viernes, 3 de septiembre de 2010

Nietzsche tenía razón: De verdad que la verdad no existe

José Manuel Rodríguez (Desde Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No es Nietzsche, por su ilimitado individualismo, un pensador que me entusiasme pero, escuchando las cosas que dicen los “escuálidos”, tengo que reconocer la certeza de aquella sentencia suya: “verdad es, esa clase de error sin el cual no podría vivir una determinada clase de vivientes”. Y sin pretender meterme a filósofo, tarea que me queda grande, no veo tan alejada esta sentencia de la visión marxista de la verdad que la concibe no como un asunto del pensamiento, sino como un problema práctico. Decía Marx: “si el pensamiento está alejado de la práctica es sólo interés de los escolásticos”. Y son precisamente ellos, fundamentalmente griegos y hebreos, los que han perfilado el asunto de la verdad en Occidente. De esa manera para los pensadores griegos la verdad es algo que es, mientras que para los hebreos es algo que hay que sostener para que no caiga, es decir, el amén.

Discúlpenme esta entreverada manera de comenzar a hablar de un asunto tan cotidiano y necio como es la santurronería “escuálida”. Admitan mi circunloquio para dejar al descubierto la mentira, en la cual, sin poseer el don del nado los “escuálidos” se han sumergido. Perdonen mi impertinencia innecesaria al repetir ese lugar común de decir que lo que han aprendido, los más adelantados de ellos, es a falsificar la realidad. Y le hago todos estos pedimentos porque juzgo importante decirles, a los angustiados electorales, que esa actitud escuálida, por su profunda torpeza, más que embaucar inocentes, ha terminado por hacerles perder el entendimiento a los que la practican. La falta de concordancia entre el pensamiento y la cosa convierte en inútil el teológico así es.

Hay muchísimos ejemplos de esto, pero sólo me voy a detener en dos de ellos, de signos opuestos: uno angustioso, referido a la manera como presentan el asunto de la violencia y otro, exquisito, referido al asunto de cómo ellos promueven la cultura. Y tomo estos dos porque, al revisarse el discurso “escuálido” en el escenario de estas dos representaciones, comprobamos que siempre terminan, y sin darse cuenta, haciendo un papelucho. Veámoslo.

El tratamiento que los “escuálidos” le dan al asunto de la violencia, como es mediático, está dedicado a demostrar que la violencia (que ha sido tan endémica en Venezuela como la miseria), es de origen reciente pues se ha desarrollado por la irresponsabilidad populista del chavismo, y por lo que de allí se deduce, su complacencia con los violentos, que son los patas en el suelo. Así, llevados por esa intención falsificadora de la realidad, hacen lo indecible para convertir a Caracas en la ciudad más insegura del mundo.

Y lo hacen sin considerar que de los cinco alcaldes de la ciudad que cuentan con cuerpos policiales, cuatro son de la oposición. Por el contrario, hemos visto titulares en la prensa escrita que habla de los grandes logros de esas autoridades en la lucha contra la delincuencia: “Primero Justicia activa campaña contra la delincuencia” (El Nacional, 09/01/10), “Primero Justicia trabaja en ley de soporte para victimas del hampa” (El Nacional, 07/12/2009), “Alcaldía Metropolitana donó 30 motos y 20 patrullas a PoliHatillo” (2001, 13/12/09), “Carlos Ocariz, asegura que su gestión bajó en 25% los homicidios durante el 2009” (Globovisión, 23/12/09), en el Municipio Chacao “el alcalde Grateron y Polichacao… incrementaron en un 36% la efectividad en la frustración de delitos” (El Universal; 30/12/09), “Baruta y El Hatillo… se han caracterizado históricamente por ser municipios modelos y con seguridad…” (El Universal, en varias fechas).

Según esto no hay forma que Caracas pueda ser la ciudad más violenta del mundo, o en todo caso la violencia debe está concentrada sólo en el oeste de la ciudad, que para el caso es lo mismo: Caracas, gracias a los alcaldes opositores, es una ciudad modelo. Eso mismo dijeron de Medellín y hasta trajeron invitado a su alcalde para aprender de él, un uribista sostenido por los paramilitares que tienen bajo su asesina voluntad el control de los barrios.

El otro asunto, el referido a la cultura, se liga con lo delincuencial gracias a esa manera que tienen los “escuálidos” de sumergirse en el estercolero. Lo que sucede es que, en este caso, los delincuentes son de cuello blanco y las víctimas gente sencilla del pueblo que para ellos no existen. No voy a tratar aquí el asunto de Globovisión con Mezherane y Zuloaga, dos pillos de postín que están bien lejos de la cultura. Ni siquiera me voy a referir a los mecenas de Econinvest, que, siendo estafadores más allá de cualquier duda, son efectivamente mecenas. Me voy a referir a “cómo tomaron la cosa” aquellos que se beneficiaron del mecenazgo.

La flor y nata de la intelectualidad “escualida”, que no los voy a nombrar para no hacer esto más latoso, recibió, de diversas maneras, dinero de esta empresa. Tanto que uno de ellos: Joaquín Marta Sosa, no tuvo el menor empacho de reconocer que Econoinvest no se redujo a cultivar su jardín (…), decidió invertir en el patrocinio… Y a continuación, más de un centenar de intelectuales firmaron un documento en defensa de la Fundación de la Cultura Urbana, que es una empresa creada por Econinvest.

Pudiera escribirse un ensayo sobre como vivir del cuento y parecer honrado con los argumentos que se esgrimen en ese remitido, dirigidos todos a descalificar las acusaciones por provenir del gobierno. Sin embargo, no voy a hacerles perder tiempo con algo tan ramplón, teniendo a la mano el argumento de un joven músico llamado Petrusco, que hace por Internet una confesión tan ingenua como penosa: No conozco a los directivos de Econoinvest, es más, no conozco a nadie de los que trabajan allí. De ninguno de ellos puedo decir si es buena o mala persona, si es honesto o no (…) Pero sí conozco a mis amigos músicos, artistas y productores, particularmente de la Movida Acústica Urbana quienes se han visto apoyados en forma firme y desinteresada por Econoinvest y por la Fundación de la Cultura Urbana... Es decir, una cosa es que esos financista de la cosa urbana sean ladrones y otra es que los beneficiarios, con la parte del dinero que les toca, puedan editar libros, producir música o hacer el nuevo periodismo iberoamericano.

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