jueves, 26 de agosto de 2010

¡A la salud de Anna Karénina!

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Molino Viejo Café; parque Isabel la Católica, Gijón. Lugar donde cuatro amigos hemos quedado para celebrar Anna Karénina de León Tolstói. De entrada la estructura rupestre equilibra los nervios; la cafetería forma parte de El Parador y éste a su vez integra (como si arquitectura humana y natural se hubiesen puesto de acuerdo) el pulmón de la ciudad. Es tal la armonía que al cerrar los ojos se confunden ambos espacios (parque y café). Por algo Henar seleccionó el sitio, es ideal para montar nuestro café literario de cara al bosque de los tiempos. Yo, con mi ordenador portátil en mano, he llegado tarde. Henar, Cristina y Antonio contemplan, desde una mesa ubicada frente a la barra, mi distracción.

Me siento y comienza la fiesta literaria del grupo. Los cuatro recordamos las distintas razones que nos llevaron a celebrar “Anna Karénina”. Henar consideró que era motivo suficiente que en 2010 se cumpliera el centenario de la muerte de Tolstói; Cristina optó por secundar a Nabokov: “es la mejor novela de amor de todos los tiempos”; Antonio, fiel devoto de Dostoievski, decidió seguir a éste cuando al terminar de leer la novela salió a la calle para gritarle al mundo que Tolstói era Dios. Mi escogencia fue la más precaria de todas: me provocó. Una camarera, vestida con traje asturiano, nos trae la carta de los vinos (en Molino Viejo Café hay “momentos” de vinos, emparedados, helados, té; para cada ocasión hay una carta); Henar, previamente, por sugerencia de Ángel, el Director de El Parador, ha decidido que nuestra tertulia sea un “momento de vino”. Unánimemente (o por la promoción de Henar) pedimos un rioja crianza. Sonrisa de la camarera, petición cumplida y se intensifica el homenaje.

Mientras Cristina saca de su bolso una nueva traducción al español que de la novela ha publicado la editorial Alba, busco en el ordenador noticias recientes sobre Anna Karénina. Encuentro un artículo del escritor Eduardo Lago, se titula “La lección de Tolstói”; lo publico en mi muro de Facebook para observar la reacción de mis amigos virtuales, pues los reales ya han tomado posición del artículo que, quizá para llevarme la contraria, en versión papel rápidamente muestra Antonio. No hay caso, mi descubrimiento hace días levantó polémicas entre lectores y escritores. Eduardo Lago sostiene que “si se tratara de recomendar una lectura para el verano, la propuesta sería un libro que nos arrastra desde el principio. Anna Karénina”. Mis amigos (reales) y yo coincidimos en que “existe un prejuicio que etiqueta a las grandes obras como aburridas”. Aburrido y peligroso para el intelecto es relativizarlo todo, digo. Dan Brown es igual a Franz Kafka; los chismes enseñan tanto como la filosofía; el sol cada día se parece más a la luna y dos más dos ya no son cuatro. Lago deja claro que “los best sellers podrán ser novelas, pero no son literatura. Los americanos (de Estados Unidos), una vez más, tienen las cosas clarísimas en ese sentido. Un ejemplo: la distinción tan útil como sutil de que se sirve el suplemento de libros que publica The New York Times los domingos para desgajar de entre los títulos más vendidos una categoría aparte que aparece directamente bajo la rúbrica de ficción para el mercado de masas”. En mi muro de Facebook casi todos mis amigos (virtuales) relativizan la opinión de Lago (¿será que de relativizarlo todo terminaremos perdiendo la lógica?). En pocos segundos, más de veinte comentarios en defensa de los best Sellers (antes se escribían, ahora se fabrican). Cada loco con su tema, cantaría Serrat.

Mis amigos del café literario (real) debaten sobre las virtudes que convierten a Anna Karénina en un clásico. Cristina lee lo que al respecto asegura Lago: “Al leer acerca de las vidas de los protagonistas se produce un intenso fenómeno de reconocimiento e identificación: todos hemos pasado por las situaciones que se nos describen en la novela. Esa es, precisamente, la función de la verdadera literatura: indagar acerca del sentido más profundo de la existencia: de nuestra existencia, en toda su complejidad”. Agosto se despide del año 2010 (a menos que alguien grite lo contrario); pido permiso a los amigos de mesa y camino hasta la terraza. Me detengo y observo la fosa donde estaba ubicado el viejo molino que da nombre al lugar. El espacio-tiempo me hace sentir que el punto de partida y encuentro de los humanos es la naturaleza. Y hasta eso, hemos relativizado.

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