jueves, 26 de agosto de 2010

Violencia y esperanza en la obra de Kenzaburo Oé

Alfredo Herrera Flores (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Un grupo de adolescentes es abandonado en un remoto pueblo donde una peste amenaza acabar con sus vidas. Han muerto ya los primeros infectados y muchos animales. En medio del pánico, estos aún niños se hacen hombres y descubren la amistad, el amor, la solidaridad y sobreviven gracias a la esperanza, que también se les aparece nueva e infantil.

Envuelta en dos ambientes superpuestos de violencia, la segunda guerra mundial y el abandono forzado de los jóvenes, la primera novela del japonés Kenzaburo Oé (Ose, Japón, 1935), “Arrancad las semillas, fusilad a los niños” (1958) marcó el contexto temático en el que se desenvolvería su obra. Un año antes había publicado una breve novela, “La presa”, en la que aparece otro elemento importante en su narrativa, la vida de la aldea.

Con estos tres elementos (la aldea, desde donde se organiza su expresión personal, la violencia, que circunda la atmósfera desgarradora de sus historias, y la esperanza, fuerza interior que permite a sus personajes, y a él mismo, sobrevivir en medio del terror) Kenzaburo Oé construirá una obra singular en un país, y una cultura, que milenariamente había celebrado, a través de sus artes, la belleza, la pasión por la contemplación del paisaje, el imperio de la religión, la sutileza del erotismo, el entusiasmo por sus batallas y sus sueños de grandeza.

En “La presa”, un soldado norteamericano, de raza negra, cae en manos de unos aldeanos, que lo encierran y lo alimentan, mientras unos niños lo observan como a un raro animal y se le acercan con curiosidad. La novela muestra la vida de la aldea, el horror de una guerra lejana que se materializa al tener un soldado prisionero, y un halo de esperanza común de que todo acabe, algún día, tanto para el preso como para los aldeanos. En medio de la violencia, los niños curiosos juegan inocentes alrededor del símbolo del miedo. Dominan el pánico a la guerra al adoptar, casi amaestrar, al hombre preso.

De la misma manera, los niños y jóvenes abandonados en una aldea infectada por la peste en “Arrancad las semillas, fusilad a los niños”, juegan con un perro sobreviviente, se revuelcan en la nieve y hasta el líder del grupo se enamora de una muchacha huérfana y aterrorizada. La desgracia rompe ese instante de inocencia y esperanza, vuelven los aldeanos, desaparece el hermano menor y muere la muchacha infectada por la peste. Los jóvenes son otra vez expulsados y se abre una nueva oportunidad para rehacer sus vidas.

Para Japón la segunda guerra mundial fue letal, afectó el espíritu de los japoneses de tal manera que, hasta hoy, no se pueden olvidar las tragedias ni cerrar algunas heridas, a pesar de que el país se ha convertido en una gran potencia económica y a pesar de que tiene una larga tradición de invasiones y guerras que forjaron un fuerte ánimo guerrero.

Kenzaburo Oé es uno de los primeros escritores contemporáneos que asimila este ánimo oscuro y pesimista de la postguerra y filtra el ansia esperanzadora de paz. Pero la vida personal del escritor sufriría otro golpe íntimo que haría más profundo su dolor, hasta descender en espíritu al abismo del dolor y el desamparo. En 1963 nace su primer hijo con una hidrocefalia que lo condenará al autismo y el retraso mental. Entonces escribe “Una cuestión personal” (1964), novela en la que narra este suceso y expresa su fatalismo, su dolor emocional, y ensaya la configuración de una ética personal. Otra vez la violencia, esta vez a través de la impresión que sufre al recibir la noticia de la enfermedad de su hijo en una etapa en que su sociedad está tratando de superar los horrores de la guerra, aun frescos en la memoria colectiva. Pero también otra vez la esperanza, una sensación que se prolongará en sus siguientes novelas, desde “El grito silencioso” (1967) hasta “Las aguas han inundado mi alma” (1973) pasando por “Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura” (1969).

Con un estilo directo y sin mucho alarde metafórico, a diferencia de Yasunari Kawabata, el otro novelista japonés que recibió el Premio Nobel de Literatura, Kenzaburo Oé se adentra, y concentra, en el espíritu humano que siempre busca una luz en la oscuridad. La violencia y la tragedia rondan al hombre y éste es el único que puede evitarla o superarla, no depende de nadie ni de nada. Sin embargo, tendrá que recorrer los círculos del infierno para salir y respirar, antes de volver nuevamente a las sombras. Aunque este panorama parezca deprimente, lúgubre y triste, en realidad es solo un motivo para darle oportunidad al hombre a ser optimista; buscará, entonces, la manera de ser feliz, y muy probablemente lo sea.

Podríamos decir, también, que la obra de Kenzaburo Oé puede leerse como una gran metáfora del espíritu del Japón moderno, pero habría que considerar que más bien es el reflejo de los sueños de la sociedad global, que vista desde cualquier punto cardinal se comporta como la aldea más humilde y alejada. La tecnología y la sobreabundancia de información, la economía emergente y consumismo, no resuelven nuestros problemas de soledad y falta de afecto, no nos devuelven la ternura ni el amor.

Kenzaburo Oé vivió su infancia en su pequeña aldea natal y luego se traslado a Tokio para estudiar filosofía y literatura francesa. Su admiración por Jean Paul Sartre se reflejó en la tesis que hizo sobre su obra. Le puso especial atención a las consecuencias que dejaron los ataque nucleares norteamericanos sobre Hiroshima, e hizo varias entrevistas a sobrevivientes del bombardeo. Puso también mucha atención a la literatura hispanoamericana y se convirtió en la voz autorizada de la nueva tradición literaria de Japón, la que se ha renovado en el transcurso de las últimas décadas. En 1994 recibió el Premio Nobel de Literatura.

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