jueves, 26 de agosto de 2010

El misterio de los Ministerios

María Luisa Etchart (Desde San José, Costa Rica. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Basta mirar hacia atrás en el tiempo para ver que han ido creciendo en número e interrelacionándose como tentáculos de un pulpo, incluso a veces camuflándose como es el caso de Ministerio de Guerra que se transformó como por arte de magia en Ministerio de Defensa en todas partes, con lo cual uno podría suponer que si nadie quiere la guerra, si todos sólo proclaman defenderse, las guerras habrían terminado hace mucho.

Y así vemos números cada vez mayores de “funcionarios” que, tras una sonrisa incómoda, pretenden hacernos creer que están allí, cobrando jugosos sueldos y haciendo favores a diestra y siniestra a sus amigos, para ocuparse de nuestras necesidades, de nuestra protección, de nuestra salud, de la educación de nuestros hijos.

Cada nuevo gobierno nombra a los suyos, a los afines, a los obedientes y procede junto con el más importante de todos, el de Economía, a repartir presupuestos y fijar metas que deberán ser las indicadas por el amo oculto, que es una mezcla de el Pentágono, el grupo de Bilderberg, el desprestigiado Fondo Monetario Internacional que ahora ha ido siendo reemplazado por el Banco Mundial, las grandes corporaciones, la industria de agroquímicos y de los inventores de nuevas formas de cultivos y cría de animales para el consumo, las industrias farmacéuticas, los productores de alimentos y bebidas comprobadamente insalubres, los que fijan los programas de estudio que han ido convirtiendo a nuestros niños y jóvenes en pequeños robots incapaces de pensar por sí mismos, de cuestionarse el modelo, y que aprietan botoncitos cada vez más minúsculos de aparatitos cada vez más sofisticados, pero que han ido perdiendo la capacidad de bucear en fuentes independientes, de redactar por sí solos un ensayo, un escrito de contenido profundo.

Esta proliferación de ministerios, secretarías e instituciones van diluyendo las responsabilidades hasta tal punto que ya no hay responsables directos de tanto desmadre. Uno se pregunta dónde estaba el ministro de Salud o el de Agricultura mientras en Argentina se comenzaba la práctica siniestra de la siembra de soja usando el criminal glifosato que ahora, tras muchos años de haber sido denunciado por valientes particulares como de sumo peligro embrionario, sin que los citados ministros prestaran oídos al reclamo, bastó que un ente investigativo de Estados Unidos publicara un trabajo de un argentino sobre el tema y que su contenido fuera ratificado por las investigaciones realizadas allá, para que todos empiecen a darse cuenta que como país Argentina ha cometido un error imperdonable, cuyas consecuencias pagarán miles de inocentes.

A cada rato se descubren (siempre demasiado tarde, cuando el mal ya está hecho) partidas de medicamentos falsos a la venta, incluso distribuidos por la Caja de Seguro Social, como fue el caso de Costa Rica, se aplican vacunas contra endemias inexistentes, y uno se encuentra absolutamente impotente, y descubre que el Ministerio que se suponía velaba por nuestra salud no sólo no lo hizo, sino que fue partícipe necesario. En Estados Unidos se usaron vacunas infantiles con contenido de tymerosal (mercurio) para su preservación que años después se descubrió como responsable de un número muy grande de casos de autismo y daños cerebrales en infantes. ¿Dónde estaba la DFA mientras esto ocurría?

Los programas de educación se han ido progresivamente vaciando de contenido, al punto que tratar de hablar hoy con un adolescente de algún tema importante es absolutamente imposible. Ninguno ha leído nada, salvo por supuesto a Harry Potter, ya que como es bien sabido, la lectura indiscriminada de autores que hoy se consideran subversivos, podría producir seres libre pensadores, lo que ha quedado firmemente decidido, debe impedirse a cualquier costo. Señores Ministros de Educación: cuál es vuestro rol, con cuánta independencia pueden manejarse, o simplemente ¿se les ha encargado producir seres prácticos en alguna actividad que sirvan para sumarse al mercado y aumentar las ganancias de las corporaciones?

Sin hablar de la famosa “seguridad”, batalla que se ha perdido en tanto las organizaciones delictivas encargadas de hacer llegar a destino del Norte, los mayores consumidores de drogas del planeta, sus sustancias anestesiantes para que, junto con el alcohol y el juego, les permita vivir en una sociedad basada en falsos valores sin sufrir demasiados problemas de conciencia.

Estamos sumergidos en un modelo que no sólo es destructivo, sino estúpido, ya que aún los que creen haberse beneficiado económicamente tienen por delante la perspectiva de ver a sus propios descendientes víctimas de la destrucción de la naturaleza, de las mentiras permanentes con que han intentado disfrazar su codicia y arrogancia, y proclives a descubrir que ni el oro, ni los billetes verdes con el voto de confianza en Dios impreso junto a la carita de los “padres fundadores” les van a servir para nutrirlos, darles dignidad, curar sus enfermos espíritus o hacerlos inmortales.

Como decía el inefable Armando Discépolo en su tango Cambalache: “Dale que va, dale nomás, que allá en el horno nos vamos a encontrar”., a menos que cada vez más de nosotros estemos dispuestos a usar nuestras capacidades naturales de que disponemos para desarrollar la obra maestra de nuestra naturaleza, que es el “discernimiento”, que viene siempre acompañado como aditivo por la ”compasión” y el “amor”.

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