jueves, 21 de octubre de 2010

¡Inmortalidad o muerte! ¡Venceremos!

Marcos Winocur (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Doña NOOjos, así llamo a la muerte, visitó el hogar de mi amigo cuando menos se la esperaba. Y se llevó a su hija de catorce años, por eso nos dirigíamos al cementerio. ¿Quiénes...? Pues, dos generaciones: los padres y los hijos. Unos más o menos sesentistas y nostálgicos. Los otros, los jóvenes compañeros de secundaria, sus pupilas dilatadas: entonces doña NOOjos es más que un nombre inventado, ella frecuenta a los viejos pero no se olvida de los jóvenes.

Todos fuimos a dar el adiós. Todos fuimos, allá, entre las tumbas y las flores marchitas, rumbo al crematorio, todos fuimos a pedir perdón a la joven de catorce años. Perdón por no haber sabido cómo hacer de este planeta algo más habitable, algo más vivible, algo más digno de figurar en el universo. Pero la reunión luctuosa tomó otro giro, acabó en protesta, sí, mitin contra la muerte, en su propia casa, en el cementerio.

Voy a decirles algo. El mundo se divide en dos: los de dentro mío, y los de fuera que son todos los demás. ¿Ven lo que yo veo? Los de fuera han quitado la flor de la boca del fusil sesentista y ahora lo empuñan, apuntándome. También ese virus que mató a la joven en tres días, también pertenece a los de fuera y ahora, en lugar de la música que ella amaba, se desató el llanto. Y si la muerte de cualquiera resulta injusta porque siempre nos queda algo por hacer en el mundo de los vivos, ésta, la de una joven de catorce años, lucía infinitamente más injusta, una violación a la regla del abuelo de los historiadores, el griego Herodoto: en la paz los hijos entierran a sus padres, en la guerra los padres entierran a sus hijos.

¿O en realidad estamos viviendo tiempos de guerra y no nos hemos dado cuenta?

No sé, pero allí, en el cementerio, ante el enemigo común, nadie de nosotros quedó fuera. Las dos generaciones fuimos multitud, era la comunión de quienes habíamos pasado de la resignación a la protesta contra la muerte. Debo consignar un hecho, a riesgo que el lector piense: este mitin carece de espontaneidad, seguro ya fue copado por organizaciones políticas. Lo cierto es que a la entrada, los Grupos de Acción Utópica se habían puesto a repartir volantes agitando los lemas de “¡Muerte a la muerte!” y de “¡Nunca más la muerte!” Pero la gente poco caso les hacía, ocupado cada uno en encontrar un lugar en el camino del cortejo.

Y así, bajo un sol blanco de calcinante, se formaron dos filas desde la puerta del cementerio al edificio de cremación, y entre ellas pasó el cortejo. Al llegar a destino, hubo un grito, como si el dolor se reabriera ante una segunda muerte. Habíamos acompañado a la joven en el velatorio considerándola dormida, tal vez enferma, de ahí su palidez, y hablado en voz baja para no despertarla; y ahora, su cuerpo, sus venas y médula ¡al fuego! La muerte recobraba lo suyo por segunda y definitiva vez. Fue cuando un grito voló por encima de las cabezas, y nos preguntamos:

- ¿Quién? ¿Es la madre, el padre, son los dos, también la hermana?

Alguna vez los hijos fueron el bien y nosotros, necios, seguimos sintiéndolo así, claro, nosotros, los venidos de los viejos y extinguidos Clubes de Alucinados, promociones sesenta y setenta, huérfanos después del gran derrumbe. Y por otro lado, no nos llevamos del todo bien con Dios. ¿A quién, entonces, a quién aferrarnos sino a los hijos?

Y así, con la joven de catorce años, cada uno sintió ese mediodía su propia muerte, llorábamos por ella y por nosotros, la condición humana en entredicho: somos mortales y frágiles, un virus, a pesar de toda la ciencia, puede apagar la música y desatar el llanto. Un fusil cuya boca ya no sea cubierta por la flor, puede herirnos. Y además, en la fugaz vida que nos ha tocado a cada uno, las cosas, digo, no nos han salido bien, nada bien.

Y lo sentimos así: cada fracaso es una pequeña muerte y la muerte es El Gran Fracaso, El Gran Fracaso Final, así lo sentimos.

Y más aquel día en el cementerio cuando el grito vino a calcinarnos como el sol y como éste a darnos en los ojos. Y bajamos las cabezas. Y espantados nos abrazamos a los hijos, a la pareja, a los amigos. Y con el contacto de los cuerpos recobramos la fuerza. Y levantamos las cabezas y el sol nos dio en los ojos. Y todos éramos multitud, la protesta, como pasando de un sueño a otro: allá arriba, trepado al edificio de cremación, alguien se dirigía a nosotros, era un joven valido de un megáfono, su voz rebotaba entre las tumbas.

- Compañeros -Oh, cuánto hace que no escucho esa palabra-, compañeros, por favor, guarden silencio.

Los murmullos cesaron, todos dirigimos las miradas hacia el orador.

- Nos hemos decidido a hacer un mitin contra la muerte, contra doña NOOjos -dijo-, cansados de sus arbitrariedades, ella es una caprichuda, les voy a leer una proclama de los Grupos de Acción Utópica: "Compañeros ¿sabían ustedes que las carpas, esos peces idiotas, viven vigorosas más de doscientos años mientras que el hombre, vanguardia de la evolución, muere mucho antes? ¿Que la cocodrila sigue poniendo huevos a los trescientos...? Y bien, compañeros: ¿vamos a continuar permitiendo esas injusticias? ¡Claro que no, compañeros, vamos a cambiar ese absurdo plan de Mamacita Naturaleza y, para dejarnos de medias tintas y asumir una posición revolucionaria, decretamos la inmortalidad! ¡Nunca más la muerte! Sí, compañeros, seremos como dioses. Y los cementerios serán cosa del pasado, todo convertido en parque de eterno verde.
¡Inmortalidad o muerte! ¡Venceremos!

Leída que fue la proclama, bajó el orador sin mediar más palabra, había concluido el mitin en el cementerio, lentamente nos fuimos retirando tomados de la mano, de la cintura, de los hombros. Viejas fraternidades despertaban y nadie quería quedarse a solas porque doña NOOjos iría de ronda por su cabeza.

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