jueves, 21 de octubre de 2010

El diario de los otros

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Llego a Avilés con la idea de Fernando Pessoa en la mente (y en los pasos): ¡Viajar! ¡Perder países! ¡Ser otro constantemente...!" Los países, como las ciudades y los pueblos, se recorren de muchas formas. A mí me gusta recorrer mundos a la manera de Pessoa: en mutación constante, de salto en salto. Voy camino a la calle La Cámara; en el nº 36 está Cafetería Eva, el local que me recomendó Yolanda De Luis; ella, como periodista, sabe de bares y de cafés; las palabras y las noticias se dan bien con estos sitios. En la mano izquierda llevo un libro, "El peso del mundo", un diario que a modo de pequeñas crónicas escribió Peter Handke. En principio deseo estar solo y observar la soledad de los otros.
Entro a Cafetería Eva y siento que el local es una prolongación de Avilés. En el lugar, como en la ciudad, se respira aire sereno, de tradición; aire que se resiste al huracán del desarrollismo. Aire que me recuerda a las calles de Puerto La Cruz (Venezuela) o a las de Queens (Nueva York). Siempre he creído que un mundo es una réplica de todos los mundos, por muy distinto que uno parezca de los otros. Las mesas de Cafetería Eva, unas con sillas, otras con sofás, llaman a la calma. En la barra un camarero va de un lado a otro sin perder ese ritmo que parece decir "deja el traje de paso atropellado y respira tranquilo, a tu tiempo, a tu existencia". Y me doy tiempo para descubrir los detalles; en la pared de la izquierda destaca la carta del té. Un camarero con "sonrisa de viejo conocido" me invita a tomar asiento; le pido un Té Rojo (con naranja y limón) y busco puesto en el sofá del fondo, al lado de una segunda puerta y de frente a todo el espacio. Dejo caer el libro sobre la mesa, me siento y me dedico a contemplar la rutina de los demás (quizá ya para entonces alguien observa la mía).
El discurso de Peter Handke abre puertas, salta el abismo del desgaste conceptual y nos comunica con la esencia, con la idea. En "El peso del mundo" escribe: "Insistir en la contemplación, aplazar la opinión hasta que nazca la gravedad de una sensación vital". Y en eso me encuentro hoy, el local me lo permite, quiero contemplar, sin opinar, el ir y venir de los otros. El camarero me trae el Té Rojo; desde otra mesa le llaman "Juan, cuando puedas consígueme un Té Verde con Hierbabuena". Y le pido que, por favor, antes de irse, me diga cuánto tiempo tiene funcionando la cafetería. "Cincuenta años", afirma, "esta cafetería es un templo para los avilesinos". Dicho esto, Juan se disculpa y parte hacia el interior del negocio; algo en la mirada de aquel hombre me hace creer que su "sonrisa de viejo conocido" es la puerta que comunica con su idea de vida (su religión personal). Pruebo el té y leo lo que en la introducción Handke dice de su libro: "Me ejercité para reaccionar súbitamente por medio del lenguaje ante todo lo que se topaba conmigo y me di cuenta de cómo, durante la vivencia, también la lengua cobraba vida en esa inmediatez y se volvía transmisible. Este libro podría ser, en consecuencia, una crónica. No es una narración consciente sino una crónica inmediata de las percepciones, fijada simultáneamente. La crónica de una conciencia individual, publicada en forma de libro". Y la reflexión de Handke me hace sentir que cada persona que, al igual que yo, esta tarde decidió estar sola en la cafetería, es un diario aún por escribir. ¿Qué pasillo de su memoria andará recorriendo la señora que toma café muy cerca de mi mesa? ¿Alguien esperará al hombre que en la barra demora su cerveza? ¿El cuaderno que trae en mano la chica que recién entra contendrá las notas de sus experiencias? ¿Cuántos otros, en los últimos cincuenta años, escribieron su paso por éste café? Unos individuos llaman a las puertas de la memoria; otros, en cambio, dialogan las crónicas del día. Un espacio y muchos tiempos transitados en paralelo.
El escritor mexicano Juan Villoro sostiene que "La trayectoria de Peter Handke ha sido una progresiva investigación de misterios mínimos. Para poner a prueba su perspectiva, ha emprendido una curiosa tarea de escritor errante, sin domicilio definido o con domicilios en periferias ajenas a la vida codificada de las ciudades...no viaja para conocer otras culturas sino para desconocerse en ellas: Espero pacientemente pensamientos que no quiero. Esos son los que cuentan, escribe en El peso del mundo". El poeta asturiano Xuan Bello, otro viajero de Pessoa y de la belleza portuguesa, considera que "mientras se tenga vida y juventud hay tiempo para abrirse a nuevas identidades". Y de nuevo, como quien insiste en llamar a la misma puerta, el transito (y la observación) me lleva a la idea inicial: "¡Viajar! ¡Perder países!" Hay en "El peso del mundo" una característica de diario (diferente a lo normal) muy similar a la vida misma; es éste un diario salpicado de situaciones dispersas que giran alrededor del centro (el Ser). Cualquier página, abierta al azar, es equivalente a las escenas que me rodean: "El hombre a la mujer: ¿Es la sexualidad tan importante para ti? La mujer: Las palabras solas no me dan suficiente sosiego". Y la vecina de mesa continúa tomando café a sorbo lento (como si cada trago despertara diez recuerdos); el hombre de la barra sigue extraviado en la estación de su último trago. Y quizá, desde algún rincón, un curioso hace de mi rutina la creación (o la fotografía) de “el hombre que tomaba té viendo la vida ajena”. Dice Handke que "El único problema de este diario es que no puede tener final; así las cosas, debe interrumpirse. Sin embargo, un final meramente declarado habría significado a su vez permitir con excesiva impasibilidad que actuara el olvido, de por sí eterno".

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