viernes, 8 de octubre de 2010

Cómo te extraño, Chaplin

María Luisa Etchart (Desde San José, Costa Rica. Especial para Argenpress Cultural)

Era la década del 60. Yo trabajaba para una compañía estadounidense recién instalada en Argentina como secretaria de Gerencia de la Planta y frecuentemente atendía y acompañaba a ejecutivos procedentes de USA por mi dominio del idioma inglés.

Sus comentarios a veces me asombraban, casi no podía creer el grado de ignorancia que ostentaban hacia el resto del mundo, su arrogancia se me hacía difícil de digerir. Recuerdo una vez que me atreví a preguntarle a uno de ellos si no creía que las películas provenientes de su país mostraban demasiado escenas de violencia, de armas, de choques de vehículos, de corrupción, de sectores de la población marginados, y escaso contenido humano y filosófico. Me miró de arriba abajo, como midiendo si valía la pena contestarme, a mí, una “nativa”, y me respondió que sus películas no reflejaban en absoluto su modo de vivir, sino que las hacían porque eso era lo que gustaba en otras partes del mundo.

Han pasado casi 50 años de eso y el grado de violencia, crueldad, arrogancia, y falta de contenido ha ido aumentando progresivamente, hasta el punto en que se hace difícil encontrar alguna película de esa procedencia que realmente valga la pena ver. En todos estos años millones de niños y jóvenes de ese país y del resto del mundo han sido sometidos a ese tipo de espectáculo, hasta terminar por aceptar que es válido sacar un arma y matar a nuestro antojo a otro ser humano, que es lógico violar las leyes de tránsito y subir a las aceras, atropellar a los que se pongan en el camino del que se siente omnipotente detrás de un volante, que la corrupción existe en todos los niveles, que el envío de tropas es siempre justificado, que los “marines” siempre tienen razón y son los “buenos” de la película, que las personas,,,, y especialmente las mujeres, no es aceptable que tengan marcas de expresión ni arrugas en el rostro, que lo “normal” es que cada persona que ingresa a su casa vaya directo adonde están las botellas y se sirva un trago de alcohol. Esto último es gracioso después de haber insistido de 1911 a 1933 en la famosa Ley Seca, origen de la mafia que prosperó gracias a destilar bebidas y venderlas a los “ciudadanos respetuosos de la ley” clandestinamente.

Tampoco nos privan de mostrarnos cómo se drogan aunque, por otra parte, fingen disgusto por la proliferación del narcotráfico en Latinoamérica y pretenden mandarnos tropas para ayudar a combatirlo como si la mayor parte no tuviera lugar de destino su mundo perfecto.

Ni qué hablar de la perpetua alusión en algún momento de la película al mantra “million dollars”, para cuya obtención se considerará casi justificable los inhumanos actos que perpetrará alguno o varios de los personajes, y para probar que todos somos sensibles a su encanto, nos mostrarán en algún momento de la película los fajos de papelitos verdes como para hacernos desear.

Debo reconocer que extraño las películas del genial Chaplin que mostraban los comienzos de esta pesadilla y su maravillosa “Tiempos Modernos” donde predecía que las máquinas terminarían por triturar a los humanos, y no puedo menos de recordar con ira cómo fue señalado y obligado a exiliarse como si por sus ideas se tratara de un ser peligroso.

Es hora de cambiar de paradigmas, no es bueno para nuestros descendientes estar sometidos a tanta imagen asesina, a tanta hipocresía, a tanto mensaje equívoco sobre lo que es ético como si proviniera de una civilización superior, ya que día a día queda demostrado que no lo es, y que está llevando a la humanidad a una verdadera encrucijada.

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