jueves, 5 de agosto de 2010

¿Usted cree en todo eso? ¿Oí bien lo que dijo?

Emilio Romero Ele (Desde Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¿Cada cual con su sistema para imponer su dominio? ¿Oí bien?
Imagine que usted se somete a ese sistema del hombre-mosca.
Imagínese entrando, flaquito, desnudo como un Adán desesperado,
Entrando en un crematorio. ¿Ya se imaginó?

Existen individuos que ejercen un extraordinario poder sobre sus semejantes apenas por una especie de magnetismo personal, que emana de sí de las más diversas maneras, más en especial, de sus palabras, de su postura, de la convicción con que sostienen sus propuestas. No emana de su belleza, como acontece con los ídolos del cine, ni de su riqueza, como acontece con los magnates. Se dice que estos individuos tienen carisma personal. Se supone que los grandes líderes de una nación, esos que agitan las masas movilizándolas en la dirección que ellos desean, tienen este poder extraordinario. Algunos líderes políticos y religiosos poseen esa áurea que parece tocar de manera especial a las multitudes e inclusive a sus compañeros y subordinados. Todos los fundadores de religiones ejercen ese tipo de fascinación sobre sus seguidores. Otro tanto acontece con algunos políticos, esos que han provocado cambios importantes en sus respectivos países, importantes para el desarrollo de sus pueblos.
Alexandre, Napoleón, Lenin, Castro, Mao, Allende, Evita, Gandhi -apenas para citar algunos nombres notables- han ejercido un fuerte impacto en las masas, en sus prosélitos. Todos son figuras del poder político, menos Gandhi, que es sobretodo un hombre religioso. Lo que va a caracterizar su modo de actuar son aspectos de su personalidad, las circunstancias históricas en las cuales vivieron, y algunos elementos puramente aleatorios, oriundos de lo inesperado y del acaso.
El carisma está subordinado a la personalidad de quien lo posee y a sus objetivos. Puede movilizar vastos sectores de la población hacia objetivos de grandeza para una nación, o puede ser usada con fines desastrosos, aunque al comienzo aparezcan como propuestas nobles y constructivas. Líderes desequilibrados, inescrupulosos, egocéntricos en extremos, pueden imponer sus objetivos generando, al final, terribles consecuencias para sus pueblos. Fue lo que aconteció con Stalin y Hitler, en el siglo XX. Por haber promovido enormes mudanzas en la economía de sus respectivos países, en una primera etapa, mas llevados por un carácter ambicioso, desprovistos de un básico sentimiento de buena voluntad y justicia, terminaron por imponer las peores aberraciones a sus pueblos. Lo notable es que estos dos líderes fueron idolatrados por sus seguidores, por lo menos en una primera etapa, no tanto Stalin que siempre fue bastante reservado, con más astucia que carisma., pero sí Hitler, que era igualmente astuto –parece ser éste un rasgo distintivo del hombre político- y con una oratoria muy oportuna en las circunstancias que vivía la Alemania de su época.
Es ingenuo pensar que este tipo de hombres es algo insólito; los dictadores, tan frecuentes en los países subdesarrollados de África, de América Latina, de Asia, no son menos crueles y perversos como los dos mencionados arriba. Algunos dictadores no tienen carisma; se impusieron a sus pueblos por la fuerza de las armas y del terror. Fue lo que aconteció con Pinochet, los tres patetas de la Junta argentina en la época de la dictadura. En diciembre de 2006, fue ahorcado un dictador atroz en Irak. Sus seguidores juraron venganza. ¿Imagina usted el poder que ejerce este tipo de líderes en pueblos acostumbrados a las peores formas de opresión política y religiosa?

Entre todos los dictadores hay uno que sobresale por su crueldad: Hitler, pero también existen los dictadores que enarbolan la bandera de una supuesta democracia e imponen una dictadura de acuerdo con nuestros tiempo: la dictadura de la media, de las presiones económicas, con su poderío material monstruoso, sus millares de ojivas atómicas. Son otros Hitlers disfrazados de ‘políticamente correctos” y de supuestos demócratas. No tienen la estampa de Führer, más sí las pretensiones de dominación total.
Usted todavía lo admira. ¡Qué estampa de iluminado tiene ese hombre! Un rostro en llamas, un mechón cubriendo parte de su frente, mirada brillante en permanente vigilancia, mandíbula fuerte y sobretodo ese bigotito estilo mosca. Ese hombre sabía imponerse, hablaba para quien quisiera oír, sabía comandar un ejército, emocionaba a las multitudes y todo un pueblo se embriagaba con sus discursos.

Ese hombre tenía sus ideas, sus ideas añejas y sus prejuicios. Del color nada benigno para la salud, un rubio-sangre del campo de exterminio. ¿Cada cual con su sistema para imponer su dominio? ¿Oí bien? Imagine que usted se somete a ese sistema del hombre-mosca. Imagínese entrando, flaquito, desnudo como un Adán desesperado, entrando en un crematorio. ¿Ya lo imaginó? ¿Está sintiendo el calor de 800 grados en su carne, en sus huesos que comienzan a derretir? Bella experiencia, ¿verdad?

Los seguidores de ese hombre poderoso sabían hacer sus cosas. Es así que un país conquista el mundo y extermina a sus enemigos.

¿Oí bien lo que está diciendo? Ahora imagínese de nuevo entrando en el crematorio. Cuando ya había dado los primeros pasos en el interior del horno y el calor comenzaba a inflamarle la piel, siente que está retrocediendo, grita a su madre para que ella pare con ese cuento del infierno.

Justo cuando siente que el calor lo está transformando en fuego oye un grito Achtung!!! Un hombre de uniforme lo saca del horno.

Cree que los ruegos de su madre lo salvaran del infierno.

Engaño suyo. Los hombres de uniforme habían olvidado un requisito para que nada impida su transformación en cenizas.

¿Qué oculta en el esfínter? Ellos siempre piensan que usted los quiere engañar, registran has las tripas.

Imagine enseguida esos policías con rostros inalterables, y a veces con una amplia sonrisa bonachona, que ellos son hombres de buena voluntad, bien dispuestos para que todo salga perfecto en su acto final.

¿Usted cree realmente que el hombre del bigote mosca es cosa de un pasado infame, que no se va a repetir?

¿Oí bien lo que está diciendo? ¿Entonces usted piensa que los dominadores actuales también guardan una pizca de bondad en las aurículas?

¿Entonces el lado bondadoso y justiciero también circula en la sangre de esa gente? ¿De tanto mirar la TV se convenció que ellos defienden la buena causa?

Ok, entiendo, usted todavía espera en cada Navidad que papá Noel entre por la boca de la chimenea. Usted cree también que caperucita roja fue salvada del vientre del lobo.

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