viernes, 3 de septiembre de 2010

Dos perros

Gustavo E. Etkin (Desde Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Era un perro muy grande para un balcón tan chico.

Y ladraba muy fuerte. Lo sentía del otro lado, enfrente, desde mi noveno piso.

A veces hablaba por teléfono y no podía escuchar porque ladraba. Otras veces, de noche me despertaba. O en los momentos más lindos con algunas mujeres, sus cuerpos calentitos, sus tetas grandes y suaves (las que me gustan), sus sagrados culos, él ladraba. Eran golpes duros que secaban y enfriaban todo. Y cuando escribía escuchando esa voz que los que escriben conocen, la voz paraba. Silencio.

Entonces recordé cuando vivía en Pasaje Seaver, aquella cortada colonial que la 9 de Julio aplastó. Un segundo piso. Frente a mi ventana la copa de un árbol. Todas las mañanas se llenaba de pajaritos. Medio dormido los oía cantar. Era lindo. O sino agarraba de nuevo ese cuerpito que estaba conmigo y metía despacito y a fondo, así, también medio dormido. Era lindo.

Pero un día me despertó el grito seco, fuerte y destemplado de un pájaro gigante. ¿Será un águila enferma que paró en aquel árbol? ¿O un enorme y monstruoso loro moribundo? Me asomé. No había nadie entre las hojas pero abajo, en el patiecito de al lado, había un tero.

Así varias madrugadas hasta que procedí. En esa época yo estudiaba psicología. Entonces: Acción Psicológica.

Los buenos vecinos – una parejita – recibieron un aviso:

“Apreciamos que amen la naturaleza, las plantas, los animales y los pajaritos. Pero el sonido que emite ese tero perturba nuestro sueño. Somos honrados trabajadores próximos a la jubilación, toda una vida de trabajo, que tenemos derecho al descanso por nuestro esfuerzo cotidiano. Por eso nos vemos obligados a enviarles éste único aviso: si dentro de 48 horas ese tero continúa perturbando, actuaremos”. Firmado: “Los Vecinos”.

Cuestión que el tero desapareció. La Psicología es eficaz, pensé con alegría.

Volví a escuchar los pajaritos, pero tres o cuatro días después me despertó un ladrido fuerte y salvaje. En lugar del tero, un perro. No muy grande, pero ladraba alto. Muy fuerte. Una metáfora violenta.

Basta de palabras, entonces. Llegó el momento del acto.

Ya que la psicología había fallado le pregunté a mi amigo Ernesto, que era químico, cual podría ser un veneno eficaz para matarlo. Nada de dolor innecesario, contorsiones, agonías inarmónicas. No soy cruel.

– Zelio, me dijo. Es un veneno para ratas. Lo mezclas con carne picada y a los dos días está muerto. Los riñones se van tapando despacito con el talio (un metaloide). Y se va quedando dormido. Tranquilo. Ni se da cuenta.

Zelio, entonces. Es una gelatina azul. Transparente. Lindo color. Compré carne picada, lo mezclé, revolví, hice una pasta. Bolitas de carne. Las bañé en harina para que no se me pegoteen. Albondiguitas.
Y a la mañana, bien temprano, hice puntería y las fui tirando al patio aquel, una por una. Creo que fueron ocho. Una dio contra la pared y se deshizo antes de caer. Quedaron pegoteados pedazos de carne que el perrito lamió contento.

Al día siguiente lo vi echado. Parecía medio dormido. Al otro día vi la correa colgando suelta de la pared. La dueña se acercó despacio y tristemente - me pareció que lloraba - se la llevó.

Nunca más aparecieron ahí animalitos ruidosos.

Así que recordando al otro perro decidí lo que tenía que hacer con éste. Aunque no era exactamente una repetición. No había posibilidad de cartitas de advertencia (tenían portero eléctrico) y no era una planta baja sino un último piso, un noveno, como el mío.

Compré el Zelio, la carne picada, hice las albondiguitas. Dejé todo preparado porque tenía que ser de madrugada, igual que la otra vez, cuando todos duermen pero hay luz para hacer puntería.

Fui a una fiesta y volví de mañana. Solo, claro, porque, qué le podría decir a una mina?

– “Esperá un momento que tengo que darle éstas albondiguitas a un perro

– ¿A ésta hora? ¿Y por qué te pones guantes de plástico para eso?”

Porque tienen Zelio que es peligroso y es tóxico no podría responderle, claro. Porque ahí tendría que decirle que antes de cogerla tengo que matar a un perro, y tal vez no entienda. No todas las mujeres son comprensivas.

Cuestión que esa vez volví solo. Y como ya tenía las albondiguitas preparadas, todo listo, salí al balcón (lo mínimo necesario, claro) e hice puntería. Era una mezcla de bowling con bochas y basket. Había que embocar en el balcón de enfrente. Por suerte la calle no era muy ancha. Conseguí encajar unos seis. Esta vez no vi al perrito comiendo contento, tal vez porque estaba durmiendo en su casilla, que era linda, amarilla con tonos verdes, toda pintadita.

De todas maneras, al día siguiente me pareció verlo echado, como durmiendo, igual que el otro. Y después, no estaba más. Acabó el barullo.

Los perros mojan con el hocico o con la lengua, sus ladridos siempre son antiestéticos y por más que los bañen tienen un repugnante olor dulzón (tan diferente del dulce olor de algunas mujeres que cuando menos se bañan, mejor). Y cuando los paseadores profesionales los llevan amontonados por la calle, o de a uno las solteronas resentidas y las divorciadas rabiosas, siempre cagan. Hay algunas calles en que hay que ir a los saltos, esquivando soretes. Da ganas de dejar unas albondiguitas por ahí.

Pensando bien, no me gustan los perros.

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