jueves, 26 de agosto de 2010

Un himno

Rodolfo Bassarsky (Desde Arenys de Mar, Barcelona. España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La carcajada se insinuó allí en las profundidades. Los ojos achicándose y formando a cada lado unas arruguitas apenas perceptibles y en la medida en que el achicamiento iba en aumento, se hicieron más evidentes. Simultáneamente ambas comisuras labiales se lateralizaron como dirigiéndose a las orejas y se afinaron los labios que permanecieron sellados.

No solamente el rostro fue el delator. El cuerpo se inquietó balanceándose sin exageración pero in crescendo. Hizo unas palmas al principio tímidas que paulatinamente se transformaron en aplausos francos. Parecería que todo se fue acercando. Desde lo profundo a la superficie. Desde lo recóndito de una repentina asociación de ideas, de una conexión súbita del presente con el pasado. Se arrugó también la frente y se fruncieron otros músculos. Los pómulos se sonrojaron y se hicieron prominentes.

Fue como una ola que nace lejos y va adquiriendo volumen y altura a medida que se acerca hasta romper en la orilla.

Los labios se separaron, surgieron unos grititos guturales suaves, escasos y espasmódicos que fueron adquiriendo volumen sonoro de manera progresiva y al compás de las palmas. Cuando llegaron los aplausos esos sonidos eran fuertes y trascendentes. Apareció una bocaza cien por cien abierta, la blancura de la dentadura y el estremecimiento de una campanilla reluciente. El cuello y el tórax se inflaron y desinflaron.

Todo estalló en un allegro fortísimo y sostenuto a toda orquesta. Rompe la ola gigantesca con brío inusitado y muestra la blancura mágica de una espuma abundante y bella.

La risa gestó la carcajada descomunal y contagiosa que se prolongó ante la presencia de veinte espectadores circunspectos al inicio pero que terminaron perdiendo la compostura. El influjo contaminante de la primera carcajada produjo el milagro de veinte carcajadas que caóticamente fueron incorporándose. Cuando la vigésima inició su recorrido, la primera original lo finalizaba para reiniciar un nuevo ciclo desde el fondo del alma exultante.

El mismísimo Beethoven salió de su tumba, convocó a la orquesta, apareció en la escena, tomó la batuta e improvisó su sinfonía Coral II, con coro de carcajadas. Un Himno a la Carcajada, como se merece la risa, patrimonio de la humanidad.

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