedecen a la Ley, pierden la huelga pero si la desafían viene el arresto, sin que pueda pensarse en terceras alternativas.

Pero las compañeras saben deshacer el entrampamiento, al señalar que no están prohibidos los piquetes de mujeres, con lo cual ellas podrían permitir que la huelga continuara, a pesar de los conflictos que la idea suscitara; de tal manera que el entusiasmo cunde y no sólo están ahí las esposas de los huelguistas sino que vienen otras mujeres de la aldea y de muchas otras partes.

Esperanza, de nuevo enfrenta los prejuicios de su marido, dispuesta a desfilar en el piquete con su bebé en brazos; ella sabe que al niño le gusta pasear, que ello le ayuda a hacer la digestión.

Ello no deja de resultar simpático aún a las ambiguas autoridades del lugar; esas luchadoras y creativas mujeres no pueden dejar de producir cierta admiración, ante quienes, si pretenden asustarlas, no se arredran fácilmente, ya que ellas se las arreglan muy bien para defenderse aún de los gases lacrimógenos con los que se pretenden deshacer el piquete, atemorizarlas, dudar y dar marcha atrás.

Entre tanto, Ramón, pese a su machismo residual, mientras Esperanza se realiza como mujer proletaria, ha de dedicarse a estar con los niños.

La alianza empresa-poder policivo ante la tozudez de estas féminas, decide encarcelar a las cabecillas del movimiento mujeril; así quedarán arrestadas Teresa Vidal, la cabecilla, la viuda, la señora Salazar, Chana Díaz, la de la falda azul, Luz Morales, la señora del herido Kalinsky, Ruth Barnes, la mujer del organizador, Lala Álvarez, a pesar de su guapura y naturalmente Esperanza, ocho en total, pero la parturienta se va a prisión con su bebé y la argucia femenina sabe que puede enloquecer con la gritería de consignas, demandas articuladas de sus necesidades y deseos, ante los que no ceden con toda la dignidad de su ética, al establishment carcelario.

Ahora, los hombres dedicados a las labores domésticas toman mayor conciencia de las necesidades de sus mujeres; tienen que reflexionar sobre lo que ellos llaman la cuestión-mujer, en relación con la igualdad, en el trabajo, en el hogar y en la vida sexual; han de aprender que lo que es bueno para el hombre lo es para la mujer.

Y cuando ellas vuelven liberadas gracias a su resistencia activa, capaz de sacar de quicio a los representanes del Poder si hay problemas que solucionar en la pareja Quintero, Esperanza sabe que es un asunto de su entera responsablidad, en el que ninguna otra fémina tiene que inmiscuirse; su posición es bien clara, no hay que volver público lo privado.

Si los hombres pudieran estar dispuestos a rendirse, ellas no lo están; fracasar en la lucha sino triunfar; tienen plena consciencia de su fortaleza; pueden hablar de orgullo y dignidad; no quieren que nadie las domine sino ser dueñas de sí mismas y levantarse para enfrentarse a todo lo que venga mientras el piquete y el mundo siguen girando, así los cambios y nuevos aprendizajes duelan por dentro, son los precios que hay que pagar para una verdadera transformación, con la buena fortuna de que por resistentes que sean los maridos frente a ese discurso liberador se queda en el interior de ellos; hay que estar verdaderamente apasionados por una idea para transmitirla.

Si la policía y los capataces de la compañía vienen a desalojar y vienen con esquiroles, todos están dispuestos a luchar juntos, para poner las cosas en su sitio, mientras llegan apoyos de muchos sitios y terminan por hacer jaque-mate a la Administración con la ganancia de la huelga, lo que llena a la comunidad de alegría, ya que todos unidos podrán abrirse camino al andar; por ello, la sal de la tierra no se torna insípida y al ritmo de las adelitas, esas mujeres, hacen parte de un mundo que empieza a revolucionarse, en el que las mujeres son fieles compañeras de todos aquellos que se animen a luchadores por la libertad y la igualdad, como un mensaje de verdadero humanismo.

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